Parásito enamorado — Capítulo 8

Traductor: Electrozombie

Editor: Fixer—san & Aoisora


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Una epidemia de ausencia

La nieve que cubría el pueblo se fundió gradualmente, y las plantas de fuki se mostraron entre la tierra mojada y el fango, señalando la llegada de una nueva estación. La alegría de la primavera llenó el aire, y una dulce esencia floral recorrió el distrito residencial. Las personas se deshicieron de sus abrigos para llevar chaquetas, disfrutando así la sensación de libertad que por un tiempo vieron perdida.

Los cerezos florecían a finales de abril. Dependiendo del año, el momento perfecto para admirarlos podría ser incluso en la Semana Dorada . Como resultado, no eran los cerezos un símbolo de reencuentros o despedidas para las personas del pueblo. En cambio, eran como las flores que, tras notar el cambio en el medio ambiente y tomar un largo respiro, aparecían para sugerir el futuro.

Era el primer día del fin de semana triple. Kousaka caminaba cansado por el largo camino a través del distrito residencial.

Varias zonas a lo largo del pueblo se encontraban en construcción. Algunos edificios se encontraban a mitad de construcción, mientras otros eran desmantelados. Algunas áreas mantenían reparación en las carreteras, y otras hacían mantenimiento al tendido eléctrico. Era como si todo el pueblo estuviese renaciendo.

—Kousaka, repíteme de nuevo cuando era que ibas a irte —preguntó la chica a su lado.

—La próxima semana —él respondió.

—Esto es repentino. ¿Por qué en un momento como este?

—Si lo piensas un poco, verás que permutar mi casa dentro del pueblo es bastante inconveniente. Por lo que decidí mudarme a algún lugar más cercano.

Esta chica había sido presentada a él por un compañero de trabajo; su nombre era Matsuo. Era dos años más joven que Kousaka. Las esquinas de sus cejas, siempre caídas, le daban una impresión triste, pero de fijarse bien, se podía notar que tenía buenos rasgos faciales, y una sonrisa completamente refrescante. Había sido trabajadora de medio tiempo en su época de estudiante hasta que la ascendieron a empleada oficial, y desde entonces había permanecido allí.

Esta era la tercera vez que Kousaka salía con ella. Había pasado menos de un mes desde que se conocieran, pero Matsuo mostró un gran afecto hacia él desde aquel primer momento. Kousaka también sentía que podía relajarse cuando estaba cerca de ella.

Una vez que hablaron descubrieron que tenían muchas cosas en común. Por ejemplo: la germafobia. Hasta hacía solo dos años, ella había estado lavando sus manos al menos cien veces al día, se cambiaba de ropa cinco veces al día, y tomaba tres duchas. Gracias a un tratamiento perseverante, ahora era capaz de tener una vida normal, pero en el peor momento ni siquiera podía dejar su casa. En el momento en que Kousaka sacó objetos relacionados con su fobia, como desinfectantes y purificadores de aire, los ojos de Matsuo brillaron y empezó a hablar sobre el tema.

Libros y gustos musicales, el sentirse distanciado del trabajo, la falta de interés en los problemas sociales. En muchos aspectos, la opinión de ambos coincidía. El que se volviesen amigos no era más que el flujo natural de los acontecimientos.

Los dos caminaron sin destino fijo, hablando sobre películas que recientemente habían visto. Al llegar al camino que bordeaba el río, el tema cambió a la pesca. Matsuo se refirió a algunos recuerdos de su padre cuando se iba a pescar al océano.

—Oh, sí, aquella vez tuve una intoxicación alimenticia —recordó ella—. Tenía aproximadamente ocho años. Hicimos sashimi y lo comimos en familia. Estaba realmente delicioso, pero tarde en la noche, repentinamente empecé a sentir un dolor estomacal horrible. Realmente pensé que iba a morir entonces. Y fui la única afectada; todos los demás en mi familia se encontraban en perfectas condiciones. Fue terrible.

—Anisakiasis, ¿cierto? —Kousaka dijo con una sonrisa irónica—. Eso incluso provoca que los adultos se retuerzan de agonía, por lo que debe haber sido un infierno para ti de niña.

—¡Oh, eres muy sabio! —Matsuo aplaudió en admiración—. Sí, fue debido a un Anisakis. ¿Te gusta ir de pesca, Kousaka?

—Nah. Nunca en mi vida he pescado.

—¿Entonces comes mucho pescado crudo?

—Conozco a alguien que sabe mucho sobre ese tipo de cosas. Solo estoy repitiendo lo que escuché de ella.

—Oh, así que es eso —Matsuo asintió, luego preguntó, intentando indagar un poco— ¿Una conocida? ¿una amiga tuya?

—No, es un poco diferente.

—¿Entonces? ¿Una novia?

—Hace aproximadamente cinco meses tuve un trabajo de niñera. Fue entonces.

—Niñera… —Matsuo tenía una expresión sospechosa—. Kousaka, tú no pareces del tipo de personas que se llevan muy bien con los niños.

—Sí. Pero había una razón por la que tuve que tomar el trabajo.

—Ya… veo —ella lo consintió con ambigüedad—. Aun así, ¿no es algo raro que un niño sepa sobre ese tipo de cosas?

—Supongo —dijo él—. Sólo he conocido uno.

*

En menos de cuatro meses desde que empezara a tomar la medicina desinfectante. Kousaka experimentó tantos cambios que ahora se sentía renacido.

Lo primero que ocurrió fue que su germafobia se curó. El desorden mental que tan firmemente se había arraigado en él se había ido y ahora era como si jamás hubiese existido. En realidad, fue instantáneo. Como un dolor estomacal o una úlcera en la boca: antes de que se curara era en lo único que se podía pensar, pero una vez se hubo ido difícilmente se le recordaba.

Al prestar atención, se dio cuenta de que había estado usando las mismas toallas por varios días, y no le molestaba llegar a casa e irse directamente a dormir. No le molestaba estar muy cerca de otras personas, y podía incluso agarrase a los sostenes del tren de ser necesario.

Una vez que sobrepasó el problema de la germafobia, lo demás transcurrió sin problemas. Consiguió fácilmente un nuevo trabajo. Mientras revisaba sus opciones en un sitio para personas que regresaban de una rehabilitación, como si fuera una coincidencia, sus ojos se fijaron en una oferta de empleo altamente favorable. Era un reclutamiento de programadores web para el diseño web de una compañía, y Kousaka dominaba con experticia todos los lenguajes listados como requisitos necesarios. Tomó la oferta, envió un código, y dejó que lo demás siguiera su curso. No tenía en realidad ninguna esperanza, pero al mes siguiente, ya era un empleado de la compañía en toda regla. Las cosas se sucedieron tan tranquilamente que incluso llegó a dudar si todo no era más que la manipulación de alguien.

Una vez que empezó a trabajar, Kousaka notó que el haber usado su tiempo libre para desarrollar malware había ayudado a mejorar sus habilidades de programación. No había aprendido las cosas necesarias, pero había nacido en él un método correcto de pensamiento racional para resolver el tipo de problemas a los que ahora se enfrentaba. Se volvió valioso en su lugar de trabajo. Ciertamente no era el trabajo más fácil, pero encontrar un sitio seguro para estar le daba una gran alegría.

Kousaka empezó a ganar confianza lenta pero constantemente, hasta llegar a un nivel apropiado para su edad. Las personas a su alrededor malinterpretaban su serenidad, proveniente de la resignación, como una compostura debido a ricas experiencias de vida, y estaban convencidos de que era una persona maravillosa. Vieron sus frecuentes cambios de empleo como una prueba de la fe que tenía en sus propias habilidades. Milagrosamente, todos los elementos que lo caracterizaban parecían positivos a los ojos de sus compañeros. Apenas un mes después de unirse a la compañía ya había hecho amigos con los que poder ir a beber tras el trabajo, y él mismo olvidó que hasta hacía solo unos meses se encontraba completamente fuera de la sociedad.

Y, aun así, algunas veces, sentía un profundo vacío en su interior. Dicho vacío existía en la forma de una chica. Cuando se quedaba dormido sobre su escritorio, cuando atravesaba los mismos caminos que alguna vez recorrió con ella, cuando veía cosas que podía asociar con ella: audífonos, aretes azules, mecheros. En casi cualquier oportunidad, Kousaka no podía evitar recordar a Hijiri Sanagi.

Pero todo se había acabado. De seguro ella ya había olvidado los días que habían pasado juntos, y había comenzado su propia y verdadera vida.

Eso era algo digno de celebración.

Durante el último tercio de marzo, Kousaka, completamente adaptado a trabajar y convencido de estar curado de misantropía, descubrió que, aunque ya no se encontraba bajo el efecto dominante del gusano, aún amaba a Sanagi. Lo que esperaba que fuese lo primero en cambiar al comenzar el tratamiento era lo único que se había mantenido impasible dentro de él.

Kousaka sintió una gran confusión. ¿Su amor por Sanagi no había sido provocado por el gusano? ¿Por qué su misantropía y germafobia habían sido curadas, pero no su enfermedad del amor?

¿Tal vez todo había sido solo un terrible malentendido? Tal vez aquel consuelo conque controló a Sanagi justo antes de despedirse en realidad era real. Era cierto que el gusano tenía el poder de hacer que los huéspedes se enamorasen. ¿Pero aún sin la intervención del parásito Sanagi y él habían sido capaces de amarse mutuamente? ¿Tal vez había fallado en darse cuenta de ello, y después de escuchar sobre el profesor Kanroji y los Hasegawas, había llegado a dudar de sus propios sentimientos?

Su corazón comenzó a latir con fiereza, apurándole. Casi inconscientemente, llamó a Sanagi. Los timbres sonaron. Él contó. Uno, dos, tres, cuatro… cinco. La llamada terminó.

Kousaka puso la mano sobre su pecho y respiró profundamente, calmando su agitado corazón. No había razón para apurarse. Ella debería llamarlo de regreso en algún momento.

Pero pasó un día completo sin ningún contacto con Sanagi. Después de eso, Kousaka la llamó cinco veces y le envió tres correos… sin respuesta.

Consideró ir directamente a su casa. Había pasado mes y medio desde que visitara por última vez la clínica de Urizane. Ya se había tomado toda la medicina, y no había señales de que los síntomas regresaran, por lo que ya no había más razones para ir a tratarse. Pero, aunque no lo había considerado al ir antes, si fuese en aquel momento a la clínica y pidiera encontrarse con Sanagi, ¿habría alguna razón para negarse a su petición?

Kousaka examinó los pros y los contras. Pero sus crecientes sentimientos, después de cierto punto, empezaron a revolverse sin control.

Ahora que pensaba sobre ello, solo podía haber una razón por la que Sanagi no le respondiera. Una o dos veces, se podía dejar pasar, pero ella había fallado en notar cinco o seis intentos de él para comunicarse. El hecho de que probar una y otra vez no provocaba ninguna respuesta satisfactoria solo significaba que ella lo estaba ignorando intencionalmente.

Concluyó que ella debía estar tratando de olvidarse de él. Tal vez su desinfección también había sido exitosa, y había sido capaz de escapar del control del gusano. Y una vez que recuperó sus pensamientos normales, no quedó ni una pizca de afecto por él. Irónico, pero seguramente cierto.

No le tomó mucho tiempo el aceptar aquello. Afortunadamente, tenía un montón de trabajo con el que distraerse. En lugar de preocuparse por ella, se centró en sus tareas. Durante ese tiempo conoció a Matsuo, y el agujero en su pecho se llenó lentamente con un substituto.

Este modo de vida era más apropiado y razonable. Los días que había pasado junto a Sanagi se sentían ahora como un sueño borroso, una especie de alucinación. Ciertamente, era para él lo más hermoso. Pero al final, era solo un sueño. Si intentaba permanecer así por siempre, solo iba a morir en vida. Lo que tenía que hacer luego era perseguir la felicidad con sus propios pies, felicidad para vivir.

—¿Kousaka?

Regresó a sus sentidos, y por poco deja caer el vaso en su mano. ¿Qué era lo que había estado haciendo? Cierto, recordó. Estaba bebiendo con Matsuo. Habían caminado juntos por el pueblo y decidieron entrar a un bar. De seguro había estado cabeceando debido a la borrachera y la fatiga.

—Ahh, lo siento. No estaba atendiendo —él restregó sus cejas con fuerza.

—Estuviste haciendo eso por un buen tiempo —Matsuo dijo mientras reía—. Parece que ya casi van a cerrar. ¿Quieres otra bebida?

Kousaka miró su reloj de muñeca y dijo.

—Creo que es suficiente por hoy. ¿No has tenido suficiente, Matsuo?

—Oh, no —Matsuo sacudió su cabeza esforzadamente—. De seguro estoy muy, muy borracha.

—Eso parece —él afirmó, viendo el leve rubor en su rostro.

—Sí, estoy tan borracha que me parece un tipo genial, Kousaka.

—Ese es un problema serio. Mejor ve a casa y descansa.

—Correcto. Eso haré.

Habiendo dicho eso, Matsuo tomó el vaso frente a ella y engulló todo el líquido que quedaba. Entonces sus ojos se encontraron con los de Kousaka, inclinó su cabeza, y sonrió juguetonamente. Pero Kousaka observó sus que sus ojos, aunque muy ligeramente, mostraban una pizca de decepción.

Kousaka pensó que tal vez aquella respuesta no era lo que ella estaba esperando. Quizás Matsuo quería llevar su relación al siguiente nivel. Estaba mostrando suficientes señales incluso para alguien tan desatendido como él.

“¿Si lo supiera, qué podría responder?”

“Tal vez, muy profundo dentro de mi corazón, aún estoy esperando a Sanagi”

Tras dejar a Matsuo, Kousaka no se dirigió a la estación de trenes, sino que fue a otro bar para seguir bebiendo. No podía explicarse a sí mismo la razón por la que hacía aquello. Tal vez porque, le gustase o no, al regresa a su habitación no podría evitar recordar el tiempo que había pasado junto a Sanagi. Quizás la razón por la que evitaba avanzar en la relación con Matsuo también era porque no se permitía dejar entrar a otras personas a la habitación en la que había compartido aquellos momentos con Sanagi.

Sintió que finalmente comprendía por qué necesitaba tanto moverse. Que patético, Kousaka se rió de forma autocomplaciente. Quería creer que había mejorado como ser humano, pero en lo profundo de su corazón, seguía enamorado de una chica de 17 años.

*

Perdió el último tren, por lo que tomó un taxi a casa. Sacó el dinero de la billetera sin contarlo realmente, lo dio al conductor, y recibió el cambio. Cuando salió del auto el pesado olor de las flores de primavera, flotando en el distrito residencial, llegó hasta su nariz montando la brisa nocturna.

Caminando de forma inestable, subió por las escaleras del apartamento. Y, tras desbloquear la puerta de su cuarto, colapsó sobre la cama. Las noches de primavera eran cálidas, el colchón se sentía suave y las sábanas frías. Kousaka dejó que su consciencia se perdiera en el sueño.

Al principio sintió que sus oídos pitaban. Pero después de un tiempo notó que era el sonido del intercomunicador. Pensó que ya había llegado la mañana, pero al levantarse y mirar a través de la ventana descubrió que era aún de noche. El reloj marcaba de las 2 de la madrugada. ¿Quién podría estar llamando a la puerta a una hora como aquella…? Justo en el momento en que la pregunta rondó su mente, recordó un evento muy similar ocurrido anteriormente.

Su borrachera y somnolencia desaparecieron en un instante. Se levantó y caminó hasta la puerta frontal.

Su predicción había dado en el clavo. Allí parado estaba Izumi. Con una mano dentro del bolsillo de su traje, con la otra acariciaba su barba sin afeitar. No usaba el usual abrigo de siempre.

—Hey. ¿Has estado bien?

—¿Izumi? —Kousaka preguntó confundido— ¿Por qué estás aquí?

—¿Puedo pasar? ¿O aún no se ha curado tu germafobia?

—No, realmente no me molesta. Adelante…

Izumi se quitó los zapatos de cuero y entró en la habitación.

—¿Quieres un poco de café? –Kousaka preguntó.

—No, gracias.

Izumi miró alrededor de la habitación. Como Kousaka apenas se había mudado, aún estaba terriblemente desolado. No había nada más que una pila de cajas blancas en una esquina y un amueblamiento minimalista. Su silla de trabajo y escritorio, un librero vacío, perchas, la cama. Izumi lo pensó por un momento, luego e sentó sobre una caja.

Kousaka se sentó en la silla y preguntó.

—Si has venido aquí, entonces debe haber ocurrido algo relacionado al gusano, ¿cierto?

—Es correcto —Izumi respondió sin inmutarse.

—¿Ha ocurrido algún problema?

—En realidad he venido a preguntarte a ti; ¿algo que mencionar? —él preguntó de vuelta— ¿Han ocurrido cambios extraños últimamente?

—No, la verdad no he notado nada importante. Me estoy recuperando bastante bien —De repente, Kousaka notó que todavía traía puesto su reloj de pulsera, por lo que se lo quitó y lo lanzó sobre la cama—. Gracias a ti, mi misantropía se ha curado también. Parece que todos los parásitos en mi cabeza murieron.

—Te equivocas. Los gusanos aún no se han ido.

Un corto silencio transcurrió.

—… ¿de qué estás hablando? —dijo Kousaka con una sonrisa rígida—. Como puedes ver, mi germafobia se ha ido. Ya conseguí un nuevo trabajo, y las relaciones con otras personas se desarrollan adecuadamente. No hay trazas de los efectos del gusano.

Izumi negó con la cabeza.

—Solo se encuentran en un estado adormecido. No sé por qué, pero los gusanos en tu cuerpo parecen tener una resistencia a la medicina. No lo he revisado, pero no puedo pensar en nada más. Se han debilitado temporalmente, por ahora, pero si dejas de tomar la medicina por un tiempo, probablemente regresarán —Entonces, repentinamente sonrió—. Y eso es algo bastante afortunado.

—¿Afortunado?

-—Digo que deberías estar agradecido de que tus gusanos tengan tal poder de supervivencia.

Como si se estuviera preparando para algo, Izumi respiró profundamente, y lentamente lo dejó salir.

—Con tu excepción, la medicina desinfectante ha sido extremadamente eficaz en aquellos infestados con el gusano. Y cuando los parásitos en sus cuerpos murieron… sus huéspedes también escogieron la muerte.

La expresión de Kousaka permaneció congelada. Ni una sola palabra salió de sus labios.

Izumi continuó.

—El profesor Kanroji y el doctor Urizane también creían que el gusano provocaba las intenciones suicidas en el infectado. Creyeron que una vez que la cantidad de gusanos en un huésped superaban un cierto límite, no podían seguir viviendo dentro del cuerpo humano y aceptaban la muerte. Bueno, era una suposición razonable. Incluso si no fuera por aquellos dos, se podía pensar… Pero hay un error fatal en ese modo de pensar. Estábamos pensando asumiendo que el suicidio era la anormalidad. Fue esa la trampa en la que caímos.

—A medida que la investigación continuó, un número de hechos salieron a la luz. El huésped final del parásito es el humano, cierto, pero no parece que pueda infectar a cualquier persona. De hecho, no puede infectar a la mayoría de la gente; incluso si entra en el cuerpo, es rápidamente expulsado por el sistema inmune. Pero en raros casos, hay personas con cuerpos que no solo no exterminan al gusano, sino lo que lo mantienen con firmeza. Como si aceptaran de forma activa la infección.

—Esto también es un poco por mi propia subjetividad, pero… quizás el gusano no tiene el poder de hacer que los huéspedes se suiciden. Seguro, aísla al huésped, pero tal vez eso no tiene nada que ver con su muerte. De hecho, hay algo que demostró la investigación del doctor Urizane. Que el gusano tenía la habilidad para suprimir las emociones negativas de su huésped. Furia, tristeza, celos, odio… cualquier emoción negativa que surja en el huésped será debilitada por el gusano. No conozco en detalle la forma en que funciona, pero el doctor Urizane dijo que el parásito podría seleccionar de forma selectiva las enzimas necesarias para enviar estas señales a los nervios, y consumirlas. Si tal teoría es correcta, entonces se podría explicar como que el gusano se alimenta de los rencores de su huésped. Esta es probablemente la razón por la que aísla al huésped, para provocar en él gran cantidad de sentimientos negativos. Supongo que el estrés del día tras día no le resulta suficiente.

—Fue entonces cuando se me ocurrió esta hipótesis. Tal vez, antes de que el gusano los infectara, los huéspedes siempre fueron personas con almas deprimidas; para ser franco, personas con fuertes deseos de morir. ¿Y si aquellos a los que el gusano hace sus huéspedes son aquellos que, de dejarse solos, podrían cometer suicidio?

—Si seguimos esa teoría, un montón de cosas que antes no tenían sentido ahora lo tendrían. La mayoría de las personas no puede proveer el rencor suficiente como para alimentar al gusano. Incluso si el parásito es ignorado, eventualmente se debilitará y morirá debido al ataque del sistema inmune. Por otro lado, los cuerpos de aquellos que son constantemente encantados por los deseos de morir poseen más rencores del que pueden soportar, ellos son lo mejor que le podría haber pasado al gusano. Algunos bichos, al infectar a los humanos, se comen el exceso de grasa y mantienen un balance en la piel, así que sería algo como eso. Se comen el rencor sobrante para mantener un estado mental balanceado… Por lo que los cuerpos no exterminan al gusano, sino que lo aceptan. Lo incorporan como un órgano encargado de controlar el rencor que el huésped no puede manejar por su mismo. El huésped y el gusano entran en una relación de beneficio mutuo.

—Entonces, ¿qué ocurriría si intentas eliminar al gusano? Todo ese rencor del que se estaba encargando ahora no tiene lugar al que ir, y el huésped se ve afectado con toda la fuerza de una sola vez. Se volvieron tan ingenuos gracias a que el parásito les protegía, que ahora no tienen la fuerza para soportarlo. Pierden lo que les permitía vivir por más tiempo; ya no hay nada que los detenga en sus intenciones suicidas.

—Estábamos convencidos de que las muertes eran causadas por la presencia de los parásitos. Pero en realidad es lo opuesto. La muerte se debe a la ausencia de estos. Esa es mi conclusión.

Varias de las cosas que Sanagi había dicho a Kousaka flotaron en su mente como flashbacks.

—… Esto hacía que el trabajo del sistema inmunosupresor esté enlazado a mejorar las enfermedades inmunitarias. Pero aparentemente, las células T reguladoras son traídas debido a la existencia de “parásitos aceptados por el huésped”. Por lo que, en esencia, la ausencia de los parásitos, una situación extremadamente limpia, resulta en un incremento de las alergias y enfermedades autoinmunes a día de hoy.

—Además, el D. paradoxum no abandona a su compañero hasta el final. Una vez que se juntan, nunca se separarán de nuevo. Si intentas dividirlos, morirán.

Y estaba la Cisticercosis; una enfermedad que ocurre cuando los gusanos de la vejiga mueren en el sistema nervioso central.

Las pistas estaban por todas partes.

Los parásitos les habían dado la vida; y nunca debieron haberlos dejado ir.

—Sanagi —Fue la primera palabra que salió de su boca—. ¿Qué le pasó a Sanagi?

—Ella fue la primera víctima —dijo Izumi—. Hijiri Sanagi fue la primera en experimentar los efectos de la ausencia de los parásitos. Una mañana, el doctor Urizane estaba preocupado porque su hija no despertaba, por lo que fue a su habitación y la encontró tirada sobre el suelo, inmóvil. Había señales de que se había tomado un montón de pastillas para dormir con alcohol. Eso fue hace medio mes.

El mundo se le vino encima a Kousaka. Su visión se nubló, y sus oídos comenzaron a pitar sonoramente.

Pero las siguientes palabras de Izumi lo levantaron de aquel infierno.

—Pero no te preocupes. Ella no está muerta, aún. Falló en su intento. Se excedió un poco; sus fuerte deseo de morir le jugó una mala pasada. Tomó demasiadas píldoras y demasiado alcohol, por lo que lo vomitó todo antes de que surtiera efecto. O quizás se asustó y las vomitó por sí misma, pero, de cualquier modo, no pasó nada. Aunque…

Izumi se quedó callado, como si no supiera como continuar, y miró a través de la ventana para darse tiempo a pensarlo un poco. Kousaka también observó en esa dirección, pero no había nada interesante allí. Solo oscuridad.

Eventualmente, volvió a hablar.

—Después de darle un tratamiento básico en la clínica, ella fue transferida a un hospital apropiado. Su vida no parecía en peligro por el momento, por lo que el doctor Urizane y yo estuvimos aliviados. Pero los intentos de suicidio de Hijiri Sanagi no habían hecho más que comenzar. Ella era como un canario en una mina de carbón .

Kousaka entonces tomó la iniciativa de preguntar.

—Los otros pacientes, ¿los Hasegawas se comportaron de forma similar?

—Lo hicieron —Izumi asintió—. Una semana tras el incidente de Hijiri Sanagi, recibimos una llamada de Yuuji Hasegawa, “Satoko Hasegawa cometió suicidio”, dijo y colgó. No sabíamos que estaba pasando. Decidimos ir a su casa al día siguiente para preguntar los detalles, pero fue muy tarde. Yuuji Hasegawa ya había seguido los pasos de su esposa. Habían muerto juntos. Y mientras intentábamos descubrir los motivos de los Hasegawas para suicidarse, Hijiri Sanagi desapareció del hospital.

—Desapareció.

—Si. Dejó atrás una nota agradeciéndonos. Pusimos una orden de búsqueda, y yo mismo he estado buscando por días alrededor de la ciudad, pero aún no la podemos encontrar. Pensé que podía haber venido a tu casa, pero supongo que me equivoqué… ¿Dónde podría haber ido?

Entonces Izumi quedó en silencio. Su rostro se veía cansado. Parecía haber sido golpeado fuertemente por la fatiga, la impotencia, y todo tipo de emociones.

—Estoy tan cansado —dijo en un suspiro.

—Al final, lo que estábamos haciendo era completamente erróneo. No salvamos a los pacientes, sino que los guiamos activamente hasta su muerte. Simplemente nos metimos con lo que no debíamos. Es como en un show cómico. El espíritu del doctor Urizane está en la basura, como si hubiera caído en un estado constante de inconciencia. Podría incluso terminar suicidándose antes que su nieta.

Tras una risa, Izumi se levantó lentamente.

—Esto es un poco egoísta, pero… al final de hoy, estaré dejando al doctor Urizane. Dudo que nos veamos de nuevo.

Le dio la espalda a Kousaka.

Y le dedicó unas últimas palabras.

—Kousaka.

—¿Qué?

—Por favor, no mueras.

—… No estés preocupado por eso, yo ya lo superé.

Los hombros de Izumi se sacudieron con alegría.

—Sigue así. Llévate bien con ese gusano. Te guste o no, es una parte importante de ti.

Se fue tras decir aquello.

Un intento de suicidio. Esa era la verdadera razón por la que Sanagi no había respondido sus llamadas y correos. Para cuando Kousaka llamó, los gusanos en el cuerpo de Sanagi ya había desaparecido, y ella luchaba por encontrar la muerte. O tal vez se había estado preparando diligentemente para morir. De cualquier modo, era aquello lo único que llenaba su cabeza en esos momentos, y no podía permitirse pensar en nada más.

Lo primero que hizo Kousaka fue aliviarse porque la falta de respuesta de Sanagi no era debido a que lo odiara. Era imprudente, pero en aquellos momentos era lo que más le importaba.

Pensó que últimamente, la felicidad que había estado sintiendo era todo para él. Amaba a Sanagi. No había algo más definitivo que aquello. Ni el gusano ni las edades podían interponerse en ello. Si aquel sentimiento era en verdad solo una mentira, entonces había sido engañado toda su vida.

Tras saborear su felicidad, Kousaka consideró los lugares en los que podría encontrarse la desaparecida Sanagi. Las localizaciones de especial interés eran muy limitadas. Por lo que las opciones se redujeron de forma natural.

Quizás Sanagi intentaría suicidarse en el mismo sitio que sus padres. Kousaka había escuchado que habían saltado de un puente en las montañas famoso por la tasa de suicidios. No sería extraño si ella hubiese querido morir de la misma forma.

No tenía una evidencia real. Pero justo en ese momento, tampoco tenía ninguna otra pista que pareciera mejor. Necesitaba ir allí.

Llamó un taxi desde el teléfono. Diez minutos después montó en el vehículo y dio las instrucciones al chofer. El viejo conductor comenzó a manejar sin dar una respuesta siquiera.

Pero veinte minutos más tarde, Kousaka dijo que había olvidado algo y pidió que diesen la vuelta. En realidad, no era algo que se hubiera olvidado de llevar. Solo pensó que debía de ponerse la bufanda roja que Sanagi le regalara en la víspera de navidad.

A pesar de que era una carrera contra el tiempo, él no podía evitar sentir que aquello era estrictamente necesario. Era como una plegaria. Sintió que aquella bufanda cumplía el papel del hilo rojo del destino que debía de juntarlos.

Y estaba en lo correcto.

Tal vez era el gusano en su cabeza quien lo había ayudado en secreto.

De regreso al apartamento, Kousaka corrió escaleras arriba y llegó a la puerta de su cuarto casi sin aliento. Pero al introducir la llave notó que la puerta estaba abierta. Se debía de haber olvidado cerrarla en su apuro por salir.

Al entrar, vio una luz parpadear desde la puerta del cuarto. Parecía que también había olvidado apagarlas. Pero no le importaba. Atravesando la cocina, Kousaka entró en el dormitorio sin quitarse siquiera sus sucios zapatos.

Y allí, durmiendo profundamente, encontró a Sanagi.

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