Parásito enamorado — Capítulo 1


Traductor: Electrozombie
Editor: Fixer-san
Proofreader: Aoisorabluesky

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Poisolation

 

El agua del grifo estaba penetrantemente fría. Pero no había tiempo para perder calentándola. Kousaka comenzó a lavarse las manos. De inmediato, el agua se llevó lejos todo el calor de ellas, y se entumecieron. Cerró el grifo, enjabonó sus manos y las estrujó fuertemente, después dejó caer el agua nuevamente. Mantuvo sus manos bajo el agua incluso después de que las burbujas se disolvieron. Después de dos minutos, el calentador de agua finalmente recordó su deber y empezó a trabajar. Sus manos congeladas ya estaban tan entumecidas que no podía diferenciar el frío del calor.

Cerró el grifo y cuidadosamente secó el agua con una toalla de papel. Al llevarse las manos al rostro, cerró los ojos y olfateó. Una vez se aseguró de que eran inodoras, se aplicó alcohol por toda la superficie. Gradualmente, comenzó a calmarse.

Tras regresar al cuarto, se lanzó sobre la cama. La luz brillaba levemente a través de una hendidura entre las cortinas; podría haber estado amaneciendo, o atardeciendo. De todos modos, el tiempo no era algo importante para este hombre.

Escuchó el resonar constante de las voces de los niños afuera. Pertenecían a una primaria cercana. Oír a los niños jugar y divertirse le causaba ocasionalmente una tristeza sofocante. Kousaka encendió la radio al lado de la cama, la sintonizó en una frecuencia al azar, y dejó que la música sonara. Una vieja canción cubrió los gritos de los niños.

Tras dejar su último trabajo, Kousaka no hizo ningún esfuerzo por encontrar un nuevo empleo, vació sus ahorros lentamente, y pasó los días acostado en la cama, pretendiendo pensar en algo. Por supuesto, realmente no pensaba en nada. Tan solo intentaba mantener las apariencias. “Estoy guardando vitalidad para el momento en que la necesite”, se decía a sí mismo.  Él mismo no sabía en que momento era el cuándo que estaba esperando.

Una vez a la semana, a regañadientes iba a comprar insumos, pero gastaba el resto del tiempo en su habitación. La razón era simple: tenía un serio caso de misofobia .

Vivía en un pequeño apartamento todo en uno a veinte minutos de la estación de tren más cercana. Era su único y sagrado hogar. Allí, siempre funcionaban a la vez dos purificadores de aire, y había un leve olor a antiséptico. Los suelos estaban tan pulidos que parecían nuevos, y sus estantes estaban llenos de guantes de látex desechables, máscaras quirúrgicas, aerosol antibacterial, toallitas húmedas, etcétera. La mayoría de sus ropas eran blancas o de un color similar, y su closet estaba atestado de camisetas nuevas aun en sus bolsas.

Kousaka lavaba sus manos más de un centenar de veces al día, por lo que estaban terriblemente ásperas. Sus uñas estaban prolijamente cortadas, con la excepción de la uña larga de su dedo índice en su mano dominante. Esta era su medida de emergencia para situaciones en las que tuviese que tocar los botones de un elevador o de un cajero automático sin usar guantes.

Otra de las partes de Kousaka que era dudablemente limpia era su cabello. Lo había dejado crecer un poco. Reconoció que lo mejor para mantener su habitación limpia era tenerlo corto, pero no podía soportar las barberías y salones de belleza, por lo que tenía el hábito de evitar los cortes de cabello tanto como pudiese.

Aunque lo más sencillo podría ser llamarle un maníaco de la limpieza, en realidad tenía varias condiciones. Si uno excava en la percepción de lo que las personas piensan sobre la “suciedad”, descubrirá un número de creencias irracionales. Uno de los ejemplos más claros es el de aquellos que se autodenominan de esta forma y su cuarto es un completo desastre.

La imagen de suciedad para Kousaka era cualquier otra persona. Más que la verdadera suciedad, su mayor problema radicaba en el hecho de si se relacionaba o no con otra persona. Prefería comer algo que había expirado hacía una semana, antes que tomar la comida que alguien más hubiese tocado.

Veía a la gente a su alrededor como placas petri generando bacterias. Sentía que el simple toque de un dedo propagaría los microorganismos por todo su cuerpo y le contaminaría. Ni siquiera podía sostener las manos de alguien cercano a él; por supuesto, para bien o para mal, de todos modos, ahora no tenía a nadie con quien realizar tales acciones.

Sobra decir que su meticulosidad era un gran obstáculo en su vida social. Alguien que ve a los demás como impurezas no puede formar relaciones positivas. Su deseo esencial de no interactuar con nadie se manifestaba en varias formas, e irritaba a aquellos a su alrededor. Ni siquiera podía fingir una sonrisa, no recordaba los nombres de las personas, no podía hacer contacto visual con ellos… Eran demasiadas cosas en la lista.

En cualquier caso, lidiar con otras personas no significaba para él más que una constante agonía. Cuando trabajaba, todo lo estresaba, y no tenía ganas de hacer más que dormir.

Además, los eventos de la compañía tales como salidas nocturnas y viajes eran el mismo infierno. Tras regresar a casa después de dichos eventos, regularmente tomaba duchas de cuatro horas, se recostaba en la cama, y escuchaba música para apaciguar su mente. Debía hacer esto para enseñarse que había sonidos dignos de escucharse en este mundo, o se habría arrancado las orejas. En dichas noches, no podía dormir si no era mediante la música.

«Es decir, no estoy preparado para ser humano», solía pensar seriamente respecto a su capacidad para encajar en la sociedad. Como resultado, rápidamente perdió su puesto de trabajo sin importar cual fuera este, y terminó renunciando solo para alejarse.

Sus cambios regulares de profesión se debían a un proceso en el que eliminaba sus prospectos uno a uno. En tan solo algunos pocos años trabajando como adulto, sintió que había sido negado como ser humano. Era como si fuera el dueño original de la frase «No tiene sentido sin importar que hagas».

No era que esperase un milagro. Sabía desde el principio que algo como eso no existía. No es como si todo el mundo tuviera su momento. Al final, cada uno debe comprometerse con algo.

Pero, aunque su cabeza entendía esto, su corazón no se replegaba. Su mente se había estado dañando progresivamente con el paso del tiempo, y sus compulsiones empeoraron. En correlación con la degradación de su psique, sus alrededores se volvieron más limpios, y su cuarto fue prácticamente esterilizado.

*

Mientras se recostaba en la cama y escuchaba música en el radio, Kousaka pensó un poco en los eventos ocurridos hacía pocas horas.

Se encontraba en una tienda de conveniencia. Usaba guantes de látex desechables. Tenía necesidades que suplir, en especial en un lugar como una tienda de conveniencia o un supermercado, en donde debía tocar cosas que otras personas habían impregnado con sus pegajosos fluidos.

Hacía sus compras con guantes como era usual, pero un problema surgió a medio camino. En el momento en que se acercó para agarrar un poco de agua mineral, repentinamente, la yema de su dedo índice derecho empezó a doler. Se observó; la piel se había desgarrado y sangraba. Algo común. Siempre lavaba demasiado sus manos, y se encontraba en la estación seca, por lo que sus manos estaban tan resecas como las de un estilista novato.

Incapaz de soportar la sensación de la sangre recorriendo el guante, se lo quitó y lo desechó. Y, como no le gustaba la naturaleza desbalanceada de usar solo uno, eliminó también el otro. Y continuó comprando.

La persona frente a la caja registradora era una chica que solía trabajar a tiempo parcial en el lugar. Era una amable muchacha con el cabello color café, y cuando Kousaka se le acercó para pagar por la compra, ella le recibió con una gran sonrisa. Hasta ese punto no hubo ningún problema en particular, pero al momento de recibir el cambio, la chica se lo alcanzó poniendo las manos sobre las suyas.

Esto era malo.

De inmediato, Kousaka apartó sus manos en un reflejo. Las monedas cayeron al suelo, y todos los clientes de la tienda miraron en su dirección.

Miró su mano, estupefacto, ignorando a la chica que se disculpaba fervientemente, y dejó la tienda sin ni siquiera recuperar el cambio. Tomó una larga ducha tras regresar a su apartamento lo más rápido posible. Pero aún se sentía desagradable, y volvió a lavarse las manos.

Tras recordar toda la secuencia de eventos, Kousaka suspiró. Incluso él pensó que había sido inusual. Pero simplemente no podía soportar que su piel fuera tocada directamente.

Adicionalmente, él era malo tratando con chicas con un sentido de la feminidad, como la de la caja registradora. No se limitaba solo a las mujeres; también le desagradaban de forma similar los hombres que se jactaban de su hombría. Sentía igual impurezas en ambos grupos. Suena como algo que diría una chica que acababa de entrar en la pubertad, pero realmente era así como pensaba.

Durante su infancia, pensó que su fobia se curaría naturalmente al crecer, pero en realidad se tornó peor. Al paso al que iba nunca podría casarse, ni hablar de hacer amigos.

*

A los 9 años, Kousaka tenía madre. Cuando estaba a punto de cumplir los 10, ella murió. Se juzgó como un accidente, pero él aun sospechaba que fue un suicidio.

Era una mujer hermosa. Culta y con recursos, con buen gusto en música y películas. Aparentemente, antes de conocer al padre de Kousaka, era instructora de Electone . Era una clase relativamente pequeña, pero respetable, y algunos estudiantes incluso venían de muy lejos para tomarla.

Kousaka aún se preguntaba por qué una mujer perfecta como ella había escogido un hombre tan mediocre como padre para ser su compañero. Para decir lo de menor importancia al menos, su padre no era de la clase alta. Su rostro parecía un montaje fallido de partes que no encajaban, no ganaba mucho, no tenía aficiones, pero tampoco le apasionaba su trabajo, y en general, no tenía mérito alguno (Para el Kousaka de hoy en día, incluso el vivir solo y mantener una casa era digno de respeto).

La madre de Kousaka era dura consigo misma, y pedía el mismo esfuerzo de su hijo. En un pasado que ya no podía recordar, había sido forzado a tomar varias lecciones, y en casa debía seguir un estricto horario gestionado por su madre. Al ser tan joven, pensaba que todas las madres eran así, por lo que no dudaba y obedientemente hacía lo que se le decía. Si la desafiaba, sería dejado fuera de casa descalzo o no podría comer en todo el día, por lo que no tenía otra opción.

El hecho de que no pudiese cumplir ni siquiera con la mitad de las expectativas de su madre, no parecía molestarla, sino solo confundirla. ¿Cómo es que este niño, carne de mi carne y sangre de mi sangre, no es tan perfecto como yo? ¿Quizás hubo un problema en la forma en que lo críe?

Extrañamente, dudó de todo, excepto de la disposición de Kousaka. Aunque no era resultado mayormente de su parcialidad como madre, sino una manifestación de su distorsionado amor propio. Había elegido dudar de sus métodos de enseñanza antes que hacerlo de su propia sangre, eso era todo.

Como muchos perfeccionistas, a la madre de Kousaka le gustaba la limpieza. Cuando el cuarto del niño estaba desordenado o llegaba él a casa luciendo sucio, ella esbozaba una expresión profundamente lamentable. Eso le dolía mucho más a que le pegaran o gritaran. Por otra parte, cuando Kousaka limpiaba su habitación o lavaba sus manos, ella siempre lo premiaba. Como alguien sin habilidades atléticas o escolares, esta era una de sus pocas oportunidades para hacer feliz a su madre. Naturalmente se volvió mucho más pulcro que un niño normal de su edad.

Las anormalidades comenzaron cuando tenía 9 años, al final de verano. Un día, la madre de Kousaka empezó a comportarse demasiado amable con él, como si fuese otra persona. Como si se arrepintiera de su comportamiento anterior, descartó todas las reglas que había impuesto sobre él, y lo trató de forma muy afectiva.

Liberado de todas sus limitaciones y capaz de experimentar una infancia normal por primera vez, Kousaka no pensó profundamente sobre el cambio repentino en la actitud de su madre.

Ocasionalmente, ella pondría la mano sobre su cabeza y la acariciaría, repitiendo “Lo siento”. Él quería preguntar por qué se quería disculpar, pero sentía que eso la molestaría, por lo que se mantenía en silencio mientras su cabello se revolvía.

Pronto se daría cuenta: Ella no se disculpaba por algo que hubiese hecho, sino por algo que iba a hacer.

Justamente luego de un mes actuando como una buena madre, murió. Mientras manejaba a casa desde un distrito comercial, tuvo una colisión con un auto que se movía a una velocidad muy superior al límite establecido.

Naturalmente, se consideró un accidente. Pero Kousaka sabía algo: a ciertas horas del día, esa carretera se convertía en el lugar ideal para cometer suicidio. Y no fue nadie más que su madre quien se lo dijo.

Algo cambió en él después del funeral. Esa noche, se lavó las manos durante horas. La mano derecha con la que había tocado el cuerpo de su madre se sentía terriblemente desagradable.

Cuando despertó tras un sueño ligero a la mañana siguiente, su mundo había cambiado. Salió de la cama y corrió hacia el baño. Tomó una ducha durante horas. Todo en su mundo parecía sucio. Cabello en el drenaje, musgo en las paredes, polvo en el alfeizar de la ventana; el solo ver esas cosas causaba escalofríos en su espalda.

Y así, se convirtió en un maníaco de la limpieza.

El mismo Kousaka no veía una relación directa entre la muerte de su madre y su meticulosidad. No era más que ímpetu. Incluso si no hubiese ocurrido ese incidente en particular, seguramente algo habría despertado su peculiaridad. Simplemente, era algo que siempre había existido dentro de él.


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