Parásito enamorado — Capítulo 2


Traductor: Electrozombie

Editores: Fixer-san y Aoisora


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Gusano de computadora

Es difícil explicar lo raro que resulta escuchar el intercomunicador resonando en mitad de la noche cuando nunca antes ha pasado.

Te estas relajando, indefenso, en una habitación completamente silenciosa. De repente, el silencio queda roto por un sonido inorgánico que notifica la presencia de un visitante. Por un momento, tus pensamientos se congelan. Revisas el reloj y, ciertamente, no es momento para una visita. Tu cabeza se llena de dudas y preguntas. ¿Quién? ¿Por qué ahora? ¿Con qué propósito? ¿Habré cerrado la puerta? ¿Y el pestillo de cadena?

Sostienes el aliento, esperando a que la persona más allá de la puerta entre. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Podrían ser segundos, podrían ser minutos. Tímidamente te acercas a la puerta y miras a través de la mirilla, y un misterioso extraño aparece y desaparece sin dejar huellas. Todo termina sin respuestas, y el eco de ese maldito ruido electrónico continua durante toda la noche…

Era una visita sin ningún aviso.

En el momento en que el intercomunicador sonó, Kousaka limpiaba el teclado de su computadora. El teclado no tenía las teclas marcadas, y no por haber sido borradas debido a las repetidas limpiezas, sino que estaba diseñado de esa forma. Había sacado y lavado todas las teclas apenas la semana pasada, pero después de cada uso debía darles un fuerte mantenimiento.

Un reloj de mesa mostraba que ya pasaban de las 11 de la noche. Antes de que siquiera pudiese pensar quien llamaba a una hora como esa, el teléfono de Kousaka, que se había estado cargando sobre el escritorio, empezó a vibrar. Él intuitivamente imaginó una correspondencia entre el intercomunicador y el correo electrónico que acababa de recibir.

Tomó el teléfono y revisó el nuevo correo.

Abre la puerta. No tengo intenciones de dañarte.

Quiero hablar sobre virus.

Levantó la vista y miró en dirección de la puerta delantera. Su apartamento no estaba equipado con sistemas ortodoxos, y era sencillo que los intrusos se colaran dentro del edificio. La persona que le había enviado el correo probablemente lo esperaba tras la puerta; casi a la misma vez que se dio cuenta de esto, se escuchó un toque a la puerta. No era un golpe rudo, sino un toque amable solo para dar a conocer su presencia.

Kousaka se quedó mirando al teléfono en su mano, preguntándose si debería de llamar a la policía. Pero el mensaje frente a él le hizo pensar.

-Quiero hablar de virus.

Definitivamente le surgían algunas ideas sobre el significado del mensaje.

Kousaka había adquirido un interés en los malware hacía tres meses, al final del verano de 2011. Un día, recibió un texto de una dirección desconocida.

-Muy pronto se acabará el mundo.

Un mensaje amenazador. Pero a la vez, en ese momento en que se sentía incómodo con su ya cuarto trabajo y estaba descorazonado, el mensaje era de cierta forma refrescante.

Kousaka cerró los ojos, y disfrutó por un momento la visión del fin del mundo. El cielo se volvía rojo, las sirenas resonaban por todo el pueblo, las noticias desesperanzadoras sonaban en la radio. Imaginó la escena en toda su extensión.

Podía parecer absurdo, pero él había sido salvado por ese mensaje imprudente. Una consolación sin bases, efectivamente una mentira, era justo lo que necesitaba.

Cuando revisó más tarde, descubrió que el mensaje había sido enviado forzosamente desde un dispositivo infectado con un virus llamado “Smspacem”. Malware es un término que se refiere a software malicioso o programas que causan un comportamiento irregular en los dispositivos electrónicos. La mayoría de la gente se refería a este tipo de cosas como “Virus de computadora”, pero técnicamente, un virus no era más que una subcategoría de un malware.

Para describir brevemente Smspacem, es un malware que informa que el mundo estará terminando. Infectó dispositivos, y en la fecha del 5 de diciembre del 2011, envió un mensaje sobre el fin del mundo a todos los contactos de la lista.

De acuerdo a los reportes de seguridad, Smspacem era un malware que atacó usuarios de Norteamérica. Por lo que el hecho de que fuera enviado un mensaje en japonés a Kousaka debía de significar que algún curioso había intentado crear una variante del Smspacem.

Un día, mientras se recostaba perezosamente sobre la cama tras dejar el trabajo, Kousaka repentinamente recordó Smspacem. Y pensó “¿Me pregunto si podría hacer algo como eso por mí mismo? ¿Podría reproducir, de una forma diferente, esa sensación de un pequeño desvío en mi vida ordinaria?”

Afortunadamente, tenía un montón de tiempo. Por lo que reunió todo el conocimiento necesario para crear malware. Ya tenía una base de conocimiento y cierta experiencia debido a haber trabajado como programador, por lo que, al mes de empezar a estudiar, completó un malware original que no dependía de ninguna herramienta extra.

“Creo que estoy hecho para esto”, pensó. Tenía un talento para encontrar la mejor solución a un problema de algoritmia sin que nadie le enseñara de antemano. Un raro ejemplo, de forma positiva, de puntualidad y perfeccionismo al trabajar.

No mucho después, el malware que creó empezó a aparecer en los reportes de seguridad de grandes corporaciones de software. Esto le incitó a crear nuevos malware. En algún punto, crear malware se convirtió en una de las razones por la que vivía.

Un irónico giro de los acontecimientos. Una persona que estaba tan asustada de los virus e insectos en el mundo real, y, a la vez, encontraba una razón para vivir al crear virus y gusanos en el mundo virtual.

Cuando se sentaba frente a su computadora y escribía en el teclado, Kousaka a veces pensaba, “Tal vez estoy convencido de que no podré dejar descendencia en este mundo, es por eso que, en cambio, esparzo malware auto replicable por la internet”

Actualmente había varias cosas que podían considerarse malware. Tradicionalmente, estaba dividido en tres categorías: virus, gusanos, y troyanos. Pero a lo largo de los años se había vuelto más complicado, y con la aparición de malware que no encajaba de ninguna forma en las categorías tradicionales llegaron las definiciones de puerta trasera, root kit, dropper, spyware, adware, y ransomware.

Era relativamente fácil de entender las diferencias entre las tres categorías simples de malware: virus, gusanos y troyanos. Primero que nada, ambos, virus y gusanos, tenían habilidades para autoinfectar y automultiplicarse, pero los virus debían habitar otros programas para poder existir, mientras que los gusanos existían sin necesidad de un huésped. Los troyanos eran distintos a los dos primeros porque no podían automultiplicarse ni autoinfectar.

El Smspacem en el que Kousaka se había interesado podía ser definido como un gusano. Recolectaba direcciones de correo de una computadora infectada, enviaba varios correos con copias de un programa ilegal enlazado, y repetía el proceso con aquellos a los que luego infectaba; esto se conoce como un gusano de correo masivo.

Este fue, naturalmente, el tipo de malware que Kousaka desarrolló también. Dio al gusano de correo masivo en el que estaba trabajando el nombre en clave de “SilentNight”.

SilentNight era un gusano que atacaba en una cierta fecha. Empezando a las 5 de la tarde del 24 de diciembre, deshabilitaba las funciones de transmisión de los dispositivos infectados durante 2 días. Para ser más exactos, terminaba todas las transmisiones apenas estas comenzaban. Como resultado, el dueño del dispositivo infectado estaría temporalmente privado de no solo llamadas, sino también mensajes, correos y llamadas de emergencia; todos los medios de comunicación.

El nombre en clave SilentNight, era un juego en el modo en cómo era un gusano que se activaba en las vísperas de navidad, y a la vez privaba a las personas de comunicarse con sus seres queridos, obligándolos a pasar una solitaria noche.

A finales de noviembre, SilentNight estuvo finalmente completo. Kousaka esparció el gusano a través de la red. Dependiendo del punto de vista, este podía ser considerado el comienzo de todo lo que estaría por venir. Fue solo unos días después que entendió que había dado el primer paso para descender por una pendiente fatal.

El intercomunicador sonó nuevamente. Kousaka se levantó de su silla de trabajo. Sintió que podría arrepentirse de fingir no estar presente. Si no despejaba la identidad y el objetivo de su visitante aquí y ahora, no le cabían dudas de que le esperaría un profundo agravio en las semanas venideras. Y, en cualquier caso, ellos ya sabían su dirección y correo electrónico, por lo que sería inútil esconderse.

La cámara de la puerta estaba rota, por lo que necesitaba mirar a través de la mirilla para identificar el rostro de aquella persona. Silenciosamente dejó la sala y se paró frente a la puerta.  Al mirar, vio a un hombre que traía un abrigo sobre un traje negro. Al ver su atuendo, la preocupación de Kousaka se alivió un poco. Ciertos trajes y uniformes tenían el poder de tranquilizar a las personas de forma incondicional.

Tras revisar que la cadena de la puerta estaba puesta, giró el pomo. Como si anticipara que sería recibido desde la abertura con la cadena, el hombre se había movido a la posición opuesta a la puerta crujiente.

El hombre era algunas pulgadas más alto que Kousaka, el cual media unas 5´8, lo que significaba que su visitante debía medir 6´ o más. También era corpulento. El abrigo abierto que llevaba podría haber sido originalmente negro, pero se veía gris debido a la suciedad. Había profundas ojeras bajo sus ojos, y su quijada estaba cubierta por una barba descuidada, con algunos pelos blancos mezclados entre la masividad azabache. Esbozaba una sonrisa amigable, pero sus ojos parecían vacíos.

—Oye —Dijo el hombre. Su voz era baja y ronca. Pero fuerte.

—¿Quién es usted? —Kousaka preguntó desde el otro lado de la cadena—. ¿Qué quiere a esta hora?

—Justo como decía el correo. Vengo a hablar de virus.

Kousaka tragó en seco.

—¿Envió usted ese correo? —dijo.

—Sí —El hombre afirmó— ¿Puedo pasar? Tampoco quieres hacer un revuelo de esto, ¿cierto?

Kousaka buscó la cadena, entonces dudó. Era cierto, como decía, que no quería armar un escándalo sobre esto. Pero no había garantías de que fuera seguro dejarlo entrar. Por sus ropas y su impresión, instintivamente intuyó que el hombre frente a él, si se inclinara solo un poco, podría doblar su brazo sin problema ninguno. Estaba acostumbrado a tales acciones, y prefería un lenguaje corporal fácil de comprender a una comunicación molesta. Estaba listo a responder con violencia ante cualquiera de sus acciones.

—Pareces preocupado —El hombre dijo, viendo la precaución de Kousaka—. Bueno, quizás sea mejor hablar así que tratar de relajarnos. No pretendo actuar de forma ruda, pero supongo que no me creerías tan fácilmente.

La concentración de Kousaka de inmediato se giró dentro de la habitación. Y una vez más, el hombre vio a través de él gracias a sus reacciones menores.

—Relájate, conozco sobre tu pulcritud. No pasaré más allá de la entrada.

Kousaka se había quedado sin palabras, y sus labios temblaban.

—¿…tanto sabes?

—Sí. Déjame entrar ya. Me estoy congelando aquí afuera.

Kousaka dudó, pero finalmente se dio por vencido y cuidadosamente liberó la cadena de su cerradura. Fiel a su palabra, el hombre no dio un solo paso más allá de la entrada, cerró la puerta tras él, se recostó contra ella, y suspiró. Empezó a sacar un cigarrillo de su bolsillo, pero notó que Kousaka lo miraba con cuidado y lo devolvió a su lugar.

—En realidad, no eres solo tú… A un montón de gente le gusta ser limpia en estos días —El hombre dijo como si hablara consigo mismo—. Imagino que lo vean así cuando les venden un producto, pero si te fijas en los comerciales, se siente como si todo estuviese sucio. Los sofás y colchones están llenos de pelos, las mesas y esponjas repletas de bacterias, los teléfonos y teclados se ensucian enseguida, tu boca al despertar huele peor que una pila de vapor… —Mientras hablaba, tomó un encendedor de su bolsillo y lo encendió— ¿Pero, aunque todo esto siempre nos ha rodeado, se supone que debemos estar bien con ello? ¿No hay nada de qué preocuparse? Supongo que es lo que todas las compañías hacen. La gente piensa en problemas que ni siquiera existen.

Kousaka lo presionó para que fuese al punto.

—¿…De qué querías hablar?

—Estoy aquí para amenazarte —El hombre respondió de forma directa—. Kengo Kousaka, lo que estás haciendo es un acto criminal. Si no quieres ser procesado, escucharás lo que digo.

Kousaka mantuvo silencio. Era tan repentino que no podía pensar mucho en ello, pero supuso que este hombre de alguna forma había determinado que él era el autor del malware, y estaba aquí para amenazarle.

Si el hombre sabía todo sobre la situación, entonces no había nada que Kousaka pudiese hacer. Sin embargo, consideró, hasta que quedara claro cuánto sabía o no, él apenas abriría la boca más de lo estrictamente necesario. No era imposible que este hombre en realidad no supiera casi nada sobre malware, y estuviera tirándose un farol para intentar sacarle información. Aun había espacio para negociar, quizás.

—Tu rostro está gritando “¿Qué tanto sabe este hombre?” —dijo el hombre.

Kousaka no habló.

—Ya veo —La expresión del hombre cambió ligeramente. Tal vez era una sonrisa, tal vez era inconformidad—. A decir verdad, no poseo un conocimiento total acerca de todo. Por ejemplo, por qué la fecha de activación del virus tiene que ser en vísperas de navidad. Por qué alguien con este nivel de programación no tiene un trabajo y se dedica a hacer virus. No puedo entender estos puntos que no me parecen nada claros.

En pocas palabras, el hombre estaba declarando que lo sabía todo.

—… pensé que había cubierto mis huellas con discreción para no dejar evidencias —Kousaka dijo resignado—. Solo pregunto por mera curiosidad, pero, ¿cómo en el mundo pudiste encontrar al autor de un malware que aún no ha causado ningún daño?

—No tengo obligación de contarte eso.

“Tiene razón”, Kousaka pensó. Nadie mostraría su mano a propósito en una situación como esta.

—Pero —el hombre continuo— te contaré solo por el bien de tu débil orgullo. Es cierto, eres un cliente bastante peligroso en el mundo virtual. Admito eso. Pero, por otro lado, estás completamente indefenso en el mundo real… Ya deberías entender lo que quiero decir, ¿verdad?

Algo frío corrió por la espalda de Kousaka. Ahora que lo pensaba, durante los meses pasados, cada semana había salido en un día y hora específicas para ir a comprar, y durante ese tiempo, su casa quedaba completamente vacía. Y cuando había buen clima, mantenía las cortinas abiertas todo el tiempo (Tenía una poderosa creencia en el efecto asesino de la luz solar sobre las bacterias). Por lo que, si alguien lo quisiera, no le resultaría imposible inmiscuirse en su vida personal — Siendo concretos, alguien podría escabullirse dentro de su habitación, o espiarlo con un telescopio.

—Y para responder la anterior pregunta —el hombre agregó—, no comencé mi investigación convencido de que fueras un cibercriminal. Solo reunía información para averiguar si Kengo Kousaka era viable o no. Desde que descubrí la posibilidad del chantaje, decidí usarlo, pero originalmente planeaba contratarte.

—¿Viable? ¿Para qué?

—Para lo que estoy a punto de decir.

Un silencio corrió entre ambos. El hombre parecía estar esperando por la reacción de Kousaka.

—¿… entonces para qué has venido a amenazarme? —Kousaka preguntó medio desesperado—. No creo que pueda hacer mucho…

—Apreciaría que lo hicieras rápido. Si te mantienes siendo honesto de esa forma, entonces no necesitaré amenazarte más de lo necesario.

Después de una larga pausa, el hombre fue al punto.

—Kengo Kousaka, quiero que busques a cierto niño.

—¿Un niño?

—Sí, un niño —repitió.

“No tengo muchas esperanzas en ti”, había dicho el hombre antes de irse. Kousaka pensó que realmente no se le podía culpar por ello. Porque el trabajo encargado era realmente una carga enorme para él. Odiaba tener que interactuar con otras personas, pero era especialmente malo con los niños y ancianos. La razón, por supuesto, es que estos eran demasiado sucios.

Pero dicho esto, no es como si simplemente pudiese rechazar la oferta. Si no podía completar esta petición, Kousaka no sería tan solo un desempleado, sería un desempleado con un registro criminal.

Aparentemente, el nombre del niño era Hijiri Sanagi. Kousaka no recibió más información aparte de esto.

El chantajista también dio su propio nombre: Izumi. Sus instrucciones eran sencillas.

—Mañana a las 5 de la tarde, ve al parque Mizushina. Cerca de allí habrá un niño alimentando a los cisnes. Esa es Hijiri Sanagi.

Kousaka no entendía muy bien la situación, pero asintió por el momento.

—Tu primer deber es hacerte amigo de él.

Entonces Izumi dio una corta explicación sobre el pago de tener éxito la misión. La cantidad que especificó era bastante impresionante para Kousaka en ese momento.

Una vez Izumi se fue, Kousaka empezó a limpiar la habitación como un loco. El solo pensar que alguien podía haberse escabullido dentro mientras él no estaba lo hacía sentir como si perdiera la cabeza. Pero a pesar de todo el antiséptico que usó, la profunda sensación de “alguien más” no parecía desaparecer.

La noche siguiente, Kousaka se puso un abrigo, guantes de látex en ambas manos, una máscara facial desechable, y su bolsa llena de pañuelos desinfectantes y spray. Tras revisar con cuidado la cerradura, abrió la puerta con un sentimiento de desesperanza.

Hacía tiempo que no dejaba su terreno sagrado pasada la puesta del sol. El aire del exterior era punzantemente frío, y su rostro y orejas se crisparon.

Había elegido usar un traje para no asustar a Hijiri Sanagi. La mayoría de la gente estaría aterrada, si un extraño les hablara sin vestir la vestimenta adecuada. Incluso más en la noche. En momentos como esos, un traje daba una sensación de alivio. Kousaka se había dado cuenta de esto tras experimentarlo de primera mano la noche anterior.

Se detuvo en una acera a las afueras de la estación del tren. Una pequeña multitud se había formado al lado de la carretera.

Mirando por encima de su hombro, vio que el tumulto rodeaba a un artista callejero. Este era un hombre en sus treintas, que manipulaba marionetas sobre un maletín que cumplía el papel de pedestal. El hombre hacía pleno uso de todos sus dedos para controlar dos marionetas a la vez. Kousaka admiró su destreza. Un reproductor de casetes cercano reproducía música de fondo: “The Lonely Goatherd”

Kousaka observó la actuación por un momento. Las marionetas tenían diseños altamente deformados, sus características faciales tenían todas tamaños distintos, lo que se pasaba de lo cómico para llegar a lo grotesco. Parecía que la marioneta masculina perseguía a la femenina, o quizás era al revés, y cuando ambas se besaron de forma incómoda al final, la música se detuvo, y el acto culminó con una ronda de aplausos.

Con la audiencia complacida, el titiritero comenzó a pedir limosna habilidosamente. Después que el resto de los espectadores se alejaran, Kousaka dejó un billete de 1000 yenes sobre el maletín. El actor sonrió, y susurró:

—Tal vez tienes la protección de los títeres.

Kousaka retomó su caminata. Afortunadamente, el parque designado quedaba a tan solo 30 minutos a pie de su apartamento, por lo que no había ninguna necesidad de usar un transporte público.

Kousaka había imaginado, casi asegurado, que Hijiri Sanagi era un niño  de alrededor de diez años de edad. Solo pensando en el nombre —y esto era puramente por la conjetura de Kousaka sobre la escritura en kanji del nombre—, parecía más masculino. Y Sanagi era el kanji para crisálida, lo que Kousaka asociaba en su mente con chicos.

Por lo que no era irrazonable que al llegar al Parque Mizushina y encontrara a la persona en cuestión, se sintiera confundido.

Lo primero que notó fue su cabello, tornado plateado. Era un corto cabello rubio platino que podría lucir gris como ceniza dependiendo de la iluminación, y sus cejas también eran de un color ligeramente lechoso. Además, su piel era enfermizamente pálida, y sus ojos de un profundo negro se sentían como si pudieran absorberlo.

Su mirada luego se dirigió a las largas piernas sobresaliendo de su falda. A pesar de que la temperatura era suficiente para hacer que el aliento se tornara blanco, ella vestía una falda corta que exponía sus muslos. Tampoco llevaba mallas o medias. Si Kousaka lo pensaba bien, entendería que ella usaba el uniforme femenino de una preparatoria del área. Lucía una bufanda de tela y un cárdigan blancuzco, pero nadie podría imaginar que esto le fuera suficiente debido a la sensación helada que daban sus piernas.

Traía puestos unos gruesos cascos, como si estuviese en un estudio. Con un diseño tan sencillo no había forma de que fueran alguna demostración de moda. Por el sonido que se escapaba, Kousaka supuso que escuchaba música vieja de rock.

La vista de Kousaka finalmente advirtió el cigarrillo entre sus labios. Al principio, no podía distinguir si eran o no resoplidos de vaho, pero una inspección más exhaustiva revoló que era de hecho humo aquello que salía de su boca.

Hijiri Sanagi era una chica alrededor de sus 17 años. Y no solo cualquier chica, sino exactamente del tipo con el que Kousaka no podía lidiar.

Kousaka dobló su cuello, preguntándose qué es lo que suponía que Izumi esperaba de él. No tenía ningún tipo de certeza sobre las razones que habían llevado a aquel hombre a pensar que él era el indicado para algo como esto.

Tan solo quería huir, pero eso no funcionaría. Si abandonaba su misión, Izumi iría a la policía en cualquier momento. Mientras pensaba que eso en realidad podría no ser completamente inmerecido, necesitaba al menos primero intentarlo y fallar, y entonces no sería muy tarde para rendirse luego.

No había necesidad de ponerse nervioso. No era como si tuviera que seducirla y enamorarla. Solo necesitaba hacerse su amigo.

Se quitó su máscara y la guardó en su bolsillo. Con determinación, se acercó a Sanagi.

Justo como Izumi había dicho, la chica estaba cerca del lago alimentando a los cisnes. Tomó pedazos de pan de una bolsa de papel y los lanzó al aire, y los todos los cisnes a la vez se aglomeraron a su alrededor. Ella los observaba placenteramente. No parecía haber notado a Kousaka detrás suya.

Para no asustarla, lentamente se acercó a su campo de visión y habló.

—Um…

Tras algunos segundos, Sanagi lo observó.

Al mirarla de frente, Kousaka no pudo evitar admirar su apariencia. Su figura provocaba la imaginación de un androide femenino creado de acuerdo a algún diseño definido. Dicho diseño, sin embargo, no estaba hecho para relajar o calmar a la gente, sino para perturbar y tensar a cualquiera a su alrededor.

—¿… qué? —Sanagi preguntó, bajando sus audífonos y mirándolo de forma sospechosa.

Kousaka desvió la mirada accidentalmente. No parecía que el traje estuviera cumpliendo con su papel de aliviar la preocupación de ella. Habiendo dicho eso. Que un hombre joven y trajeado se acercara a una chica con uniforme en el parque a mitad de la noche no era natural. Diciéndolo de forma sencilla, se sentía peligroso. En un caso como este, ropas para ejercitarse habrían parecido más naturales.

—¿Podemos hablar por un segundo? —Kousaka preguntó, poniendo toda su energía en esbozar una sonrisa amigable— ¿Tienes tiempo ahora mismo?

—No —Sanagi respondió vagamente, con el cigarrillo aun en su boca—, estoy ocupada.

Como una respuesta natural, Sanagi se colocó nuevamente los audífonos y regresó a su propio mundo.

No había nada que Kousaka pudiese hacer en un punto como este. El problema era algo mucho más fundamental que la diferencia de edad o género: él nunca antes había intentado ser amigable con otra persona.

Se encontraba perdido. No podía pensar en su próximo movimiento, por lo que siguió el ejemplo de Sanagi y observó cómo, en la distancia, los cisnes perseguían la comida.

Le desagradaban la mayoría de los animales salvajes, pero los cisnes eran una de pocas excepciones. Sus cuerpos eran completamente blancos, y más importante, solo aparecían en invierno. La forma en que siempre se sumergían en el agua helada provocaba una sensación de pulcritud. Sin embargo, todo esto era solamente en su imaginación, ya que en realidad ocurría por los patógenos en sus cuerpos.

Dio otro vistazo al parque. Las lámparas que iluminaban la nieve daban la sensación al lugar de brillar débilmente. Al escuchar atentamente, no solo oyó cisnes, sino la nieve que caía de las ramas al suelo. Cerró los ojos y se concentró en estos sonidos.

Escuchó un suspiro. Sanagi volvió a quitarse los audífonos y miró en su dirección. Los ojos de Kousaka vagaron alrededor de los ojos profundamente afilados. Por un momento, vio un arete azul destellar en la oreja de la chica.

—Hey, ¿qué quieres de mí?

No era momento de considerar cuidadosamente las palabras. Tenía que decir algo para bajar su nivel de alerta. Kousaka abrió la boca.

—Quiero que seamos amigos.

Se sintió golpeado por un escalofrío apenas lo dijo. Era justo la frase que diría alguien con oscuros motivos. ¿No había una mejor manera de expresarse? Él difícilmente podría culparla si ella huyera hasta la estación de policía diciendo “un hombre sospechoso me está siguiendo”.

Sanagi miró a Kousaka con los ojos desprovistos de toda emoción. Hubo un largo silencio. Ella succionó el cigarrillo y se deshizo de la ceniza con un movimiento experto. Luego se mantuvo observando a Kousaka, como si lo evaluara.

“Solo di algo ya, lo que sea”, Kousaka rogó en silencio. El sudor frío corriendo bajo sus brazos se sentía desagradable. Quería terminar con aquella idiotez, regresar al apartamento y tomar una ducha. Añoró sus terrenos sagrados llenos de aire purificado y antiséptico.

Después de un rato, Sanagi desechó su ya pequeño cigarrillo. La llama se apagó de inmediato al entrar en contacto con el suelo mojado por la nieve.

—Imagino que Izumi te lo pidió, ¿cierto? —ella preguntó de forma letárgica, dejando al final escapar una bocanada de humo—. Eres el séptimo hasta ahora.

El humo que Sanagi despidió fue llevado por el viento, y al mismo tiempo Kousaka se cubrió la boca.

Luego, un momento después, adivinó el significado de “séptimo”.

—… ¿quieres decir que ha habido otros que han intentado hacerse tus amigos? —preguntó para corroborar.

—¿Huh? ¿Izumi no te dijo nada?

Kousaka le reveló todo con resignación.

—Tan solo me dijo que buscara a un niño. Asumí que eras un chico de diez años de edad, por lo que estaba consternado al verte.

—Entonces estamos en el mismo bote. Nunca imaginé que enviaría a alguien tan viejo como tú. ¿Me pregunto qué estará pensando? —Sanagi rascó su mejilla con irritación—. ¿Cuál es tu nombre?

—Kengo Kousaka.

—Izumi te amenazó para que hicieras lo que decía, ¿cierto? Hey, ¿cuál es la debilidad que está explotando en ti?

Él dudó por un momento, pero decidió responder con honestidad. Incluso si mantenía silencio, Sanagi eventualmente lo descubriría por medio de Izumi.

—Él está ocultando cierto comportamiento criminal mío.

Sanagi mostró un gran interés en aquellas palabras.

—¿Comportamiento criminal?

—Cibercrímen. Creé un gusano de computadora y lo esparcí.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque me gusta hacerlo. Es una afición.

—Hmph. Una afición —Sanagi arrugó la frente. Al parecer le era difícil comprender.

—Por cierto, ¿cuál es tu relación con ese hombre?

—No sé. ¿Padre e hija?

—Padre e hija —Kousaka repitió—, no es mi intención inmiscuirme en los problemas familiares de los demás, ¿pero alguna vez se te enseñó a mostrar respeto a tus padres?

—Tal vez sea de tutor y niña.

—… Bueno, no tienes que responder si no quieres.

Kousaka se dio la vuelta, recostó su espalda a una verja, y observó el cielo nocturno. Justo en ese momento, descubrió un nido de aves entre las ramas sobre su cabeza. Pero estaba demasiado bien formado para ser un nido, y un poco muy grande también. Concluyó que quizás era muérdago. Había escuchado de estos organismos parásitos que habitaban los árboles de cerezo y similares y robaban sus nutrientes.

Sanagi pareció recordar algo y habló.

—Oh si, ¿Izumi dijo que te pagaría?

Kousaka asintió.

—Si el trabajo va bien, seguro.

—¿Cuánto?

Tranquilamente, le informó a la chica sobre la cantidad.

—Eso es bastante.

—Sí. Ahora mismo es una pequeña fortuna para mí.

Entonces Sanagi extendió una mano a Kousaka.

La imagen de ella lanzando pedazos de pan con las manos desnudas cruzó su mente, y él dio un paso atrás sin darse cuenta.

Sin embargo, ella no buscaba un apretón de manos.

—Dame la mitad —demandó casualmente—. Entonces seré tu amiga.

—¿… es eso lo que un amigo diría?

—Requiere cierto precio que un hombre como tú y una chica como yo nos volvamos amigos. Sentido común, ¿cierto?

—¿Es así como funciona…?

—Exactamente —Sanagi declaró confiada—. No importa si no quieres. No me preocupa lo que hagas.

—De acuerdo, pagaré —Kousaka aceptó voluntariamente las demandas de una chica diez años más joven que él. Luego preguntó, dando un vistazo alrededor—: … por cierto, no dejarás que Izumi se entere de esto, ¿verdad?

—Sí, está bien.

—¿Cómo puedes decir eso de forma tan segura?

—Por los años de experiencia —ella respondió—. Ahora, dame el dinero, rápido.

—¿… no puedes esperar a que me paguen primero?

—No. si no puedes permitírtelo, entonces no puedo confiar en ti.

—No tengo mucho a la mano. ¿Puedes esperar hasta la próxima vez que nos encontremos?

—Seguro, pero no trates de engañarme. Si me siento ofendida, iré a la policía y les contaré todo lo que pasó y no pasó.

—No estoy mintiendo. Lo tendré listo la próxima vez.

Kousaka hizo una mueca de dolor. Que chica tan portentosa. Él le dio la dirección de su apartamento, y ella introdujo los datos en su teléfono. Parecía que revisara la localización con una aplicación de mapas.

—Se puede ir caminando desde aquí —Sanagi habló para sí misma—. ¿Cuándo estarás en casa?

—Siempre.

—Siempre… entonces, ¿en qué trabajas?

—Ninguno.

—¿Entonces por qué llevas un traje?

No le interesaba explicar, por lo que solo respondió.

—Para el espectáculo.

Sanagi tenía una expresión de profunda perplejidad, pero de inmediato murmuró: —Bueno, supongo que no puedo hablar mal de los demás—, y observó su propia vestimenta. Kousaka esperó por sus siguientes palabras, pero ella ya había decidido las cosas por sí misma.

—Sabes, estaba buscando un lugar para matar el tiempo todo el día. Vagar afuera en días de semana podría causarme problemas.

—¿No vas a la escuela?

Sanagi ignoró la pregunta. Kousaka también pensó que no tenía sentido presionarla más. Una estudiante apropiada que atendiera a clases no tendría el cabello de ese color o usaría aretes.

—Pasaré de visita en cualquier momento mañana. Chao, chao.

Habiendo dicho eso, Sanagi se colocó sus audífonos otra vez, le dio la espalda a Kousaka, y comenzó a caminar. Él gritó: —Espera—, hasta el cansancio, pero su voz fue superada por el volumen de la música.

“Esto se ha vuelto preocupante”, pensó.

Su terreno sagrado estaba en peligro.


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