Parásito enamorado — Capítulo 3


Traductor: Electrozombie

Editor: Fixer-san y Aoisora


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La señorita que amaba los insectos

 

Kousaka tuvo su primera novia durante su décimo noveno otoño. Un conocido no particularmente amigable de su preparatoria la presentó a una chica dos años mayor que él, y por seguir con la corriente, empezaron a salir. Su apariencia, personalidad, aficiones, habilidades, todo era completamente promedio. Ahora ni siquiera podía recordar muy bien su rostro. En su mente solo permanecían los hechos de que tenía el cabello corto y que su rostro se ponía rígido al sonreír.

Antes de empezar su relación, Kousaka decidió hablarle francamente sobre sus hábitos higiénicos. Explicó que eran lo suficientemente serios como para impedirle tener una vida regular, pero ella solo sonrió y lo aceptó.

—Está bien. Yo también soy alguna clase de bicho raro, estoy segura de que las cosas funcionarán.

En realidad, no fue una mentira. Ella también era una amante de la limpieza. Siempre cargaba consigo varios productos anti-bacteriales, lavaba sus manos frecuentemente, y tomaba una o dos —en los días libres hasta tres— duchas diarias.

Pero en comparación con Kousaka, ella no era más que una amante de la limpieza. Solo era una fuerte atención hacia la higiene, y definitivamente diferente a las compulsiones de él.

Su teoría era que hasta la persona más fastidiosa podría superar los obstáculos siempre y cuando tuviera confianza. Kousaka insistió en que sin importar que tanto confiaran en el otro, si él no podía, no podía, pero ella siempre refutó esto diciendo que no había suficiente confianza. Ella veía el hecho de que no la besara y ni siquiera la tomara de la mano, a pesar del tiempo transcurrido, como una prueba de amor insuficiente. Aunque era cierto que había cierta falta de amor, ella nunca intentó comprender el problema fundamental.

Sus personalidades similares provocaron una calamidad. Ella estaba convencida de entender la meticulosidad, y sentía cierto orgullo por su amor por la higiene. Decidió por si misma que las acciones de Kousaka que iban más allá de su comprensión —lavar el dinero tras llegar a casa, deshacerse de los lapiceros que prestaba a los demás, no asistir a la escuela solo por una pequeña llovizna— no se debían al miedo a la suciedad, sino a una causa mental diferente.

No era una mala persona, pero tenía una falta total de imaginación. Fue un milagro que su relación siquiera durara tres meses. Tras romper con ella, Kousaka no buscó a nadie más. Fue su primer y última amante. Bueno, en realidad, puede que nunca hubiera habido un amor.

 

Hijiri Sanagi visitó la habitación a las 2 de la tarde. El intercomunicador sonó, seguido del sonido de la puerta siendo pateada. Él abrió la puerta y encontró a Sanagi parada con las manos dentro de los bolsillos del cárdigan, presionando los labios con irritación.

—Debiste dejarla desbloqueada. ¿Querías que la gente me viera entrar?

—Mi error —Kousaka se disculpó.

—¿Asumo que tienes el dinero?

Él le extendió un sobre, ella lo abrió y revisó el contenido allí mismo. Una vez se aseguró que la cantidad especificada estaba dentro, la puso de regreso dentro y lo guardó en su bolsa.

—Como prometí, seré tu amiga —Sanagi sonrió—. Déjame pasar.

—Sí, adelan… —Kousaka replicó amablemente—. Sobre eso, antes de que entres, hay algo que quiero preguntar…

Él iba a preguntar si podía esperar allí un momento para que pudiera buscar paños mojados y al menos limpiar su piel expuesta, pero fue demasiado tarde. Ella se quitó lo mocasines, hizo caso omiso de las pantuflas preparadas para su llegada, caminó dentro de la sala, y se sentó en la cama como si fuera suya. Kousaka casi chilló.

—Espera, por favor, en la cama no, ¿entendido? —Kousaka rogó, señalando su silla de escritorio—. Si vas a sentarte, usa esto.

—No quiero.

Sus plegarias fueron en vano, Sanagi se dejó caer boca abajo en la cama, puso una almohada bajo su mejilla, y comenzó a leer un libro que sacó de su mochila. Kousaka sostuvo su cabeza. Esto era lo peor. Ahora tendría que lavar las sábanas y la almohada una vez se fuera la chica.

—De casualidad, ¿cuánto tiempo planeas quedarte aquí?

—Aproximadamente dos horas —Sanagi respondió sin quitar la mirada de su libro.

—Err… ¿y qué debería hacer yo mientras tanto?

—No me preguntes. Has un virus de computadora o algo.

Entonces ella se colocó los audífonos y comenzó a escuchar música. No tenía ninguna intención de entablar una conversación con él.

Kousaka se sentó en la silla de trabajo, alejó la vista de la cama, y abrió el libro que había estado leyendo. No estaba de humor para leer, pero no sabía que más hacer. Tras algunas páginas, escuchó el sonido de un mechero a sus espaldas. Se dio la vuelta para descubrir a Sanagi intentando encender un cigarrillo.

—No puedes fumar —le advirtió, levantándose apresurado para susurrarle—. Por favor, solo aguántalo mientras estés en la habitación.

—… cállate.

Sanagi, a regañadientes, cerró el encendedor y colocó el cigarrillo de regreso en su caja. Kousaka respiró aliviado. Aun así, que cosa tan rara el regresar un cigarrillo que acababa de estar en su boca. ¿No lo consideraba asqueroso? Bueno, seguramente alguien con verdadera higiene ni siquiera fumaría en primer lugar.

Tras ser informada de las reglas de no fumar, Sanagi permaneció leyendo obedientemente sobre la cama. Kousaka se preguntó qué clase de libro leía e intentó asomarse, pero las letras eran muy pequeñas, y el manuscrito estaba recubierto por un cuero oscurecido.

Volvió a abrir su propio libro. Pero no podía concentrarse en leer y, mientras observaba el espacio en blanco de la página, comenzó a pensar en cosas nada relacionadas con el contenido del libro.

“Al final, ¿para qué me contrató ese tal Izumi? ¿Qué tipo de papel está esperando que cumpla al lado de Sanagi? Primero dijo que buscara a un niño. Y luego que fuera su amigo. Y parece que ella no ha estado asistiendo mucho a la escuela. Por eso, tal vez mi papel es el de alguien que, como un amigo, puede ayudar a Hijiri Sanagi a regresar a la escuela.

Pero entonces, el uso de Izumi de la palabra “apropiado” hizo preguntarme. No puedo creer que se me pueda considerar apropiado para guiar apropiadamente a un estudiante delincuente. Doy por sentado que sería un gigantesco mal ejemplo.

O tal vez sea más sencillo que eso. Quizás los padres de Hijiri Sanagi influyeron en ella, consintiéndole el saltarse la escuela con su silencio, pero contratan personas para que sean sus amigos y así no se aburra. En ese caso, la viabilidad consistiría en la posibilidad de volverse amigo de alguien que no encaja en la sociedad, como ella. Sorprendentemente, esto se siente más real.

Pero, en cualquier caso, poner a una chica menor de edad bajo el cuidado de un hombre de 27 años ciertamente no es apropiado. ¿Acaso Izumi o sus padres entenderían que está en mi habitación? Tal vez Izumi me escogió porque sabía que mi pulcritud extrema no me permitiría ni siquiera tocar a una mujer. Si es así, su juicio dio en el clavo. No podría poner un dedo sobre Hijiri Sanagi incluso si se me pidiera. Quizás eso también pueda ser considerado aptitud.”

 

Después de una hora, Sanagi se quitó los audífonos, y entonces Kousaka, que esperaba que ella hiciera algo, preguntó.

—Hey, Hijiri-chan, ¿cuál crees que es el papel que Izumi quiere que cumpla?

—Quien sabe. ¿Quizás piensa que puedes ayudar a rehabilitarme? —dijo Sanagi, dándose la vuelta en la cama—. Otra cosa, nunca jamás digas Hijiri-chan. Es asqueroso.

—Se me pidió que te buscara, ¿pero exactamente qué es lo que se supone que debo hacer?

—No hagas nada —ella escupió fríamente—. Lo mejor es seguir engañando a Izumi de esta forma y esperar hasta que se dé por vencido. Ni siquiera pienses que voy a intentar ser tu amiga en serio. De todos modos, es imposible.

—… entendido —Kousaka asintió. Justo como ella dijo, aquello parecía lo más seguro.

—Oh, pero —la chica añadió— creo que intercambiaré contactos contigo. Si no lo hago, Izumi pensará que algo es extraño.

Sanagi le extendió su teléfono móvil. Kousaka lo tomó con el rostro tembloroso.

—Añádete.

Él siguió las instrucciones y registró su número en el teléfono. Lo esperaba levemente, pero tan solo había tres números en su lista de contactos. Y, además, esos números ni siquiera tenían un nombre asignado. Ella no parecía ser muy sociable.

Tras hacerlo, Kousaka lavó tranquilamente sus manos con desinfectante. Quien sabe lo que puede haber en las pertenencias de otras personas. En especial en cosas que se usan a diario.

Una vez que pasaron dos horas, Sanagi cerró su libro, lo colocó en su bolso, y dejó la habitación. Kousaka colocó las sábanas en la lavadora y se puso a limpiarlo todo, después se duchó por alrededor de una hora.

Sanagi había dicho que volvería a las 6 de la tarde del día siguiente. Esto no era una broma. A este paso, sus terrenos sagrados serían completamente mancillados. ¿No había alguna forma de prevenir la contaminación? Lo ideal sería que Sanagi se diera una ducha rápida y se cambiara a ropas limpias justo antes de entrar en la sala, pero sería incuestionable el pedirle algo así. Además, solo provocaría malentendidos indeseados.

 

Al final no se le ocurrieron buenas ideas. El día siguiente, y el siguiente, Sanagi esparció suciedad alrededor de su habitación. Ella podría no tener ninguna intención malvada, pero como resultado, Kousaka se puso neurótico sobre ello y no pudo dormir de noche. Su habitación estaba, lentamente, perdiendo su papel como terreno sagrado. Sanagi siempre se recostaba en el medio de la cama, entonces se quedaba dormida en las esquinas. Él se vio obligado a dormir en el suelo varias veces, pero eventualmente aprendió a acomodarse y se acostumbró.

Tal vez, si solo le dijera que era un friki de la limpieza, ella mostraría un poco de consideración. Sin embargo, desde que rompió con su novia, Kousaka nunca se lo había vuelto a revelar a nadie. No solo eso, se tomaba un gran esfuerzo en no tener reacciones compulsivas cuando la gente lo mirara. Sus esfuerzos fueron lo suficientemente exitosos como para que, en algunos lugares de trabajo, las personas ni siquiera se dieran cuenta de su problema. Solo pensaron en él como alguien que solía llegar tarde a trabajar y era malo socializando.

“Si la gente supiera sobre mi dificultad, entonces quizás podría haberme liberado un poco de mis problemas” — Pensamientos como esos jamás cruzaron su mente. Pero no era como si fuese obstinadamente selectivo. Las personas con desórdenes obsesivos-compulsivos siempre trataban de esconder sus comportamientos a los demás.

Estar consciente de la anormalidad propia es un rayo de luz entre tanta oscuridad. Aquellos que lo tienen no intentan hacer que el resto comprenda. Porque saben que no lo lograrán. Pero el hecho de tener ese nivel de objetividad hacia sí mismos, no significa que puedan detener sus impulsos. Los argumentos racionales no tienen ningún sentido. La farmacoterapia usando SSRI  y la terapia de respuesta ante la exposición preventiva parecen ser los tratamientos más efectivos, pero Kousaka los probó durante la universidad, y solo parecieron empeorar las cosas.

Aun no estaba claro si Sanagi había notado su problema. A veces olía la esencia del antiséptico y se quejaba de que olía como un hospital, pero eso era todo.

 

A pesar de su apariencia: su cabello plateado y aretes, Hijiri Sanagi era un gusano de biblioteca. Pero no tenía ningún interés en novelas o poemas. Al contrario, no leía más que libros técnicos y revistas de ciencia. Una vez se quedó dormida con el libro abierto, por lo que Kousaka fue capaz de echar un vistazo. El libro trataba sobre enfermedades parasitarias.

Luego, al tener otras oportunidades para espiar su lectura, descubrió que el 90% de los libros que Sanagi leía eran sobre parásitos. Parecía que ella profesaba un interés desbordante por ellos.

Kousaka recordó una de las historias de las Leyendas de Tsutsumi Chunagon, estudiadas en la preparatoria, La Dama que Amaba los Insectos. Trataba sobre una chica noble extraña bendecida con belleza, pero nunca usó cosméticos o limpió sus dientes, sino q observaba las orugas. Parecía un apodo apropiado para esta chica que era consentida como una princesa por Izumi, y no leía más que libros sobre parásitos.

Cabello plateado, orejas perforadas, faldas cortas, cigarrillos, y parásitos. Para Kousaka, todos eran símbolos de impureza, y consideraba a Hijiri Sanagi una manifestación de todo eso junto. Entretanto, Sanagi nunca tuvo en primer lugar interés en Kousaka, y no esperaba de él nada más allá de usar su habitación para pasar el tiempo. Aunque se encontraran cerca, una enorme y gruesa pared se erigía entre ellos.

*

Pasó una semana desde que conoció a Sanagi.

Usualmente, el intercomunicador sonaría, y acto seguido Sanagi abriría la puerta, pero hoy era diferente. Aunque el eco del telefonillo resonó, la puerta ni siquiera se movió. Kousaka concluyó que su visitante no era Sanagi.

Abrió la puerta, y encontró a Izumi. Una vez más, usaba un grueso abrigo sobre un traje. Como siempre, su cabello estaba engrasado, y portaba una barba resultado de negarse a afeitarse durante uno o dos días.

En silencio, Kousaka le dejó pasar. Entonces cuidadosamente caminó a su lado para no tocarlo, y se volteó para encararlo.

—Parece que realmente has hecho buenas migas con Hijiri Sanagi —Izumi comentó con los brazos entrecruzados—. No tenía ningún tipo de esperanzas contigo, pero lo has hecho bastante bien, ¿huh?

—Gracias —dijo Kousaka con franqueza. Imaginó que lo más sabio sería no mencionar su trato con ella.

—Solo como una referencia, me gustaría saber cómo lograste acercarte a ella. Imagino que solo el hacerla sentir cómoda haya sido un dolor de cabeza.

—Solo le pedí que fuera mi amiga —Kousaka dijo, bostezando. Debido a los días sin dormir, las bolsas bajo sus ojos se habían agrandado y su cabeza estaba un poco nublada.

—¿Y?

—El fin.

Izumi frunció el ceño. 

—Oye, estás bromeando conmigo, ¿cierto? ¿Sólo con eso lograste que viniera a tu casa?

—¿Qué razones tendría para mentir? —Kousaka fingió ignorancia, e Izumi resopló.

—No sé qué truco hayas usado, pero es muy bueno. Puede que seas un criminal desempleado bueno para nada, pero tienes un don para secuestrar chicas jóvenes —aplaudió de forma burlona ante Kousaka—. Bien entonces, pasemos a tu próxima misión.

Kousaka se quedó estupefacto, sin palabras. ¿Próxima misión? ¿No tenía solo que convertirse en amigo de Sanagi? ¿Acaso al terminar esta, vendría otra, y otra una vez esa terminara?

Izumi le informó.

—Encuentra las preocupaciones de Hijiri Sanagi. Por supuesto, no quiero que la fuerces, deja que ella les permita salir de forma natural.

—¿Preocupaciones? —Kousaka repitió para confirmar—. ¿Ella tiene de eso?

—Seguro que las tiene. Nadie está libre de tensiones. Mucho más para una chica de su edad. En ese punto preocuparse es su trabajo.

—Eso puede ser cierto en un sentido general, pero…

—Habiendo dicho eso, no quiero que descubras que su piel ha estado en malas condiciones últimamente, o que sus lunares son más grandes que los de otras personas, o que los pliegues de sus ojos están en posiciones diferentes (Ese tipo de cosas triviales no tienen sentido). Lo que realmente necesitas descubrir es la razón de su falta de atención.

Kousaka lo pensó por un momento, luego preguntó.

—¿No es simplemente que encuentra molesta la escuela?

Izumi sonrió, pero de cierto modo, expresaba un sentimiento de agresividad.

—Como pensaba. Eres tan sensible a tu propio dolor, pero tienes sentidos nulos para captar el dolor de los demás. Ese es el tipo de persona que eres —dijo, mirando cínicamente a Kousaka—. Solo para ti, voy a enfatizar algunas cosas, Hijiri Sanagi es más normal de lo que crees. Y si una chica normal se viste de forma anormal o hace cosas anormales, eso significa que algo extraño está pasando.

Izumi dio un paso en dirección a Kousaka y habló arrogantemente.

—Y déjame advertirte sobre otra cosa. Si intentas engañarme, o dañas a Hijiri Sanagi, la cosa no terminará solo con contarle a todos sobre el virus. Podrías ser llevado a lidiar con una situación mucho más estresante de lo que has vivido nunca. Graba eso en tu cabeza.

Kousaka asintió dócilmente.

Pero solo unas horas después, accidentalmente dañaría a Hijiri Sanagi.

 

Una vez que Izumi se fue, Sanagi apareció, como si tomase su lugar. Ella ni siquiera le dedicó una mirada a Kousaka — el dueño de la habitación—, se recostó en la cama, que en este punto ya se ha había convertido en su lugar personal, dobló la almohada y la colocó bajo su barbilla, y abrió un libro. Kousaka se sintió un fantasma rondando la casa. Tal vez era el espíritu de un hombre que se había suicidado en esa habitación, pero aún no se daba cuenta. La propiedad ya había cambiado a Hijiri Sanagi, pero ella lo confundía con un visitante. Parecía ser una idea bastante placentera.

Sin embargo, no podía convencerse por siempre de ser un fantasma. Ahora, Kousaka tenía la misión de encontrar la razón por la que Hijiri Sanagi no iba a la escuela. De algún modo debía comenzar un diálogo con ella, habilidosamente llevarlo al tema escolar, y dejarla revelar su motivo de forma natural.

Mientras pensaba en la forma de hablar del tema, su mirada se centró inconscientemente sobre ella, quien se quitó los audífonos, alzó la vista, y beligerantemente dijo: 

—¿Qué? ¿Hay algo que quieras decir?

—No, nada —él rápidamente desvió la vista, y dio una excusa preparada de antemano—. Um, noté que estabas usando ese arete de nuevo hoy.

—¿Arete?

—Antes, cuando lo vi, pensé que era lindo. Es solo eso.

Sanagi parpadeó con sospecha. Entonces, como si se hubiera olvidado de la existencia del arete hasta ese momento, gentilmente tocó su oreja y lo sintió.

—¿Quieres verlo de cerca?

—… No, así está bien.

—Ya veo —ella se colocó los audífonos de vuelta y regresó a leer.

Su proposición había sido una sorpresa. Basado en su actitud usual, la respuesta natural de ella habría sido ignorarlo o ridiculizarlo.

Kousaka imaginó que tal vez ese arete con forma de flor azul era de cierto modo especial para Sanagi. Si alguien lo elogiase, sin importar quien, la haría sentir feliz.

En realidad, a Kousaka no le gustaban los aretes. Abrir agujeros en el cuerpo le parecía algo indiscutiblemente incorrecto, y adherirle un objeto artificial era un obvio llamado a las bacterias. ¿Lo desinfectaba ella todos los días?

No eran solo los aretes; pensaba similar sobre los relojes de pulsera, teléfonos móviles, bolsas, gafas, y audífonos. Incluso si alguien se bañaba diariamente, ¿no sería inútil si sus prendas estaban sucias?

Kousaka alejó su silla de Sanagi, se echó atrás, y comenzó a pensar en la forma de preguntar sobre sus preocupaciones. Si indagaba muy directamente, ella podría notar que Izumi lo estaba obligando a hacerlo. ¿Cómo podría sacar a relucir una conversación como esa de forma natural? Él, que ni siquiera lograba mantener una charla regular con ella.

Entonces volvió a pensar en ello. No había razón para hacer todo lo que Izumi decía. Pasar de una a dos mentiras no hacía una gran diferencia. Debería ser honesto y contarle a Sanagi sobre la instrucción de Izumi, discutirlo con ella, y pagarle para obtener su cooperación. ¿No era simple acaso?

Se levantó y habló cerca del odio de ella.

—Sanagi, quiero hablar sobre algo.

—¿Qué pasa ahora? —deslizó sus audífonos hacia abajo y lo observó.

—Hoy Izumi me dio una nueva instrucción. Me dijo que preguntara, de forma casual, tu razón para haber dejado de asistir a la escuela.

—¿… y?

—¿No me ayudarás? No tienes que decirme la verdad. Solo tienes que inventar u motivo que le convenza.

Tras un significante retraso, llegó su respuesta. Era un silencio irritante, como cuando se le intentaba hablar a un asistente virtual en un lugar con mala recepción.

—Él te dijo que me preguntaras de manera casual, ¿cierto? —ella desvió su mejilla lejos de Kousaka—. ¿Entonces por qué no pruebas a hacer eso?

—No creo ser capaz de hacerlo, es por ello que simplemente pregunto. Te daré el pago debido.

—No quiero responder —Sanagi declaró con simpleza.

—Puedes mentir.

—No quiero mentir.

En otras palabras, se negaba a cooperar. Kousaka consideró qué otras cosas podría ofrecer, pero pronto se rindió y cayó sobre su silla. No había prisa. Tal vez hoy ella se había levantado del lado incorrecto de la cama. Seguir insistiendo solo la molestaría. Pensó en preguntarle otro día.

 

Debió ser la falta de sueño; en algún punto, quedó dormido sobre la silla.

Sintió algo rozando su hombro. Al principio, pensó que tan solo era un picor. Pero el sentimiento se volvió gradualmente más real. Algo estaba tocando su hombro. Pronto entendió que era un dedo.

“¿Un dedo?”

Sus pelos se crisparon.

Actuó en acto reflejo. Golpeó lejos la mano que le tocaba. Al hacerlo, sintió la uña extremadamente larga de su dedo índice rayaba la piel de esa persona. Escuchó un pequeño gemido, lo que lo hizo despertar por completo.

El rostro de Sanagi se retorcía en dolor, y ella mantenía una mano sobre su mejilla derecha, arañada por Kousaka. Cuando removió su mano, él pudo ver una herida de alrededor de un centímetro de largo del cual manaba sangre oscura. Ella lentamente miró la sangre en su palma, luego dirigió su vista a Kousaka.

“Lo hice de nuevo”, Kousaka pensó.

—… solo iba a decir que ya me iba —ella dijo sin mostrarse afectada—. ¿Tanto odias que te toque?

Kousaka se disculpó apresurado, pero Sanagi no le escuchó. Con una mirada humillante, tomó su bolsa y dejó la habitación, dando un portazo.

Él se quedó de pie por un rato. El sonido de la puerta al cerrarse con fuerza se mantenía resonando dentro de sus oídos. Entonces recordó, tomó las sábanas de la cama y la funda de la almohada, fue al baño, y se quitó las ropas. Lo metió todo en la lavadora, la encendió, y tomó una ducha.

Ella probablemente no regresaría nunca más.

Así pensó.

En este punto ya no podía hablar sobre su complejo obsesivo con la limpieza. Era una reacción que habría tenido ante cualquiera, no porque le desagradara en especial ser tocado por Sanagi. De haberle confesado eso, ella lo tomaría apenas como una excusa pobre… pero al menos podría ser mejor que no explicar nada en absoluto. Incluso era posible que luego pudiese entender las acciones y el comportamiento de Kousaka.

Sin embargo, ya había perdido esa oportunidad. Pensó profundamente que todo había acabado.

“Izumi no me perdonará por herirla tanto física como emocionalmente”

Tras ducharse y regresar a la sala, se detuvo por un momento. Antes había estado demasiado distraído para notarlo, pero había algunas manchas de sangre sobre el suelo. Debieron resbalarse de la herida en el rostro de Sanagi. Se acuclilló y observó cuidadosamente.

Ya que consideraba al resto de personas como símbolos de impureza, la sangre era algo bastante detestable. Normalmente, la habrá limpiado sin pensárselo ni un segundo. Sin embargo, por alguna razón, sintió que esas manchas de sangre debían de permanecer allí. No era un “castigo”. Él mismo no lo entendía, pero tal vez el término adecuado para considerarlo era “conmemoración”.

Se sentó en su silla, mirando fijamente las manchas. Entonces pensó.

“No debería estar haciendo esto; debería pensar en algo más pertido.”

“… si, como SilentNight, por ejemplo. El gusano ya se ha esparcido a toda rendija de las redes móviles. Sin importar lo que me ocurra ahora, nadie podrá detenerlo. Incluso si Izumi va corriendo a una firma de seguridad justo ahora, probablemente sea muy tarde. El 24 de diciembre, el gusano definitivamente se activará e inutilizará una gran cantidad de móviles. Las calles se llenarán con personas que no pueden comunicarse con sus amigos.”

Se sintió cómodo imaginándolo.

Por supuesto, no sería una simple broma. Aunque SilentNight estaba diseñado con una excepción, que, al marcar cierto número de emergencias, las comunicaciones se restaurarían, habría personas cuyas vidas serían arruinadas por su efecto. Incluso los accidentes fatales no serían sorprendentes. Si su acto criminal fuese descubierto, tendría que cargar con un gran pecado.

“¿Pero me importa?”, pensó con frialdad. Difícilmente hay algo que pueda perder.

Ni siquiera pudo pensar en algo que realmente le importara.

Por algunos días después de eso, Kousaka llevó una vida incluso más decadente que antes. Ni siquiera volvió a tocar su computadora, se mantuvo durmiendo en la esquina de su cama y esperando pacientemente por el juicio. Lo único que hacía era limpiar y efectuar una serie de rituales higiénicos. Comer se volvió una obligación, no ponía nada en su boca más allá de agua y comida nutricional funcional. Tras cuatro días, se quedó sin comida, y vivió solo de agua. y dejó la sangre perteneciente a Sanagi en su posición obvia a la vista.

 

No era la primera vez que se problema había herido a alguien. Había cometido errores similares a este varias veces ya. Existían demasiados pequeños incidentes como para contarlos. Naturalmente le desagradaban la mayoría de las personas, pero lo más doloroso era cuando sus reacciones dañaban al humano ocasional que extendía su mano cordialmente.

Sus expresiones al herirlos estaban grabadas en la mente de Kousaka, sin excepciones. Si hubiera sido solo un malentendido que los hiciese enojar o provocara su odio hacia él, podría cubrir sus orejas y agachar la cabeza. Pero no podía soportar la culpa de negar un simple gesto de bondad, ni siquiera del doctor que conocía desde hacía mucho tiempo.

Normalmente Sanagi dejaba la habitación sin decir nada, por lo que pudiera ser que al tratar de despertar a Kousaka para despedirse estuviese abriéndole su corazón tras haber elogiado su arete. Si ese era el caso, realmente había destruido su buena voluntad.

Se preguntó por cuánto tiempo más repetiría los mismos errores.

“Alguien podría terminar asesinándome mientras duermo”, intentó decir en voz alta. Esa idea, que resonó en el interior de su cabeza, se sentía perfectamente correcta. Sin dudas era lo que realmente deseaba.

En ese caso, ¿por qué razón había vivido los últimos 27 años?

“Tal vez fueron 27 años buscando una forma de morir. No puedo encontrar como vivir, así que al menos dejaré claro la forma en que moriré. Si esa teoría es correcta, entonces en cuanto encuentre una vía asequible, tomaré la decisión en cualquier momento.”

Kousaka tuvo una visión clara como el cristal. Despertaba en una enfermería escolar. El cuarto estaba oscuro y completamente silencioso. Afuera había un cielo nublado, y al mirar más de cerca, él podía ver que nevaba. Parecía que no había nadie más que él allí, pero podía sentir la perturbación del aire producto de la huida de alguien en ese momento. Al escuchar atentamente, escuchó puertas abriéndose y cerrándose y pisadas. Todo sonaba lejano… ¿por cuánto tiempo había estado durmiendo? Se puso ansioso, y miró el reloj.  ¿Quizás se le había ido el día durmiendo? Pero se había preocupado por nada, eran apenas las 4 de la tarde. Aún estaba bien para dormir. Aliviado, se recostó, se envolvió en la sábana, y lentamente cerró los ojos. Para no volver a abrirlos.

Pensó que sería bueno morir así.

*

La llamada llegó el 10 de diciembre, cuatro días después de que Sanagi dejara de ir al apartamento. Al escuchar el sonido, Kousaka casi inconscientemente agarró el teléfono, y al ver las palabras “Hijiri Sanagi” en la pantalla, de inmediato presionó el botón de respuesta.

—Hola —dijo a través del micrófono.

Hubo una larga pausa. Y cuando ya se preguntaba si el teléfono de Sanagi tendría algún problema, ella finalmente habló.

—Estoy bajo el Puente Sagae.

Kousaka revisó en sus memorias. Recordó que así se llamaba uno de los puentes que separaba el área residencial, en la que se encontraba su apartamento, y la parte central de la ciudad.

—¿Y? —preguntó.

—Ven a verme.

Tal vez solo era su teléfono, pero su voz parecía débil, sin la usual lengua afilada.

—… lo siento, pero no puedo soportar estar afuera.

—Lo sé. Pero quiero que vengas.

Por favor —Sanagi añadió. Kousaka se preguntó si era realmente Hijiri Sanagi con quien hablaba. No podía creer que esa chica pudiese llegar a ser modesta.

—De acuerdo —afirmó casualmente. No podía entender la situación, pero podía saber que era importante—. Iré ahora mismo. Creo que estaré allí en 30 minutos.

—… gracias —dijo Sanagi con voz silenciosa.

Después de colgar, Kousaka se colocó una máscara facial y guantes de látex, revisó sus objetos antibacteriales en su bolsa, y dejó el apartamento completamente preparado.

Debido a que mantenía las cortinas cerradas todo el tiempo, a sus ojos le era difícil ajustarse bien a la claridad, a pesar de que la luz del sol no era particularmente fuerte. Los rayos reflejados por la nieve apilada sobre el suelo, continuaban molestando en sus ojos. Tal vez pudo solamente haber perdido eso durante los últimos días de mal vivir, pero su cuerpo se sentía pesado. Sus músculos también se habían debilitado.

A pesar de que el viaje habría tardado apenas diez minutos en autobús, él se tomó mucho más tiempo en caminar esa distancia. Finalmente, logró pisar el Puente Sagae. Bajó por las escaleras del borde y caminó a lo largo del terraplén. Junto al muelle del puente, vio a alguien agachado y ocultando su rostro.

—Sanagi.

Kousaka le habló desde atrás, y ella lentamente alzó la mirada. La sombra del puente volvía oscuro el ambiente, pero levemente pudo ver lo demacrada que lucía la cara de la chica. A pesar de que se encontraban en mitad del invierno, su cuello estaba todo sudado.

—¿Te sientes enferma?

Sanagi negó con la cabeza. Parecía intentar decir que era difícil de explicar.

—¿Te puedes levantar?

Ella se mantuvo en silencio. Más que no querer responder, parecía que no estaba muy segura de la respuesta.

—No hay apuro —Kousaka dijo preocupado por ella—. Esperaré hasta que te sientas mejor.

Con nerviosismo, se sentó a 50 centímetros de Sanagi. En realidad, él quería dejar ese lugar húmedo y silencioso tan pronto como fuera posible, pero pensó que sería muy cruel apurarla en ese momento.

Pasó una buena hora, y Sanagi finalmente se puso de pie. Kousaka se levantó después, y ella modestamente agarró la manga de su abrigo. Él fue capaz de sentir el nivel de contacto indirecto.

Ambos comenzaron a caminar. Repentinamente, Kousaka se dio cuenta de que los audífonos que Sanagi siempre traía ahora no estaban en ninguna parte. Tal vez por eso se veía tan indefensa.

 

Por un rato, tras llegar al apartamento, Sanagi sostuvo sus rodillas sobre la cama. Kousaka intentó preguntar si quería algo caliente para beber, pero ella no respondió. Pronto el sol comenzó a ponerse, así que él se dirigió a encender las luces, pero Sanagi le pidió no hacerlo.

Había pasado cerca de una hora después de eso. El sol se había ocultado por completo, y la habitación estaba sumida en total oscuridad excepto por las luces provenientes de la computadora y el enrutador.

Sanagi se levantó sin previo aviso y encendió las luces. La pálida iluminación artificial llenó cada esquina de la habitación, y todas las formas se volvieron claras. Luego regresó a la cama y se acostó con la almohada bajo su barbilla, como era usual. Pero no abrió un libro.

—¿Qué ocurrió? —Kousaka preguntó.

Sanagi intentó darse la vuelta, pero se rindió a medio camino y volvió a hundirse en la almohada.

—Hay una razón por la que no puedes regresar sola a casa, ¿verdad?

Tras una larga pausa, ella lo reconoció. 

—Sí… um —habló—, estoy asustada de hacer contacto visual con la gente.

—¿A qué te refieres?

Entonces Sanagi explicó de forma dubitativa.

—Estoy totalmente consciente de que es por completo un problema interno. Pero no tengo remedio. Cada persona que conozco, siento que se me quedara mirando fijamente. Pero, quiero decir, no es que su mirada sea el problema en sí mismo… verás, cuando alguien piensa que le están observando, también mira en esa dirección, ¿cierto? Y entonces, al hacerlo, si esa persona en realidad mira hacia otro lugar, dirigirá los ojos hacia uno al sentir su mirada. Cuando hago contacto visual de esa forma… se siente muy mal, no puedo describirlo con palabras. Se siente como si alguien caminara por tu casa con los zapatos sucios, indagando en tus armarios y cajones (Ese tipo de sentimiento desagradable es lo que siento)

Kousaka estaba sorprendido. Ahora que lo mencionaba, desde el momento en que se habían conocido hasta ahora, difícilmente había hecho contacto visual con Sanagi. Sus ojos se habían cruzado por un instante durante numerosas ocasiones, pero tal vez eso en realidad no podía ser considerado contacto visual.

Sanagi continuó. 

—Pero eso no significa que nunca salga, o que camine con los ojos cerrados, ¿verdad? Intenté ver si había algo que pudiese hacer, y encontré que confiar en ciertos objetos disminuye mis síntomas. Traté con un montón de cosas, pero… por alguna razón, lo más efectivo no eran máscaras o lentes o un sombrero, sino audífonos.

—Ah… —Kousaka asintió, entendiendo lo que ella quería decir—. ¿Entonces esa es la razón por la que siempre usas esos enormes auriculares?

—Si. No tiene mucho sentido que cubra mis orejas si de lo que tengo miedo es del contacto visual, huh —Sanagi se rio de sí misma.

—Nah —Kousaka sacudió su cabeza—. Creo que lo entiendo.

Él no mentía. Conocía muy bien por experiencia propia lo ilógicas que podían ser las compulsiones, y no era su primera vez escuchando sobre la scopofobia. Durante el proceso de aprender sobre la misofobia, adquirió conocimientos sobre otros desórdenes compulsivos, ya fuera que lo quisiera o no. había leído en alguna parte sobre personas que no podían atravesar una multitud sin audífonos. Y sobre personas que se asustaban cuando les miraban, por lo que, intencionalmente, se vestían de forma extraña y pintaban su cabello de colores conspicuos.

Kousaka podía entender sus sentimientos hasta un punto. La razón por la que los audífonos probaban ser más efectivos que gafas de sol o máscaras faciales para suprimir la scopofobia de Sanagi era probablemente porque ocupaban su sentido del oído, diluyendo así la sensación de presencia. Y ella pudo haber teñido su cabello a propósito y vestirse para llamar la atención —para así proteger su frágil corazón, o quizás para pasar desapercibida entre aquellos que la rodeaban. Como un insecto que imita una coloración peligrosa de una avispa para evadir a los depredadores, mientras ella actuara como una delincuente, al menos en apariencia, siempre que hubiera más ojos sobre su persona, podría reducir las instancias de contacto visual real.

—Ya veo… scopofobia… —Kousaka afirmó nuevamente—. No lo noté hasta que me lo dijiste. Lo has hecho bien.

—… tal vez frente a ti. Pero no funciona con los demás —Sanagi robó le robó una mirada, luego volvió a su posición—. No tratas de mirar a los demás cuando les hablas, ¿verdad?

Ella estaba completamente en lo correcto. Aunque no era tan grave como la scopofobia, Kousaka también tenía problemas para mirar directamente a las personas —aunque la razón no era que estuviese asustado de las miradas atemorizantes de los demás, sino para evitar observar directamente su suciedad.

En este punto, él finalmente entendió a qué se refería Izumi con viabilidad. Es decir, esta chica solo podría relacionarse correctamente con cobardes que no pudiesen verla a los ojos.

 

Sanagi empezó a contar lentamente el curso de eventos que la habían llevado a llamar a Kousaka.

Esa tarde, ella había ido a la biblioteca, como le era usual. Mientras devolvía un libro empezó a registrar otro que pedir prestado, y de repente, notó que los síntomas de su scopofobia eran menos severos que de costumbre. Tal vez el visitar diariamente a Kousaka empezaba a surtir efecto.

Se detuvo y pensó. Ya que se estaba rehabilitando, ¿por qué no leer en la biblioteca? Como era un día libre, el local estaba lleno, pero quizás sería más efectivo entrenar con un estímulo.

Sanagi se sentó en un asiento vacío y abrió su libro. Al principio, fue incapaz de concentrarse debido a las miradas imaginarias en su cabeza, pero gradualmente centró su visión y fue capaz de mirar solo las palabras.

Tras leer hasta la mitad, decidió tomar un descanso. Se levantó para estirar su cuerpo rígido, y vagó un poco entre las estanterías. Le gustaba caminar alrededor de la biblioteca sin ningún motivo o dirección. Disfrutaba tomar libro que realmente no le interesaban y revisar su nivel de requisamiento, forma, peso, color, y sensación.

No habían pasado ni siquiera tres minutos desde que había dejado su asiento. Pero cuando regresó, notó que algo importante faltaba. No podía encontrar los audífonos que dejó colgando de la silla. 

De inmediato buscó por los alrededores. El libro que había estado leyendo aún se encontraba sobre el asiento, al igual que sus pertenencias, por lo que parecía improbable que se hubieran llevado los audífonos en calidad de objeto perdido. Habían sido robados.

Maldijo su falta de cuidado al haber dejado los audífonos en el asiento. Sin ellos, no podría caminar entre las multitudes o tomar el tren; ¿cómo pudo haberlos abandonado?

Colocó el libro dentro de su bolsa y dejó la biblioteca con paso irregular. ¿Debería caminar a casa durante una hora, o arriesgarse a tomar el tren? Ambos se sentían igual de difíciles. Se dijo a sí misma que lo tomaría de forma optimista. Pensaba que esa era su oportunidad. Una vez que superara el reto, estaba segura de que su problema mejoraría mucho.

Pero apenas cinco minutos después de dejar la biblioteca, su fortaleza se rompió en pedazos. No podía recordar cómo había podido caminar en el exterior antes. Que expresión tenía, donde posaba su mirada, que tan rápido caminaba, como balanceaba sus brazos. Mientras más pensaba en ello, más incómoda se sentía, y su scopofobia se intensificaba. Para salir del camino, se alejó de la carretera y bajó las escaleras, se escondió bajo el Puente Sagae, y de forma egoísta, llamó a Kousaka.

 

Ese fue el final de la historia.

—… pensé que me estaba poniendo mejor —Sanagi murmuró al final.

Por un tiempo, Kousaka solo escuchó su sollozo.

Él sabía bien como se sentía perder la confianza y volverse tímido tras un fracaso. Y también tenía claro que el consuelo con palabras no solía tener mucho efecto. Por lo que se mantuvo en silencio. La dejaría llorar.

Pero, al contrario de sus expectativas, pronto Sanagi dejó de sollozar. Se limpió las lágrimas, tomó una respiración profunda, se dio la vuelta, y se sentó en el borde de la cama. Y por un momento, le dedicó una mirada significativa a Kousaka.

Tal vez Sanagi esperaba algo de él. O quizás quería que hiciera algo por ella, y por esa razón se proyectaba en su mirada. De cualquier modo, la conclusión era la misma. Kousaka debía hacer algo por Sanagi. A diferencia de él, ella aún se encontraba en una edad en la que tenía un montón de cosas por resolver, además, con un corazón frágil. Este era el momento en que más apoyo necesitaba.

Kousaka se sentó a su lado. Y con timidez le ofreció su mano. Su mano desnuda, ya que se había quitado los guantes al regresar a la habitación. Y tocó la cabeza de Sanagi.

De inmediato, numerosas palabras desagradables como “poros”, “piel grasosa”, “queratina”, “estafilococo epidérmico” y “Demódex folicular” atravesaron sus pensamientos. Pero, de una sacudida, Kousaka las apartó. Si quería gritar, podía hacerlo tanto como deseara una vez que ella se fuera. Pero este no era el momento.

Sanagi levantó su rostro sorprendida. Pero no mostró desagrado.

Kousaka movió incómodamente su mano y la colocó sobre la cabeza de ella.

Pretendía acariciarla.

—… no tienes que forzarte a hacerlo —Sanagi dijo con un suspiro.

—No lo hago —él dijo con una sonrisa. Pero ella podía sentir como su cuerpo temblaba.

Kousaka acarició con obstinación la cabeza de Sanagi. Tal vez se imaginó que como nunca más haría algo como esto, lo mejor era saciarse ahora.

—Es suficiente —Sanagi se quejó, pero Kousaka no la escucharía, continuó diciendo:

—No, aún no.

—De acuerdo, de acuerdo. Me siento mejor. Puedes dejar de consolarme.

Al escuchar aquello, él finalmente retiró su mano.

—¿Eso te distrajo?

—¿Eres estúpido? —Sanagi dijo con una mirada perpleja, pero aparentemente no lo negó. Su voz había recuperado algo de alegría.

—Realmente siento haber herido tu mejilla —Kousaka se disculpó—. ¿Aún te duele?

—Nah. No es nada —Sanagi pasó un dedo por la herida—. ¿… irás a lavarte las manos?

—No, así está bien.

—Huh.

Kousaka se quedó mirando fijamente su mano derecha, la que había usado para tocar a Sanagi. Aún temblaba un poco, pero se las arregló para resistir la urgencia de tomar una ducha en ese mismo instante.

—Te contaré algo gracioso —Kousaka dijo.

—¿Algo gracioso?

—A decir verdad, soy un friki de la limpieza.

—… Si. Lo sé.

—Por supuesto —él sonrió con ironía—. Siento que las demás personas son horriblemente asquerosas. El solo ser tocados por ellos, o tocar algo que hayan tocado antes, o simplemente respirar el mismo aire, me hace sentir enfermo. Sé mejor que nadie que no es más que una vorágine de sentimientos. Pero no hay nada que pueda hacer. Intenté varios tratamientos, pero solo lo hicieron empeorar.

Kousaka observó la expresión de Sanagi.

—Continúa —ella dijo.

—Incluso cuando conseguí una novia, no podía besarla o siquiera sostener sus manos. Un día, intentó cocinarme. Era buena en ese tipo de cosas familiares. Y su comida estaba bien hecha. Pero a pesar de todo el esfuerzo que puso en ella para mí (o precisamente esa fue exactamente la razón), me sentía increíblemente dudoso sobre si comerla. Aunque traté con todas de mis fuerzas de imaginarla como comida, no podía soportar el pensamiento de que ella había tocado los ingredientes. Honestamente, no quería darle ni un solo bocado. Y, aun así, sabía lo rudo que sería por mi parte rechazar una comida hecha por ella, por lo que vacié mi cabeza y me obligué a masticar. ¿Qué piensas que ocurrió?

Sanagi sacudió la cabeza en silencio. Como diciendo que ni siquiera se le ocurría lo que podía haber pasado.

—Tras comer aproximadamente la mitad, vomité justo frente a ella. No puedo olvidar la mirada en su rostro. Rompimos en menos de diez días después de eso. A veces aun sueño con ello. Las comidas se volvieron más elaboradas con el tiempo. Y desde que rompí con ella, no he vuelto a estar con nadie.

Sanagi sacudió la cabeza lentamente. 

—…eso no fue muy pertido.

—¿En serio? ¿No es al menos un poco gracioso que ni siquiera haya besado a nadie a la edad de 27?

Después de la arruinada historia pertida de Kousaka, Sanagi se levantó de la cama y se estiró. Entonces, tras pensar en algo, buscó un dispensador sobre un estante y cubrió sus manos con desinfectante. Entonces, con cuidado, se colocó guantes de látex desechables e incluso se puso una máscara facial. Se giró en dirección una vez estuvo lista.

Ella no le dio tiempo a preguntar qué era lo que hacía.

Sanagi agarró los hombros de Kousaka con ambas manos y, a través de la mascarilla, colocó sus labios sobre los suyos.

A pesar de que la tela los separaba, él pudo sentir levemente su suavidad.

Para el momento en que Kousaka entendió la intención de sus acciones, ella ya se había alejado.

—Tendrás que conformarte con eso —Sanagi dijo, quitándose la mascarilla.

Kousaka no tenía palabras, detenido como un juguete al que se le habían agotado las baterías. Podía incluso haber olvidado como respirar.

—¿Qué estás tratando de hacer? —finalmente preguntó.

—Sentí pena por ti, así que te di un beso. Agradéceme.

—… eso es muy noble por tu parte.

Continuando con el agradecimiento confundido de Kousaka, Sanagi agregó:

—Además, tampoco había dado nunca uno, así que supongo que es justo.

Él no sabía exactamente a qué se refería ella con justo, pero por su expresión no parecía ser malo.

—… bueno entonces. Es hora de que me despida.

Sanagi se levantó y tomó su bolsa.

—¿Puedes llegar sola a casa? —Kousaka preguntó preocupado.

—Si. No está muy lejos, y ahora hay menos gente afuera.

—Ya veo…

Por su tono, Kousaka juzgó que probablemente ella estaría bien.

Entonces tuvo un pensamiento repentino, abrió el cajón inferior de su escritorio, sacó unos audífonos, y los colocó alrededor del cuello de Sanagi.

—¿Estás seguro? ¿Te das cuenta que se ensuciarán? —ella preguntó con una mirada ligeramente nerviosa.

—No los usaré de nuevo, por lo que estará bien.

Sanagi puso sus manos sobre los audífonos y habló con alegría.

—… ya veo. Eres un salvavidas. Gracias.

—Bien. Buenas noches, Sanagi.

—Buenas noches, señor Kousaka.

Ella sonrió, mirando a Kousaka justo a los ojos.

Una vez Sanagi se fue, él se quedó sentado en su silla con los ojos cerrados, solo pensando en los eventos sin remedio que acababan de ocurrir. Repetidamente pensó en cosas sin sentido como que esa era la primera vez lo llamaban señor Kousaka.

Luego de transcurridos treinta minutos, repentinamente se sintió golpeado por el hecho de que aún no había tomado una ducha. Había pasado mucho desde la última vez que pasó tanto tiempo sin explotar ante sus tendencias higiénicas.

Sintió que algo dentro de él comenzaba a cambiar.


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Un comentario

  1. Si no explotó quiere decir que está cómodo con ella… al menos subconscientemente … o es culpa del parásito? cuando sale el parásito? intriga….

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