El lobo no duerme — Episodio 1, Parte 14


Esta parte tiene ilustración. ¡Yay!


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14

Lecan fue convocado a la habitación de la joven señora.

Ha pasado un tiempo desde la última vez.

Cuando se hubo instalado por primera vez en esta mansión, Lecan era llamado todos los días. Aunque no podían comunicarse con palabras, hablaban con gestos. Y así él aprendió muchas palabras. Pensándolo bien, esos fueron tiempos divertidos. También fue la joven señora quien le enseñó a escribir al principio.

Después de agradecerle por protegerla todo este tiempo, la joven señora arrojó un aluvión de preguntas sobre la ciudad natal de Lecan.

—Mi Sr. Descendiente (La Enpi). ¿Qué se desayuna en tu ciudad natal?

»Sr. Descendiente. ¿Qué tipo de dulces hay en tu ciudad natal?

»Sr. Descendiente. ¿Qué ropas usan las mujeres nobles de tu ciudad natal?

Descendiente es un término para referirse a las personas que han descendido de otro mundo.

Sorprendentemente, dichas personas existen, aunque raramente. Y aparentemente todos los descendientes son poseedores de alguna clase de habilidad poderosa. Aunque han pasado cien años desde que el último descendiente apareció en este país. En otras palabras, era una leyenda que puede o no ser verdad. Sin embargo, la joven señora creía en verdad que Lecan es un descendiente; estaba bastante extasiada por ello.

Tras el paso de un considerable rato, la joven señora finalmente se detuvo. Gria, la criada principal, que había estado detrás de ella todo este tiempo seguro que estaba cansada.

 

 

—Tengo algo que preguntarte, mi Sr. Lobo (La Geedo).

—Sí (Yale).

—¿Me mostrarías la joya que cuelga sobre tu pecho?

«Agh, joder. Y eso que me esforcé bastante en no mostrársela a otras personas y todo eso. ¿Cuándo la vio? No pudo haber sido ahora. No sería posible desde donde está ubicada. Pero la cadena atada a la joya debe ser visible para ella. Tal vez adivinó que habría una joya al final de la cadena».

—Aquella joya roja.

Tal parece que no. La joven estaba al tanto del color de la joya que colgaba del cuello de Lecan. Como era algo que siempre llevaba consigo, es posible que alguien pudo echarle un vistazo. Y ese alguien informó a la joven señora.

La criada Marinka dio un paso, y presentó una bandeja. Al no tener elección, Lecan puso la joya roja en la bandeja.

—Es verdaderamente hermosa. —Esa fue su impresión sobre la joya.

Se mantuvo un rato mirándola con fascinación.

Entonces, ella de pronto se quitó una joya azul junto con la cadena que la mantenía en su cuello, y se la entregó a Marinka. Esta la puso en una bandeja, y se la presentó a Lecan.

—¡Mi señora! Pero eso es…

—Está bien, Gria.

«Espera, no me digas que… Por favor, no. Esa no. ¡Te lo ruego, Dios!».

Pero el dios de este mundo no respondió a la oración de Lecan.

—Sr. Lobo. Me gustaría darte mi joya, así que ¿podrías darme la tuya?

El silenció dominó el lugar por un buen rato.

La mirada de la criada principal —dirigida a Lecan— empeoraba cada vez más.

La criada Marinka también le lanzaba miradas dolorosas.

Es comprensible. Desde el punto de vista de ambas, la joya de aspecto caro que la señora Rubianafal llevaba no se podía comparar en absoluto con un guijarro de un vagabundo. En otras palabras, esto no era un intercambio, sino una escena en la que Rubianafal recompensaba a su guerrero favorito; rechazarle ahora significaría lo mismo que un gran insulto.

Aun así, Lecan seguía debatiéndose con la idea.

Pero ¿qué pasaría si lo hiciera? Probablemente tendrá que dejar esta mansión inmediatamente. Eso no le sería de mucha importancia. Sin embargo, la señora Rubianafal probablemente quedaría alicaída. Y Lecan se iría mientras prácticamente arrojaba barro a sus benefactores. No es que eso le importara realmente, pero…

—… Sí (Yale).

Dio la palabra de consentimiento por reflejo; el propio Lecan no tenía ni idea de por qué lo hizo.

Empero, se arrepintió de su decisión al tomar la joya azul de la bandeja. Y así, se hizo una promesa ligeramente peligrosa.

«Me voy de esta mansión lo antes posible. Me colaré en la habitación de la joven señora antes del alba. Y recuperaré la joya».

Es natural que Lecan albergara semejantes ideas.

Aquella joya roja era un artículo raro que ha sido reforzado con efectos de recuperación de resistencia y maná. Adquirió la joya en una mazmorra, y procuró que la gema mágica fuera reforzada, Lecan, sin embargo, gastó todo lo que tenía en esos momentos para pagar a un famoso reforzador que contrató. La joya ha estado apoyándolo en sus aventuras desde entonces. Era un objeto del que jamás se podría desprender.

Desafortunadamente, jamás pudo ponerse manos a la obra para recuperar la joya roja.

La señora Rubianafal pasó todos los días ocupada con algo y en constante asistencia de alguien más; dos días después, partió a una ciudad lejana para casarse con un noble de alto rango que vivía allí.


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