Parásito enamorado — Capítulo 5


Traductor: Electrozombie

Editor: Fixer-san & Aoisora


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Invierno en el País de los Gusanos

Ambos llegaron a salir juntos a diario. Sanagi visitaría la habitación como de costumbre, primero gastarían treinta minutos perdiendo el tiempo para acostumbrarse, luego harían los preparativos y saldrían, caminarían por alrededor de una hora, regresarían al apartamento, y calmarían sus fuertes sentimientos de la forma que quisieran.

Al final del día, sopesarían los resultados del entrenamiento. Sanagi contaría la cantidad de tiempo que pudiese ver a Kousaka a los ojos, y él probaría la cantidad de segundos que podría sostener la mano de ella.

Kousaka podía sentir cierto grado de mejoría con cada día que pasaba. Como de costumbre, no podía montar en el tren en solitario, pero si estaba con Sanagi, incluso podía hacer una visita a un restaurante sencillo. Aunque era un avance lento, notaba que ahora lavaba sus manos con menos frecuencia, gastaba menos tiempo limpiando, y el olor a desinfectante se aligeró un poco en la habitación.

Al ver que la germafobia de Kousaka había mejorado, Sanagi comenzó a llevarlo a alimentar animales. Cisnes en el lago, gatos callejeros en el parque, palomas en la estación, gaviotas en la costa, y eventualmente, incluso cuervos del basurero ; Sanagi los alimentaba sin discriminación. Kousaka la observaba desde una corta distancia.

Kousaka le preguntó una vez que le gustaba tanto de los animales, y ella le dio una respuesta sorprendente.

—Leí en un libro hace mucho tiempo que los animales no tienen sentido del pasado o el futuro; para ellos, solo existe el presente. Por lo que, aunque sufran mucho, incluso si se acumula en forma de experiencia, el dolor en sí no se acumulará. Por lo que su primer dolor y su milésimo dolor solo se sentirán como “un dolor actual”. Debido a ello, no pueden tener esperanza, o caer en la desesperación, y solo parecen vivir en un estado pacífico. Un cierto filósofo una vez lo llamó una vez “una inversión en el presente” … pero parece que me veo involucrada en ese estilo de vida que tienen los animales.

—Eso es algo complicado, no puede ser solo que te gustan los gatos porque son lindos.

—Por supuesto que los gatos son lindos —Sanagi dijo, como dolida—. Si pudiera ser cualquier cosa, querría ser un gato. También, me gustaría tener alas como un ave.

—¿Quieres ser un gato alado?

—Eso no sería un gato —ella negó con firmeza.

 

Al caminar alrededor del pueblo, hicieron varios descubrimientos. Las escenas que Kousaka siempre ignoraba por no desviar la mirada, ahora con Sanagi a su lado, se convirtieron en una fuente de imaginación: “¿Me imagino como se verá el mundo a sus ojos?”. Era como ponerse un grupo nuevo de órganos sensoriales. Como tener una cámara equipada con lentes nuevos, todo se volvió sujeto de su reevaluación.

Quizás Sanagi se sentía de la misma forma. Un día, ella miró a la distancia y murmuró algo.

—Caminar sola y caminar acompañada se siente completamente diferente, huh.

Sanagi rellenaba los agujeros de Kousaka y viceversa, de forma que el mundo de cada uno se completaba. Al hacer esto, todo parecía más claro.

La comida sabía mejor si estaban juntos. Era más divertido. Más hermoso. Era algo obvio para la mayoría de las personas. Pero para Kousaka y Sanagi, significaba un gran descubrimiento que sacudió sus formas de ver la vida. La felicidad resonaba.

Ahora, sentían que podían comprender la razón por la que las personas se emparejaban para vivir.

Kousaka no había olvidado la advertencia de Izumi. Obedeció su orden de contener las cosas como estaban, intentando mantener una distancia razonable de ella para evitar crea mucha intimidad. Cada vez que ella daba un paso para acercarse a él, entonces Kousaka retrocedía, y si ella se echaba atrás, entonces la seguiría. Era como un baile.

Pero, incluso si no eran sus intenciones, la distancia entre ellos ciertamente disminuyó. Era natural. Las personas que pasan mucho tiempo juntas, comparten sus preocupaciones, y comparten sus mundos probablemente no podrían evitar avanzar en una relación.

Sin saberlo, Kousaka había alcanzado un punto de no retorno. Ahora, apenas mantenían el estatus de amigos, pero parecía una cuestión de tiempo antes de que un golpe repentino los hiciera perder el equilibrio y caer.

Y pronto ese momento llegó. La noche del 20 de diciembre, una noche nevada.

 

Kousaka se había quedado dormido en su silla. No era que estuviese cansado, o privado del sueño. Tan solo le gustaba dormir con Sanagi alrededor.

Se había convertido en una rutina diaria. Cuando se quedaba dormido mientras Sanagi leía, disfrutaba de sueños agradables. No era una historia innovadora, solo una amalgama de imágenes fragmentadas, y aunque no podía recordar nada en concreto tras despertar, siempre se le quedaba ese atisbo de felicidad. Eran esa clase de sueños.

Al despertar, el rostro de Sanagi estaba frente al suyo.

Kousaka dio un pequeño salto por la sorpresa, pero ella reaccionó incluso más radicalmente. En el momento en que abrió los ojos, Sanagi saltó hacia atrás de inmediato. Parecía una niña pequeña a la que habían gritado al ser descubierta haciendo algo malo en secreto.

Y sus ojos se encontraron. Sanagi estaba sorprendida; pero su atención se centraba en otra cosa, no en el despertar repentino de Kousaka.

—Buenos días.

Él le sonrió. Su sonrisa expresaba confidencialidad.

Pero Sanagi no respondió. Se sentó en el borde de la cama, se quedó observando su puño cerrado sobre el regazo, y mantuvo una confusión interna. Sus ojos, que usualmente estaban algo caídos, ahora se abrían de par en par, e incluso sus levemente apretados labios se encontraban entreabiertos.

Pronto regresó a sus sentidos y alzó la mirada. Tomó un largo suspiro, y habló con voz ronca.

—Lo siento.

Kousaka se encontró confundido por su expresión agonizante, como si acabase de confesar un asesinato. Justo después, entendió lo que Sanagi estaba intentando hacer. Se dio cuenta del ángulo de su rostro al despertar, era exactamente el mismo a la vez en que ella le besó sobre la mascarilla.

—Eso es muy exagerado. No me molesta —dijo—. Y esta vez no te dañé.

—No —Sanagi dijo, sacudiendo su cabeza forzosamente—. Estaba a punto de hacer algo de lo cual no podría retractarme.

Al decir eso, colocó sus rodillas en la cama y se inclinó sobre ellas.

“¿No podrías retractarte?”, Kousaka forzó su cerebro. Solo había una cosa en la que podía pensar. Ella estaba, probablemente, disculpándose por hacerlo casi romper la regla impuesta por Izumi.

Ciertamente, había estado cerca. Pero, aun así, su reacción parecía demasiado melodramática. Incluso si estaba fingiendo, ya había hecho lo mismo una vez anteriormente. Él no podía sino sentir que ya no importaba en realidad.

Sin embargo, las siguientes palabras de Sanagi lo sorprendieron.

—Si seguimos así, creo que un día voy a matarte, señor Kousaka.

Ella desvió la mirada y sonrió de forma solitaria.

Limpiando las lágrimas que caían por sus mejillas, se levantó.

—Así que no volveré a venir.

Sin decir nada más, dejó la habitación sin dudar.

Para cuando Kousaka se recuperó de la confusión y salió tras ella, Sanagi ya estaba muy lejos.

Una fuerte nevada arreciaba el pueblo.

Y así, Kousaka se quedó solo de nuevo.

*

Pasaron algunos días.

Kousaka sabía que llegar a una respuesta no haría que Sanagi regresara, pero no podía dejar de pensar en la razón por la que había desaparecido.

Él no pensaba haber cometido un gran error. De hecho, durante los diez días anteriores, la relación entre ambos había sido muy favorable. Tenía confianza en ello. Ella estaba disfrutando profundamente su tiempo juntos. Al menos aquello era seguro.

Quiso pensar que ella no se había ido porque le odiase. Sin embargo… justo como había declarado, Kousaka no sabía mucho sobre Sanagi. Todo su conocimiento estaba basado en impresiones.

Incluso ahora podía entenderlo de alguna forma. Había algo más devastador que la scopofobia viviendo dentro de ella, algo que prevenía su interacción con los demás. Aunque no tenía pruebas, su instinto se lo dictaba. La Scopofobia parecía solo uno de los síntomas provocados por este mal mayor.

Era extremadamente decepcionante, pero al considerar como seis personas habían fracasado en este trabajo antes de él, solo sintió como algo natural el que Sanagi huyese de esa forma. Quizás desde el principio aquel era un juego que no se podía ganar.

Solo había algo que no encajaba. ¿A qué se refería al decir que algún día lo mataría? ¿Debería interpretarlo como una expresión exagerada para molestarlo o tomarlo de forma literal? …No, debería detenerse. Pensar sobre aquellas cosas no le hacía ningún bien.

La vida de Kousaka regresó a como era antes de conocer a Sanagi. Al principio, sintió que no tenía nada que hacer al pasar solo las tardes, pero pronto se acostumbró. Y no olvidaría fácilmente los rituales que había mantenido durante más de cinco años. Limpió su habitación repetidamente, limpió las manchas de sangre de Sanagi, y tomó repetidas duchas para liberarse del sentimiento de la chica.

*

Las 4 de la tarde del 24 de diciembre. Faltaba menos de una hora para la activación de la creación de Kousaka, SilentNight. No estaba seguro de cuantos dispositivos habían sido infectados, pero estimaba que no podían ser menos de unos miles. Porque el malware que había creado era bastante diferente a aquellos que eran prioritarios.

Kousaka, su autor, no estaba muy seguro, pero SilentNight era un malware de móviles extremadamente revolucionario. Existían malware prioritarios que deshabilitaban las funciones de comunicación del teléfono. Por ejemplo, SilentMutter y Radiocutter, descubiertos en 2009. Pero, en cualquier caso, de los malware de móviles reconocidos en 2011, la mayoría eran troyanos que perseguían trazas técnicas. Mientras que SilentNight era un gusano de móviles que infectaba la red y podía auto replicarse, por lo que su habilidad para esparcirse era incomparable con los malware de móviles previos. Y al menos actualmente, no había antivirus que pudiese detectarlo.

Melissa, un poderoso virus aparecido en 1999, se decía que había causado más de 80 millones de dólares en daños. Además, un virus que surgió el año anterior, Loveletter, costó más de medio billón de dólares. Incluso este malware podía dar un fuerte golpe al mundo se trabajaba de forma adecuada. Si todo iba bien, incluso si no sacudía al mundo, SilentNight atraería la atención de un montón de personas durante dos o tres días.

Pero Kousaka no se sentía con muchas ganas de verlo. Aunque había vivido para crear malware, ahora, tan solo se sentía vacío. Él mismo no sabía, si se debía o no a Sanagi.

Decidió entregarse en silencio. Pero no contaba con el hecho de que hacerlo podría resultar en una repercusión de lo que Izumi ya le había advertido. Simplemente sintió que era lo correcto.

Tras vestirse y prepararse para salir, el intercomunicador sonó repentinamente. Él sabía que no era Sanagi. Se imaginó que era Izumi, pero su intuición estaba equivocada.

Parado frente a la puerta había un repartidor. El hombre le extendió directamente un lapicero y una factura.  Kousaka suspiró, el hombre le entregó una bolsa de papel y se fue rápidamente.

Regresó a la sala para abrir la bolsa. Dentro había una bufanda roja como el vino. Al desenrollarla, algo cayó desde su interior. Era una libreta con un diseño sencillo y un sobre. Los contenidos del sobre se desparramaron sobre el suelo tras su caída: una pila de billetes.

Kousaka tomó la libreta y la guardó en el bolsillo de su abrigo. No se detuvo a contar los billetes. Sabía cuál era la cantidad, y la razón por la que había sido enviada.

Sanagi probablemente había tomado la mitad de su pago como condición para ser amigos porque quería estar en igualdad de condiciones con él. En absoluto quería hacerle sentir que estaba trabajando por dinero. Ahora que su relación había fallado, no había necesidad de seguir manteniendo la igualdad.

Kousaka desconectó el celular de su cargador, guardó la bufanda en su bolsa, y dejó la habitación. Se dirigía a la estación de policía. No sabía el porqué, pero sentía que para entregarse lo mejor era presentarse directamente en lugar de hacer una llamada.

No usaba guantes o una máscara. Aquel era su castigo.

Por el camino, Kousaka tomó la libreta de su abrigo y leyó.

Debo haberte sorprendido por haberme ido tan repentinamente como lo hice. Realmente lo siento mucho. Me gustaría poder explicarte, pero no puedo decir nada. Porque por muchas palabras que intente decir, de seguro solo profundizarán tu confusión. Lo sí que puedo decir con franqueza es que no tienes la culpa, y el problema es completamente mío. Estuvo mal tener un deseo mucho más allá de mis posibilidades.

Tenía una escritura ordenada para su edad. También su forma de escribir se diferenciaba de su tono informal. Pero, extrañamente, nada se sentía mal con ello. Sintió que las palabras escritas en la carta se acercaban más a la verdadera Sanagi que la que había mostrado ser.

Kousaka miró la siguiente hoja de la libreta.

Señor Kousaka, me gustó pasar el tiempo en tu habitación, sin hacer nada, solo compartiendo. Es la primera vez, desde que nací, que pude experimentar sentimientos tan pacíficos. Creo que se debió a que allí había alguien que me gustaba. Gracias por esos maravillosos momentos.

Continuaba con un espacio en blanco, como representando un periodo de silencio, Kousaka miró en la tercera hoja.

No es exactamente un pago, pero te envío una bufanda que tejí. Sí, esta es la afición femenina que estaba escondiendo. Si no te gusta, no me importa si la tiras. A decir verdad, simplemente quería intentar darle un regalo a alguien alguna vez.

La cuarta hoja.

Le pedí directamente a Izumi que te liberara, señor Kousaka. Él siempre ha sido muy indulgente conmigo, así que estoy segura de que hará lo que le pedí… había planeado enviarte únicamente esta parte, pero me pasé y terminé escribiendo un montón de cosas. Lo siento.

Y así fue como terminó su carta.

Esta será la última vez que nos contactemos, señor Kousaka. Está bien que te olvides por completo de mí. Adiós.

Aproximadamente al mismo tiempo que terminó de leer la carta, llegó frente a la estación de policía. Kousaka se quedó allí parado. El reloj marcaba exactamente las 5 de la tarde.

Regresó la libreta a su bolsillo, sacó la bufanda de su bolsa, y la sostuvo frente a sí. Estaba prolijamente tejida y poseía un patrón de Aran, fácilmente confundible con un producto comercial.

Kousaka se puso la bufanda. Lo hizo, aun sabiendo que estaba hecha a mano. Él mismo lo encontró extraño. Él, que odiaba cualquier cosa hecha con las manos, normalmente sentiría desagrado ante tal regalo, incluso si era Sanagi quien lo había hecho para él. Era demasiado inconsistente como para excusarse al ponérsela con la excusa del frío.

Parado fuera de la estación, Kousaka enterró su rostro en la bufanda, mirando fijamente las brillantes lámparas rojas.

No estuvo seguro de cuánto tiempo pasó así.

Repentinamente, se dio cuenta de que estaba enamorado de Hijiri Sanagi.

Era su primer amor, a la edad de los 27.

Y ella era solo una chica de 17 años.

Pero él no podía verlo como algo vergonzoso. Como una persona inherentemente irregular en circunstancias irregulares, había sufrido un enamoramiento irregular. No había nada de raro en ello.

Le dio la espalda a la estación de policía. Ya no sentía la necesidad de entregarse.

 

Sus siguientes acciones eran previsibles. Encendió su teléfono por primera vez en días. Marcó el número de Sanagi, pero la llamada se cortó tras el primer timbre. Era una forma extraña de cortarse. Probó una y otra vez, con el mismo resultado. No tenía la sensación de estar en un sitio fuera de cobertura. ¿Acaso ella estaba rechazando sus llamadas?

Justo entonces, se le ocurrió una posibilidad. Tal vez esto era culpa de SilentNight. Quizás había excedido sus expectativas y se había esparcido de forma masiva, eventualmente infectando incluso el teléfono de Sanagi. Al considerarlo, la pareció plausible.

Kousaka se encontraba perdido. Si estaba en lo correcto, entonces ella había perdido la comunicación apenas unos segundos antes. Incluso si quisiera encontrarse con ella en persona, no conocía su dirección. ¿Tendría que esperar durante dos días a que los efectos del gusano se detuviesen? Sacudió la cabeza; no, no podía hacer eso. Sentía que debía decirle a Sanagi de inmediato, o perdería la oportunidad de verla otra vez. No había tiempo para más demoras. ¿Pero dónde podría buscarla? Rebuscó profundamente en sus recuerdos, pero no tenía ni una sola pista.

Qué ironía, Kousaka rió. El gusano que hizo para causar problemas a las parejas se había vuelto en su contra. Esta era la forma en que se pagaba su mal.

Sintió algo frío en su mejilla, y alzó la mirada. ¿Había empezado a nevar? Extendió su mano y esperó a que la nieve comenzara a caer. Al hacerlo, repentinamente recordó por qué no llevaba guantes. A partir de ese momento, su mente saltó de un lugar a otro. Guantes, entrenamiento, sostenerse de las manos, la mano de Sanagi, fuera de la estación, luces de Navidad, Víspera de Navidad.

“Entonces, ¿qué te parece esto? Para la víspera de navidad, seré capaz de caminar sin que la mirada de las personas me moleste. Señor Kousaka, tú serás capaz de sostener las manos de alguien sin que te afecte. Si conseguimos estas metas, entonces, en la víspera de navidad, nos sostendremos de las manos y caminaremos bajo las luces navideñas de la estación, y tendremos una modesta celebración.”

Kousaka concluyó que, si ella estaba en algún lugar, debía de ser allí.

 

Corrió hacia la estación y saltó dentro del tren justo antes de que este partiese. Había algunos asientos vacíos, pero no se sentó, sino que se mantuvo junto a la pared, recuperando su aliento. Tomó su teléfono, y revisó el estado de la infestación del gusano, buscó por comentarios sobre algún nuevo gusano online durante la última hora. Por lo que podía ver, solo había cinco o seis personas quejándose de que sus teléfonos habían perdido la comunicación. Kousaka casi sintió alivio al ver aquello, pero poco después se dio cuenta de su estupidez. Aquellos afectados por el gusano, a menos que tuvieran otro dispositivo a mano, no serían capaces de siquiera conectarse. Usar el internet para saber cuántas personas se habían quedado sin internet era como hacer que los faltantes de una lista levantaran la mano.

Se rindió en su intento de comprobar el estado de la infestación y devolvió al teléfono a su bolsillo. Probablemente aún faltaba algún tiempo antes de que los daños se hiciesen evidentes.

Tras bajarse del tren y pasar a través de la puerta de los boletos, un hombre de mediana edad le llamó.

—Disculpe mi ruda petición, ¿pero podría prestarme su teléfono? —dijo—. Hay alguien con quien debo contactar lo más rápido posible, pero parece que ayer mi celular se rompió repentinamente. No puedo hacer llamadas o enviar correos, pero puedo revisar mi libreta de contactos. Pensé en usar un teléfono público, pero como puede ver…

Kousaka dirigió una extraña mirada hacia el lugar que aquel hombre estaba señalando.

Fuera de tres cabinas telefónicas que se encontraban a cierta distancia de la puerta de los boletos, se estaban formando unas filas impresionantemente largas. Al frente, una persona miraba la pantalla de su teléfono móvil y presionaba los botones del teléfono público. De seguro todos eran víctimas del gusano.

Kousaka tragó en seco. Tal vez la situación era más seria de lo que había anticipado.

Aunque se encontraba en una carrera a contrarreloj, decidió cederle su teléfono al hombre. Sin saber que en realidad su benefactor era la causa de toda la conmoción, él inclinó profundamente su cabeza en señal de agradecimiento.

Mientras el hombre realizaba la llamada, Kousaka intentó pensar en formas de contactar a Sanagi. Entonces, repentinamente lo entendió. No había necesidad de establecer un contacto. Si Sanagi aún deseaba encontrarse con él, entonces definitivamente aparecería fuera de la estación aquella noche. Era lo que había prometido. Por otro lado, si no lo quería, entonces sería inútil incluso si pudiera llamarla. La máxima preocupación de Kousaka en ese momento recaía en que, sin importar si Sanagi aparecía o no, él podría fallar en encontrarla.

Vio como un empleado de la estación ponía un cartel fuera de la puerta de los boletos, y las personas empezaron a reunirse a su alrededor. El hombre terminó la llamada, devolvió el teléfono a Kousaka, le agradeció, y se fue. Kousaka resistió la urgencia de desinfectar su teléfono y guardarlo en su bolsillo. Caminó fuera del edificio y se dirigió a la plaza. Si Sanagi iba a aparecer, aquel sería el lugar elegido por ella.

Parecía que había muchos jóvenes solitarios alrededor de la plaza. De seguro no todos, pero sin duda al menos un porcentaje de ellos habían perdido sus medios de comunicación debido al gusano, y no lograban encontrarse con quienes querían. Había personas fumando cigarrillos con descontento y mirando a la distancia, personas que, sentadas en los bancos, miraban constantemente en todas direcciones, personas incansables que caminaban de aquí para allá en la plaza. La escena recordaba a una época antes de que los teléfonos se volviesen de uso común.

Kousaka se sentó en un banco al lado del reloj, y se mantuvo observando a las personas que dejaban la estación. Agudizó sus sentidos para no perder la pista de uno solo de aquellos que salían de la estación.

Pero pasaron una o dos horas sin señales de Sanagi. Cada vez que veía una mujer con cabello corto y brillante se llenaba de esperanza, pero siempre resultaba ser la persona incorrecta.

La nieve se acumulaba, y las personas que plagaban la plaza gradualmente fueron desapareciendo. Antes de darse cuenta, ya solo había suficiente gente como para contarla con los dedos de una mano. Aquellos que entraban y salían de la estación se volvieron esporádicos, y ya no fue necesario forzar los sentidos.

Pasaron tres horas.

“Tal vez no tiene sentido seguir esperando”, pensó.

Hacía mucho que la promesa había perdido su efecto.

Kousaka suspiró y alzó la vista hacia el cielo nocturno. Se estaba congelando; se sentía especialmente frío bajo sus rodillas. Pero el congelamiento físico no era un gran problema. Una calidez en su pecho, que se sentía una parte de él, salió, y en cambio un fuerte escalofrío rellenó el espacio. El leve calor que permanecía dentro de sí solo parecía reforzar el frío.

A la tardía edad de 27, Kousaka finalmente entendió como se sentía la soledad. Los parches habían caído de sus ojos. Hasta ahora, apenas había sido consciente de las formas del amor y la soledad, pero decidió que eran cosas irrelevantes para él. Pensaba nunca llegaría al día en el que sentiría lo que en ese momento le aquejaba. Pensó que, tal vez, besar a Sanagi le había hecho reescribir su ideología.

El reloj sonó, informando de que eran las 9 de la noche. Faltaba menos de una hora para que las luces de navidad se apagaran.

En ese punto, nada más que la intransigencia retenía a Kousaka en aquel lugar. De seguro Sanagi ya no aparecería; él empezó a descartar sus esperanzas. Y de alguna forma, estaba en lo correcto.

Una vez que la campana dejó de sonar, Kousaka observó sus alrededores. Casi todos en la plaza se habían desvanecido; solo quedaban él, y una chica. Ella parecía una chica tranquila con ropa discreta. Enterró su rostro en la bufanda para soportar el frío, manteniendo su cabeza gacha. Debido a llevar mucho tiempo en aquella posición, su cabeza y hombros se habían cubierto con la blanca nieve.

Tal vez era otra persona que había fracasado en encontrarse con su amor. Ese sentimiento llenó a Kousaka con arrepentimiento. Ahora podía entender el sentimiento de un desvío doloroso.

Quiso disculparse. Había sido él el causante de todo el problema, estaba celoso de las parejas y creó un gusano que provocó el evento de ese día. Por supuesto, ella probablemente no le creería si dijera eso. Puede que solo pensara que estaba loco. Pero su juicio se había nublado hacía mucho ya debido al frío y la desesperación.

Se levantó del banco y caminó hacia la chica. Sus músculos estaban rígidos, por lo que se movía de forma incómoda, como una marioneta.

—Um, discúlpeme.

La chica alzó la vista cuando le habló.

Y sonrió.

De ese modo, Kousaka se quedó sin palabras.

Estaba tan perplejo, que por un momento se olvidó de respirar. Sintió como toda la energía restante dejaba atrás su cuerpo.

—Esperaba que te dieras cuenta —la chica dijo.

—… eso es injusto —Kousaka dijo finalmente—. Te ves muy diferente. No había forma de que lo supiera.

—Pero no hay punto en cambiar si no se cambia lo suficiente, ¿cierto?

Sanagi lentamente sacudió la nieve sobre cabello y abrigo.

Tal vez ella había estado allí por un largo tiempo. Kousaka simplemente no se había fijado en ella, y todo el tiempo estuvo frente a él. No era como si hubiera algo mal con sus ojos. Nueve de cada diez personas habrían, probablemente, cometido el mismo error.

Cuando Kousaka imaginaba a Hijiri Sanagi, la primera imagen que venía a su mente era la de su pelo plateado. Luego sus audífonos poco refinados, su falda corta, su arete azul. La chica frente a él no cumplía ninguno de esos requisitos. Su cabello era negro, no estaba usando audífonos, su falda era de un largo promedio. El arete aún estaba allí, pero a menos que se acercara mucho, no podría haberlo visto.

—Estaba a punto de rendirme y asumir que no vendrías. Shiish, Sanagi, eres malvada —Kousaka dijo impresionado.

—Estaba justo a tu lado. Es tu culpa por no notarme, señor Kousaka.

—Mira quien habla —Kousaka arrugó su frente—. ¿Me notaste desde el principio?

—Si. Por la bufanda —Sanagi miró al cuello de Kousaka— Lo supe de inmediato. Me alegra verte usándola.

—Cierto. Hoy fue especialmente frío, así que… —Kousaka dijo, algo avergonzado—. Dejando eso de lado, ¿tu color de cabello natural significa que intentas regresar a la escuela?

—Bien, también está eso.

—¿Hay otra razón?

—Err… —Sanagi bajó su mirada hacia abajo en diagonal, y habló mientras jugueteaba con su cabello lleno de nieve—. Supuse que te gustaría esta clase de sentimiento diligente, por eso…

Ella se rió como si fuese una broma, pero él no lo hizo.

El helado núcleo en su cuerpo se calentó como si le hubiesen encendido una llama justo debajo.

Apenas un instante después, estaba abrazándola.

—¿Huh? —Sanagi gritó sorprendida—. ¿… se siente bien? —preguntó con preocupación.

—A decir verdad, no —él dijo, acariciando su cabeza con afecto—. Pero, por alguna razón, me puedo perdonar el hecho de ensuciarme debido a ti.

—… eres malo —Sanagi dijo en mitad de una risa, y envolvió sus brazos alrededor de la espalda de Kousaka.

*

Durante los siete días subsiguientes al año nuevo, Kousaka y Sanagi tuvieron la época más pacífica y gratificante de sus vidas. Todo lo que habían perdido anteriormente en sus vidas, lo que no podían obtener, aquello en lo que ya se habían rendido, recuperaron todo de una sola vez. Era una felicidad que, si bien para la mayoría de las personas resultaba normal, solo algo trivial, para ellos era como montarse en un carrusel de ensueño. El sostenerse de las manos, estar hombro con hombro, mirarse a los ojos, eran eventos de gran envergadura en sus historias personales.

En aquellos siete días, Kousaka jamás se propasó con Sanagi. No por un deber a Izumi, o porque encontrara impuro su cuerpo, o porque no tuviese el coraje de cruzar aquella línea. Él simplemente quería tratarla de forma correcta. Podía soportar esperar hasta que ella tuviese la edad adecuada para pensar en cosas como esas.

Quizás, al darse cuenta de su consideración, Sanagi también se retuvo de efectuar toqueteos excesivos y de mostrar mucha piel, pareciendo precavida de no estimularlo demasiado. Kousaka estaba muy agradecido por su actitud cooperante. Incluso con su diferencia de edad, el autocontrol podía ser rápidamente quebrado si no tenían cuidado.

En realidad, durante los últimos días del año, hubo cierto pánico referente al gusano para móviles que causó el caos desde la víspera de navidad hasta la noche de navidad. El primer gusano de móviles que se expandió por todo el mundo a gran escala, SilentNight hizo un pequeño aditamento a la historia del malware. Pero Kousaka, que ni siquiera miró las noticias durante esos siete días después de navidad, no tenía forma de saberlo.

En ese punto, ya nada más le importaba. Sentía como si nada valiese más la pena que brindar toda su atención a Sanagi.

Más tarde, miraría hacia el pasado y pensaría: “Tal vez yo sabía muy en lo profundo que esta era mi primera y última oportunidad, por lo que pude disfrutar cuidadosamente cada segundo sin arrepentimientos”.

Kousaka estaba tan convencido de que aquellos días de felicidad no durarían mucho, que parecía que estuviese viendo el futuro con sus propios ojos.

Tal vez solo era un sentimiento molestando en su cabeza.

Decidió no preguntar a Sanagi sobre el significado de aquella frase, “creo que un día te mataré”. Sintió que hacerla revelar tal secreto solo acortaría sus ya probablemente pocos días de tranquilidad.

Incluso si posponer la conclusión probaba que Sanagi efectivamente lo mataría, decidió no preocuparse por ello. Pensó que, si ella deseaba matarlo, la dejaría hacerlo. Porque si Sanagi se alejaba de su vida, ya esta no tendría sentido.

Izumi apareció por la tarde del primero de enero. Tras una visita a un templo por el nuevo año, Kousaka y Sanagi no hicieron anda y solo se relajaron la habitación con las cortinas cerradas. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, fue traído de regreso a la realidad por el sonido del intercomunicador.

Gentilmente colocó a Sanagi, que había estado durmiendo sobre su regazo, sobre la cama sin despertarla, luego fue a recibir al visitante. E incluso después de saber que era Izumi quien le esperaba al otro lado de la puerta, difícilmente se preocupó.

—Creo que ya era hora de que viniera —Kousaka dijo, sus ojos entrecerrados molestos por el resplandor.

—¿Hijiri Sanagi está aquí? —Izumi preguntó. Debido a la luz de fondo, Kousaka no podía discernir su expresión.

—Sí, lo está. Está durmiendo, ¿debería despertarla?

—Sí. Por favor, hazlo.

Kousaka regresó dentro de la habitación y sacudió gentilmente los hombros de Sanagi —Izumi te busca—. Dijo, y ella rápidamente despertó y se puso de pie.

Ambos hicieron lo que Izumi les dijo, y se montaron en el asiento trasero de un auto aparcado fuera del apartamento. Era un auto gris que casi no resaltaba y podía fácilmente confundirse en un gran aparcamiento. La calefacción estaba encendida, y los asientos tenían un leve dulzor aromático.

Por un tiempo desde que el viaje comenzó, ninguno de los tres dijo una sola palabra. Entraron en una autopista, y mientras paraban ante un semáforo, Izumi habló.

—Kengo Kousaka. Voy a tener que contarte sobre un hecho de alguna forma impactante.

—Izumi —Sanagi interrumpió—, …no.

Pero él la ignoró y continuó.

—Hay una nueva clase de parásito viviendo en tu cabeza. Aún no posee un nombre oficial, por lo que solo le llamamos gusano. Para evitarte las explicaciones tediosas, es este gusano el culpable de que no seas adecuado para vivir en sociedad.

Él pensó que se trataba de alguna clase de broma.

Una que solo comprendían Izumi y Sanagi.

 

Pero al observar la expresión de la chica, le quedó claro no estaba bromeando.

Sus labios temblaron, y con el rostro pálido, ella inclinó la cabeza.

Como si estuviera muy avergonzada de que Kousaka escuchara aquello.

—Y este gusano también está en la cabeza de Hijiri Sanagi —Izumi continuó—. Los gusanos en sus cabezas se están llamando uno al otro. Puedes pensar que Hijiri Sanagi es tu compañera predestinada, pero ese sentimiento es creado por el gusano. No eres más que una marioneta del amor.

La expresión de Izumi, vista a través del espejo reflector, se veía completamente seria.

Kousaka dirigió la vista hacia Sanagi, buscando palabras de negación.

Pero todo lo que salió de su boca fue:

—… lo siento por engañarte.

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