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Magdala — Volumen 1, Prólogo

Buenas, buenas. Aquí les traigo el super proyecto que llevaba un tiempo preparando.

Sinceramente, no pensaba que subiría esto tan rápido. Todo es gracias a Fixer que se ofreció a ayudarme a corregir los capítulos (aunque al final yo, como desastre que soy, dejé todo para último momento, así que hay unos capítulos que aún faltan por ser editados por Fixer). Dicho esto, esta novela no tendrá horario por el momento. Pero, como mínimo, saldrá un capítulo cada uno o dos meses, o eso espero.

Esta novela se titula “Que tu alma descanse en el Magdala”, y es escrita por el mismo autor de Spice & Wolf.

Traductor: Absolute
Editor: Fixer-san


Prólogo

 

La luz de las velas parpadeaba cuando abrió los ojos

Un viento helado agitó sus globos oculares en medio de esta fría noche.

Se oía a lo lejos el golpeteo de pisadas en las escaleras. Probablemente era hora de que los guardias cambiaran de turno.

—¿Cómo está ahí dentro?

Se podía oír vagamente una voz a través de los espacios entre las barras de hierro de la puerta.

También se podía escuchar el traqueteo de la cota de malla.

—Está callado…

Sintió las miradas del otro lado de la puerta, todos mirando juntos en un intercambio silencioso.

Les faltaba el coraje para mirar directamente a través de los espacios de las barras de hierro.

—¿Está durmiendo?

—¿Quién sabe? … He oído que no puede dormir…

—Creo que su nombre es « Interés (Kusla) ». ¹

—Kusla… Qué nombre tan vil. Creo que dos de mis mejores amigos se arruinaron por la deuda.

Los guardias de la prisión están destinados a llevar el terror a sus convictos.

No obstante, dado el sentido de ser inmovilizado detrás de barras de hierro, un convicto no es diferente de los guardias. La distinción entre ellos es solamente el lado donde te encuentras respecto a los barrotes.

—¿Qué crimen cometió?

—Creo que fue… una blasfemia contra Dios. Sí, eso es. Robó los huesos de un santo y los usó para algo, o eso escuché…

«Y ahora estoy siendo tratado como un monstruo», señaló Kusla con ironía. El pensamiento invitó a que una vena tortuosa se hiciera notar.

Había estado encarcelado durante aproximadamente dos semanas, y contar las estrellas que resplandecían a través de las rejas metálicas de su ventana se había tornado aburrido.

 

 

—¡Eh! —gritó Kusla desde dentro de la celda.

El interior era una reminiscencia de praderas: llenas de insectos otoñales piando mientras volaban por los oscuros rincones de la celda.

Esta vibrante vida alrededor de Kusla se detuvo en el momento en que se pronunció.

Para Kusla, lo único que no parece detenerse son las ráfagas heladas, expandiendo sin piedad el frío palpar del tiempo.

—Charlemos.

Quería estar de pie, pero su frío cuerpo exhausto estaba tremendamente rígido. Este hombre, Interés (Kusla) , es temido por todos; a pesar de que en realidad no era distinto a cualquier otro. Su estatura es ligeramente superior a la media, pero su físico no era remarcable. Se consideraba a sí mismo de tez intrépida, pero nunca se le calificó de hombre atractivo.

En una multitud, era muy probable que nadie lo reconociera. Una vez fue atropellado por un carruaje, y su muñeca fracturada nunca se reparó adecuadamente debido a su negligencia, otorgándole una característica individualmente distintiva.

Dada su muy común constitución, estas últimas dos semanas de vida en prisión, naturalmente, hicieron que el cuerpo de Kusla se debilitara. Sentía dolor en las articulaciones y un ligero mareo mientras se esforzaba por poner de pie.

Sin embargo, los guardias al otro lado de la puerta de la celda no son conscientes de esto.

Kusla arrastró el congelado grillete y la bola encadenada a su tobillo mientras se bamboleaba hacia la puerta de la prisión, acercando su rostro a las barras de hierro.

—Hablemos.

La luz trajo dolor a sus ojos, causando que se delimiten ligeramente, pero esto evidentemente hizo que su expresión fuera atroz. Los dos guardias al otro lado de los barrotes estaban en sus lugares sin responder, como liebres que se cruzaron con un cazador.

—Relájense. Esto no les traerá mal.

Kusla intenta sonreír, pero rápidamente desecha la idea al darse cuenta de que solo podría asustarlos en la situación actual.

—Solo tengo algo que quiero pedirles…

Las solicitudes presentadas por personas en prisión eran casi las mismas, ya fuera de una solicitud por calor, una solicitud por comida, un permiso para escribir cartas, o una súplica por una muerte rápida.

Los dos guardias se sorprendieron, a pesar de estar muy acostumbrados a escuchar estas apelaciones de los prisioneros.

Se miran el uno al otro, y el mayor responde—: ¿Qu-qué tipo de solicitud?

—Hmm. Es muy simple —responde Kusla, señalando a través de una brecha entre los barrotes.

—¿Podrían usar esa llave para abrir esta puerta?

«Cuj». Pareció sonar un quejido cuando los dos guardias quedaron boquiabiertos.

Ya era pasada la medianoche. Esta es la hora del diablo, una hora en la que todos los miembros del clero dormían profundamente.

Los guardias, recuperándose apresuradamente de los temores, retrocedieron y levantaron sus lanzas.

—¡D-desquiciado! ¡Es imposible que hagamos eso!

—Por supuesto, no estarían haciéndolo sin una retribución.

Los guardias tienen que soportar el frío de la noche, al igual que los prisioneros, con el fin de mantener la guardia; las suyas eran tareas obligatorias. Aun así, la gente tiene una buena razón para acudir en masa al puesto abierto de la guardia, ya que no solo la paga los mantiene ahí, sino también la esperanza de recibir sobornos.

Mirándose el uno al otro en busca de una respuesta, los dos guardias, sin darse cuenta, revelaron que ambos estaban abrumados por la tensión.

Es verdad, sin embargo, que dos personas juntas pueden convocar un valor mayor del que se podría por separado.

—La Iglesia ya… —vocifera el menor esta vez—, ya te ha concedido la pena de muerte, y ahora no eres diferente de un hombre muerto. Entonces… ¿Por qué deberíamos aceptar tu oferta? Si es un alegato lo que tienes, podemos escuchar. ¡Conoce tu lugar!

—Está bien, nada más tienen que abrir esta puerta como es normal y despojarme de todo lo que tenga encima.

Como si esos guardias pudieran.

No es raro ver a personas encarceladas por robar pan; su prestigio les fue arrancado, abandonados en el duro frío para morir. Esto era una prisión, un lugar terrible.

A pesar del inmenso pavor y miedo asociados a las prisiones y sus cautivos, eran esos cautivos que fueron llevados a prisiones no del todo visibles para el público lo que daba más miedo.

Las cárceles se construyen a menudo en forma de aguja, en lugares lejos de la gente, pero dejan un único lugar en el que los reos pueden ser vistos más claramente por los habitantes de la civilización del captor: desde el puente arqueado hecho sobre el río que pasa por el centro de la ciudad.

Los dos hombres se quedan sin habla. Si ellos fueran engañados por la astucia de un prisionero, su orgullo como guardias estaría en juego.

—T-todo lo de un hombre condenado por la Iglesia es propiedad de la Iglesia, ya sea ropa, herencia o la vida… así que no podemos tomarlo.

No se atrevían a entrar en una celda tan terrorífica, pero aun así tenían que proteger su dignidad como guardias.

Esta razón con la que avalaban que no abrirían la puerta era lo suficientemente razonable.

Y, sin embargo, Kusla se encoge de hombros mientras rebuscaba en el interior de su camisa, descuidando ingeniosamente sus excusas al decir—: Oye, ¿no dije que no los haría hacer esto por nada? Déjenme enseñarles algo bueno.

—… ¿A-algo bueno?

—Así es. ¿No han encontrado una o dos cosas que los enfurezcan en el trabajo?

—…

Como si aparentaran ebriedad, los guardias lucharon para entender las palabras del detenido. En su afectado estado podían ver dos sombras danzar ante ellos a medida que fruncían el ceño hacia la celda de la prisión.

—Tengan en cuenta a sus superiores y colegas.

—¿Supe…riores?

—Sí, sus superiores. Esos fanfarrones incompetentes pueden alardear con la cabeza en alto gracias a sus acomodadas familias.

»En esta ciudad, están aquellos de la familia Luts, la familiar Barrows, y la familia Judith… ¡todos ellos, altos y poderosos, con sus largas espadas colgadas a un lado mientras galopan sobre sus caballos en una ostentosa exhibición, bebiendo sus cervezas mientras están sentados en la chimenea, y descansando en sus camas de piel de cordero!

»Durante el día, vendrán casualmente a llevarse el poco dinero que lograron conseguir de los convictos la noche anterior, y el único derecho que ustedes tienen permitido es la indignación. En este sentido, no sé quiénes son los prisioneros realmente.

El dúo intercambia miradas una vez más.

Esta vez, sin embargo, también tragan saliva al unísono.

—… ¿Qué es esta… cosa buena?

Picó el cebo.

Kusla sonrió. Su sonrisa taimada tentó aún más a los guardias.

—Esta cosita.

Kusla reveló una pequeña botella de su mano, sacudiéndola tras las barras de hierro.

Los ojos de los guardias la perseguían como un gatito al hilado.

—Solo se tiene que introducir una pequeña cantidad de su contenido en la comida de quienquiera que odien.

Al instante, sus rostros se llenaron de disconformidad.

Ninguno de los guardias miró al otro directamente, pero sus ojos se desviaron de su lugar.

—Eh, no me digas que eso es…

Kusla sintió que podía oír sus verdaderos pensamientos en el tono del guardia.

Había muy pocas personas a las que se les había dado el ominoso título de “Interés”, la pena de muerte por parte de la Iglesia, y ser dejado a sufrir en una celda de la prisión. Para Kusla, había sobradas razones para esperar ver a los guardias abrazar la oscuridad.

Ambos se adelantan al unísono.

—¿Qué hay… dentro, exactamente?

—Arsénico. ²

—¿Arsénico?

—Es refinado a partir del más fino rejalgar³. En el pasado, un compañero que trabajó conmigo lo lamió por culpa de su curiosidad desenfrenada.

—¿L-lo lamió?

—Sí. La gente como nosotros son idiotas sin remedio. Debemos probar este tipo de cosas cuando tenemos la oportunidad, es como una adición. En fin, ese idiota que lo lamió…

—¿Qué pasó… con el idiota?

—No le pasó nada. —Kusla fingió indiferencia en su respuesta.

—… ¿Eh?

Ambos guardias exclamaron en el instante de excitado furor por haber sido engañados.

—Pero a la mañana siguiente, cuando entré en la habitación de ese tipo, lo encontré con la piel totalmente podrida, la cara carbonizada, sus manos arrugadas; parecía un cadáver quemado. Realmente me sorprendió. Los mitos detrás del antiguo asesinato del Rey Aeolus son verdad, y esta era la causa.

Kusla sacudió de nuevo la botella.

—Lo bueno de este arsénico es que una persona no va a morir al momento que lo consume. Hay un intervalo de tiempo antes de que entre en efecto, lo que significa que no habrá sospechas.

»El cadáver quedará bastante feo; esa persona parecerá que fue abandonada por Dios, y la gente irá a pensar que su muerte fue un castigo divino. Nadie pensaría que en realidad el polvo de esta pequeña botella fue lo que le mató, ¿verdad?

La sonrisa de Kusla se amplió, escuchando a sus potenciales clientes con expresiones serias.

—¿Pueden por favor abrir la puerta así puedo canjearles este polvo?

Era medianoche, el sol se había ocultado hace mucho, y ni siquiera los siervos de Dios estaban alrededor, así que no quedaba nadie que vigile además de estos guardias. Ambos miran a Kusla, casi que poseídos por él. En este podrido mundo, no quedaba una sola alma que no anhelara matar a por lo menos uno o dos de sus enemigos jurados.

—…

Los guardias tenían gotas frías de sudor goteando en medio del aire helado, sus cuerpos rígidos.

Sin embargo, sus ojos exponían que estaban tratando de perdonarse el uno al otro por sus pecados.

Kusla se rio por el repiqueteo de las llaves en la cintura del guardia.

Sus vidas eran una pesadilla negra. Esto fue suficiente para tentar la acción en cada una de sus partes.

No había nada malo en lo que estaban haciendo.

Si hubiese alguien a quien culpar, sería Dios por crear un “opuesto”.

—¿E-es en serio…?

Dijo con una voz ronca el hombre con el llavero en la cintura.

Una mano alcanza inmediatamente las llaves, lo que le hace perder el equilibrio.

La sonrisa de Kusla rebosaba hasta las comisuras de su boca cuando sonó el rugido de un trueno de Dios.

—¿¡Qué es lo que están haciendo!?

Si tales golpes divinos pudieran matar a un hombre, esto era cuanto menos muy similar.

Los guardias se asustaron, tambaleándose torpemente mientras probablemente trataban de girarse y hacer frente en atención a la voz.

Al desplomarse en el suelo, levantaron la cabeza para mirar hacia arriba en dirección de la persona que se había pronunciado, y en ese momento sintieron firmemente que ellos eran los verdaderos prisioneros.

El que vociferó fue el alcalde, que poseía autoridad sobre la prisión; un caballero de alto nivel vestido con ropa glamorosa, con una barba blanca que mostraba muchos pelos brillantes a la luz del día.

—Debería haber enfatizado que no están para hablar con este hombre. Si hablan con él, correrán gran peligro. ¡Aquellos que actúan fuera de la ley serán considerados como herejes, y serán incapaces de presentarse ante Dios!

—¡…!

Los dos guardias casi se olvidan de respirar mientras sentían una gran presión sobre sus cuerpos y mentes al mismo tiempo. El envejecido caballero se acerca imprudentemente a la celda de Kusla. Detrás del viejo caballero Kusla advirtió de dos figuras más, jóvenes caballeros que seguían el mandato del otro. Uno podía saber con una sola mirada que estaban bien entrenados; una unidad hábil, muy diferente de los vigilantes aturdidos.

La banda de recién llegados llevaba yelmos de metal que cubrían plenamente sus rostros. Sus armaduras probablemente estaban ahí para enfrentar cualquier cosa que Kusla pudiera intentar; es decir, su rumorosa “magia”.

—Sí que llegas tarde.

Las pupilas de Kusla seguían concentradas en la luz que se filtraba a través de los barrotes de la puerta de la celda

—El veredicto ya fue decidido.

—¿Muerte en la hoguera?

—¿No me digas que vas a empezar a preocuparte por tu vida ahora después de todo este tiempo? —El alcalde lanza una burla en respuesta.

Kusla se encogió de hombros, retrocediendo unos pasos de la puerta.

Uno de los caballeros le arrebató a la fuerza las llaves a uno de los guardias colapsados, con un traqueteo como el de anillos.

—Sal, Kusla.

La puerta de la celda se abrió en un quejido.

—Alquimista insomne.

 

 

Notas:

1– Su nombre significa (y está escrito) como «Interés», pero la guía fonética que puso el autor advierte que el nombre se lee como “Kusla”. Si alguna otra vez se hace mención del significado de su nombre (en la versión japonesa), se mostrará tal como vieron recién.

2NE: El arsénico es un metaloide de número atómico 33 y símbolo “As”, considerado un elemento esencial para la vida y simultáneamente un tóxico de origen natural extremadamente potente. Es acumulativo y no biodegradable, usualmente las intoxicaciones por este están dadas por el consumo de agua o alimentos contaminados. En nuestros días el consumo directo es difícil de encontrar. Existen medicamentos que aún lo utilizan en cantidades mínimas [pese a que cualquier cantidad de este es penada por la ley], principalmente medicamentos antiparasitarios y oncológicos.

3Rejalgar es un sulfuro de arsénico natural, aunque raro; forma granos y cristales bien moldeados, los cuales están entre rojo y anaranjado con brillo resinoso. Es tóxico y se usó en la medicina medieval y en la fabricación de vidrio; hoy día se usa en fuegos artificiales y pesticidas. También es soluble en soluciones de hidróxido de potasio. Como dato curioso, la palabra viene del árabe hispánico “ráhǧ alḡár” que literalmente significa “polvo de cueva”.

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