Boogiepop y otros — Capítulo 2


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Recientemente, un rumor extraño, o una historia de fantasmas, mejor dicho, se ha difundido entre las chicas de las clases de segundo año.

Trata de algo sobre el misterioso Boogiepop.

Boogiepop es bajo, lleva una capa negra y un sombrero alto como el que usaba Maetel en Galaxy Express 999, pero más estrecho. Es un asesino, y puede matar personas en el acto, sin dolor. Siempre lo hace cuando estás en tu mejor momento, antes de que empieces a marchitarte, antes de que envejezcas y te vuelvas fea.

Nadie sabe de dónde proviene, pero la mayoría coincide en que él tiene algo que ver con el grupo de colegialas desaparecidas de la zona.

Todos quieren creer que las fugitivas fueron asesinadas por un asesino que vaga en las sombras, fugaz como la niebla de la mañana… en lugar de huir a Tokio o a alguna otra cruda realidad.

La realidad es siempre bastante aburrida. Cuando la gente se desvanece de ella, es natural querer relacionarlo con algún tipo de fantasía, con algún otro mundo.

—Oye, Suema, ¿cuál fue el caso real que inspiró al «pueblo de las ocho tumbas»? —preguntó la chica frente a mí, Kyoko Kinoshita, levantando la vista de su crucigrama. Estaba comiendo mi almuerzo un día poco después del final de las vacaciones de verano.

—La masacre de Tsuyama —dije, sin pensarlo dos veces. ¹

—Conque la masacre de Tsuyama… Eh, eso encaja. Gracias.

Todos los que comían con nosotras me miraban fijamente—. ¿Cómo sabes eso?

—Estás obsesionada.

—No seas tonta. Todo el mundo lo sabe.

—¡Que no! ¡Nadie sabe eso!

—El mes pasado se publicó un libro sobre el tema —respondí de manera deliberada, como si quisiera ignorarlos.

—¡No lo leímos! ¿Por qué lo haríamos?

—Das un poco de miedo, Kazuko.

Todos se rieron.

—¿Qué tipo de persona puede asesinar a alguien? —preguntó Kyoko, mirando repentinamente hacia arriba desde su crucigrama otra vez.

—¿Qué tipo? De todos los tipos.

—A lo que voy es…, ¿quién en esta clase parece capaz de hacerlo? —dijo, bajando la voz.

—¡Ooh! ¡Dilo, dilo! —Todas se inclinaron para acercarse.

—Pues…, alguien un poco rústico, como si estuviera en su propio mundo y fuera terco a la hora de hacer las cosas, ¿quizás?

Incluso mientras lo decía, supe que bien podría estar diciendo su nombre.

—Así que… ¿Nagi Kirima?

Síp, ahí salió el nombre de pila; la estudiante más notoria de nuestra clase. Hoy estaba saltándose las clases; no hubo señales de ella en toda la mañana.

—Hm… Bueno, ella no es normal. Eso es seguro.

—¿Que no es normal? ¡La Bruja de Fuego tiene más de seis tornillos sueltos!

—Se ha saltado dos días desde que empezó el nuevo trimestre. Me pregunto si se molestará en venir mañana…

—Más vale que no lo haga. Hasta cuando viene, ella solo causa problemas en el momento en que atraviesa las puertas y hace que la envíen de vuelta a casa.

—¡Eso sí suena como ella! —dijo entre risas.

—Hablando de asesinos…, he oído que ella realmente lo es.

—¿De qué hablas?

—Ya sabes, un desliz y te perdiste el resto del período…

—¡Ah!

—Luego hace que la suspendan antes de que alguien lo descubra, y se ocupa de ello…

—¡Ya lo creo!

No había prueba alguna, pero eso no les impidió hablar.

Pero todas se estaban riendo, así que reí con ellas.

Yo no la odiaba como ellas lo hacían.

Ella era problemática, desde luego. Pero había algo en la forma en que miraba a la gente que era bastante guay; la forma en que no parecía importarle si eras mayor o incluso un profesor, sino que solo te miraba directamente.

—Ella no tiene padres, ¿verdad?

—Eso creo. Si mal no recuerdo…, ellos viven en el extranjero o algo así. Escuchaste que fue tuvo la mejor nota en el examen de ingreso, ¿no? Pero no fue la oradora en la ceremonia de ingreso. ¿Sabéis por qué?

—¿Por qué?

—El nombre de su guardián no es Kirima.

—¿Es ilegítima?

—Sí. Solo le dan dinero, y vive sola en un apartamento cualquiera.

—No puede ser.

—Así que puede hacer lo que ella quiera. Traer a un chico distinto a casa cada día o, como bien dice Suema: «empezar a matar». Podría tener una montaña de cuerpos en su casa, y nadie jamás lo sabría.

—¿En el congelador?

—Todo congelado.

—Luego los descongela… y ¡los cocina!

—¡Puaj! ¡Qué asco!

Todas se echaron a reír de nuevo.

Yo les seguí la corriente.

Nos reímos un tanto fuerte y Yurihara-san, que estaba sentada cerca, levantó la mirada de su guía de estudio y se nos quedó viendo. Ella era la mejor estudiante de la clase…, y aspiraba a ser la mejor de la escuela. Escuché que había hecho exámenes prácticos en sus clases extraescolares, y que superó a los estudiantes de las mejores escuelas de la ciudad tres veces seguidas. También era hermosa… y un poco engreída; es decir, que no tenía amigos en nuestra clase. Aunque pudo haberse sentido un poco fuera de nuestro alcance, ella de algún modo sabía que todo lo que se requería era una mirada fría para acallarnos.

—¿Y si Nagi es Boogiepop? —dijo Kyoko.

—Ugh, no. Boogiepop es un chico hermoso.

Por entonces, fue mi primer encuentro con ese nombre, así que me sentí obligada a preguntar sobre él.

—¿No lo sabes? ¡Pero si es un asesino!

—No es como si lo supiera todo.

Me contaron al respecto, pero me gusta psicología criminal, y esto fue solo una historia de horror escolar. Dios, era más que absurdo. Lo hicieron parecer no tanto un asesino en serie, sino como un monstruo loco.

—Hmm… Suena terrorífico. —Todas estaban mirando, así que tuve que fingir estar alarmada.

—Un poco excitante, ¿a que sí? Me pregunto cómo los mata… —Con eso, todas empezaron a balbucear, extasiadas por su hombre de fantasía.

¿Los estrangulaba? ¿Los embestía con un cuchillo?

Seguían sugiriendo métodos de matar que consumen mucho tiempo, y ya me estaba empezando a irritar.

—¿Podemos pedir tu opinión de experta? —pregunto Kyoko en broma, volviéndose repentinamente hacia mí.

—… Pues claro: gas venenoso.

—¡Puaj! ¿Cómo el sarín? —Todas dijeron a la vez.

—Nah, hablo de gas de ácido cianhídrico. Es incoloro e invisible, pero muy venenoso, y te mata al instante. Puedes rociarlo sobre alguien, y desaparecerá rápidamente, sin dejar evidencia. El cuerpo ni siquiera queda sucio. Y huele a melocotón.

—¿Cómo…? —Todas se me quedaron viendo, un tanto atemorizadas.

«Ups», pensé.

Lo había hecho otra vez. Sabía muy bien que esta clase de conocimiento no les interesaría.

Fue entonces que el donjuán de la clase, Kimura-kun, se acercó y dijo—: ¿Qué hay?

—Nada… —Todas respondieron.

Aparentemente, las historias de Boogiepop se mantenían en secreto de los chicos.

Un mito que solo las chicas conocían. Tal parece que soy la última de la clase en enterarse.

Siempre lo soy.

—…

Eso me deprimió un poco, así que solo escuché la conversación a medias, asintiendo con la cabeza cuando me pareció apropiado.

Mi interés en la psicología criminal y anormal proviene de una experiencia personal que tuve.

Hace cinco años, en séptimo grado, casi fui asesinada.

Había un asesino en serie escondido en nuestra ciudad, y se mató justo cuando la policía estaba a punto de atraparlo.

El asesino sentía placer sexual al matar, lo cual es bastante raro, pero entre las notas que dejó hubo una con mi dirección y un relato detallado de la ruta que tomaba para ir a la escuela.

Si no se hubiera suicidado, resulta que yo habría sido su próxima víctima.

La policía investigó a mi familia para ver si tenían alguna conexión con el asesino, solo para estar seguros. Nosotros, por supuesto, nunca lo habíamos visto antes. Mis padres trataron de mantenerlo en secreto, pero me enteré de ello cuando la policía empezó a interrogarme directamente.

Estaría mintiendo si dijera que no fue conmocionaste.

Pero más poderoso que esa conmoción fue la sensación irreal que me dio.

Mi vida había estado en manos de alguien que no tenía ninguna conexión conmigo. No podía entender la idea, que es exactamente el cómo me interesé en ese tipo de cosas para empezar.

Nunca les dije a mis amigos el porqué.

Sabía que me mirarían diferente si lo hacía. «Le gustaba al psicópata», dirían, lo cual es una razón más que suficiente para ponerme en la lista de acosados. Era una verdad demasiado dura como para reírse de ella.

Pero solo estar interesada en ese tipo de cosas era suficiente para hacerme diferente, y la clase tendía a tratarme como la criminóloga², mas está muy lejos de tratarse de acoso.

 

◇ ◇ ◇

 

Después del almuerzo, todos nos largamos a nuestras aulas de quinto período.

Aunque estaba en el programa de ciencias, mi siguiente clase era de japonés moderno, una asignatura que automáticamente me ponía de los nervios. Nuestra escuela te permitía elegir entre las concentraciones de ciencia y humanidades en tu segundo año, pero aun así teníamos que completar un curso del otro programa durante nuestro segundo año. Un requisito absurdo, si me preguntan.

Una amiga de otra clase que también estaba obligada a tomar japonés andaba conmigo por el pasillo techado.

Normalmente, éramos tres, pero hoy Niitoki-san estaba en una reunión del comité disciplinario.

Mientras caminábamos, se oyeron los altavoces anunciar:

—»… Touka Miyashita, segundo año, clase C. Por favor, regrese inmediatamente a la enfermería. Touka Miyashita, segundo año, clase C…

—Vaya, ¿a dónde habría ido Touka? —preguntó la chica a mi lado. Ella estaba en la misma clase.

—¿Ella estaba en la enfermería?

—Sí, se enfermó al comienzo de la cuarta campana…

—¿Lo habría fingido?

—Pues… Ella está saliendo con un estudiante de último año.

—Entonces, ¿se saltó clases por una cita?

—Tal vez. Pero salir con alguien va contra las reglas, así que no se lo digas a Niitoki-san —dijo, poniendo un dedo delante de sus labios.

Le lancé una mueca.

—Nunca lo haría.

—Ellos probablemente ahora están en la azotea o algo así… —dijo, mirando por la ventana.

De repente, ella soltó un grito agudo.

—¿Qu-qué pasa? —pregunté, asustada.

—¡A-a-allí! —Señaló hacia la ventana, con el dedo temblando.

—¿Qué cosa?

—¡Boogiepop! ¡En la azotea!

—¿Eh? —Asomé la cabeza por la ventana.

Pero no había nada.

—No hay nada.

—¡Lo había! ¡Yo lo vi! ¡Seguro se alejó!

—¿Estás segura de que no era otra persona? Miyashita-san, por ejemplo.

—¡No lo creo! ¡Tenía un sobrero negro! ¡Como un tubo! —dijo ella, aún en pánico.

Evidentemente, ella estaba alucinando, pero nadie cree eso que cuando les sucede a ellos mismos. La psicología inversa era más efectiva. Si yo fingía creerle, ella empezaría a escucharme.

—Vale. Vayamos a ver. —Le dije, y ella se volvió a mirarme con horror.

—¿Ah?

—Si Boogiepop es real, entones quiero verlo.

—¡No! ¡No lo hagas! ¡Es peligroso!

—No te preocupes. Adelántate, te veo en el aula.

Me dirigí a la azotea.

Subí corriendo casi todas las escaleras, y estaba casi sin aliento cuando llegué a la puerta.

Pero la puerta de la azotea estaba cerrada con llave. Oh, cierto; ahora la mantienen cerrada después de que alguien se lanzó.

Me asomé por la ventana. Podía ver la mayor parte de la azotea, pero no había nadie allí.

Cuando bajé las escaleras, ella me estaba esperando, parecía preocupada.

—¿Qu-qué pasó?

—Allá no hay nada.

—¿En serio?

—Sí. Busqué por todas partes.

—Vaya. Será que me lo habré imaginado… —dijo ella, aliviada.

—Supongo —respondí, sorprendida de hallarme decepcionada.

Mientras nos dirigíamos a la clase, se me ocurrió que había una escalera de incendios en la parte de atrás de la azotea, y si alguien hubiese bajado por ahí, no habría podido de verle. Pero era demasiado tarde para ir a ver ahora.

Nada de eso volvió a ocurrir, y nuestras vidas pacíficas y seguras siguieron adelante.

 

 

—Oye, Suema. Dime, ¿qué piensan los asesinos? —Kyoko me preguntó repentinamente, un día a finales de otoño, cuando íbamos de camino a casa desde la escuela.

—¿Eh? ¿Por qué preguntas?

Ambas andábamos por la orilla del río.

Kyoko y yo éramos las únicas dos miembros de nuestro círculo de amigos que caminaban a la escuela, así que siempre íbamos a casa juntas. La mayoría de los estudiantes toman el autobús para ir a la escuela. Casi nadie caminaba, así que no había nadie más que nosotras en la calle.

—Oh, por nada. —Kyoko desistió.

—Últimamente andas siempre preguntándome cosas así. ¿Qué sucede?

—No es nada. Déjalo así.

Pero tenía que haber algún motivo.

—Venga, dímelo.

—Verás… —Kyoko empezó a susurrar.

—¿Sí?

—Ahora está suspendida, ¿cierto?

—¿Cómo? Ah, ¿te refieres a Kirima-san?

Hace dos semanas, ella fue suspendida por fumar en el terreno de la escuela. Debía volver al día siguiente, sin embargo.

—¿Crees que… realmente mataría a alguien?

—¿Ah? —Dudé de mis propios oídos.

Claro, era la chica rara, pero Nagi seguía siendo nuestra compañera de clase. Difícilmente se merecía ser llamada asesina.

—¿De qué estás hablando?

—Tú misma lo dijiste… ¿Cuándo fue…? Estábamos almorzando.

Eso fue hace mucho tiempo. Lo había olvidado por completo.

—¿Lo hice? Bueno, puede que sí.

—¿En verdad lo crees? —Kyoko hablaba muy en serio.

—Aunque lo haya dicho, fue solo para dar un ejemplo —expliqué apresuradamente.

—Esa chica es aterradora. —La expresión de Kyoko no cambió.

—Bueno, admito que no es fácil de tratar…

—Le hizo algo a una chica que conozco. Ella no ha sido la misma desde entonces. —Le temblaba la voz. Lo decía en serio. No estaba bromeando.

—¿Algo? ¿De qué hablas?

—La amenazó, creo.

—¿Por dinero?

—No, no por dinero. —Kyoko meneó la cabeza—. Ella es rica, ¿sabes?

—Ya. Que tiene su propio apartamento. Entonces, ¿por qué fue?

Kyoko no respondió.

Como cualquiera en la tierra, le dije que podía guardar un secreto, pero aun así no dijo nada, así que le pregunté:

—¿Tiene algo que ver con el motivo por el que suspendieron a Kirima-san?

—No sé…

—¿No sabes?

—Siento que ella se suspendió por eso… —dijo Kyoko.

Yo no lograba seguirle el hilo.

Ahora que lo pienso, Nagi no había sido suspendida por fumar, sino por tener un cigarrillo en los labios.

Y el lugar en el que la había pillado, fue el salón de los profesores. Habría sido extremadamente extraño si no la hubieran atrapado. Una profesora la descubrió, y Nagi la miró tan ferozmente que ella huyó y se encontró con un profesor, haciendo un gran alboroto.

No dio ninguna excusa. Ni disculpas.

Nunca lo hacía.

Jamás la escuché decir «lo siento» en todas esas veces que los profesores le habían gritado.

Una vez, un profesor la regañó por mirar por la ventana, y Nagi había dicho en broma: «Qué aburrido». Sin embargo, sus notas eran demasiado buenas para que los profesores tomaran medidas drásticas.

De todos modos, ella se saltaba muchas clases.

Y no estamos hablando de irse antes de que suene la campana. No, ella se saltaba todo el día; ni siquiera venía a la escuela… ¡por tres días seguidos! Empero, cuando regresaba, ella sabía todo lo que se había cubierto en su ausencia y podía responder cualquier pregunta que los profesores le hicieran.

Nadie sabe lo que hacía cuando no estaba en la escuela y nadie se atrevió a preguntar.

Era enigmática y más que un poco aterradora, así que en algún momento su apodo se volvió: «la Bruja de Fuego».

Se rumoreaba que esto se debe a que conocía alguna clase de magia negra, algo así como la «Danza del Karma», lo cual sonaba bastante plausible. ³

Aun así, era difícil imaginar que ella se hizo suspender intencionalmente. Las suspensiones se incluían en su expediente permanentemente.

—Me suena un poco exagerado. —Le dije a Kyoko, pero no me respondió.

Se quedó mirando al aire, murmurando:

—Me va a matar…

Esto no podía ignorarlo.

—¿Por qué? ¿Para qué lo haría?

De pronto, todo el cuerpo de Kyoko se estremeció de golpe, y luego se congeló.

—¿¡Aaah!?

Volví la mirada hacia donde ella veía.

Había una muchacha parada en el camino a pocos metros de nosotras. Estaba sentada en la orilla y se levantó cuando nos acercamos.

Llevaba una vieja y gastada chaqueta de cuero y unos gruesos pantalones de cuero. Tenía protectores metálicos en sus rodillas y codos, como los que usan los motociclistas. Su pelo ligeramente ondulado estaba recogido en un pañuelo, y debajo de las cejas, sus ojos eran menos brillantes que relucientes. Tenía su mirada puesta en nosotras…, o en Kyoko.

—Te he estado esperando, Kyoko Kinoshita —dijo con su distintiva voz masculina.

Era la suspendida Nagi Kirima, en carne y hueso.

—¡No! ¡Aaaah! —gritó Kyoko.

Salió corriendo detrás de mí, empujándome hacia Nagi.

Tambaleándome, casi choqué con Nagi mientras esta corría hacia nosotros.

Pero Nagi me pasó de largo sin siquiera mirarme y se fue tras Kyoko.

—¡E-espera! —grité mientras me apresuraba a perseguirle, pero Nagi era rápida. Viendo de cerca, llevaba unas grandes botas negras.

Al principio pensé que eran de goma, pero me equivoqué. Eran botas de trabajo con punta de acero, del tipo que usan los trabajadores de construcción.

Del tipo que no se puede aplastar, aunque caigan varias toneladas sobre ellas. Patea a alguien con eso, y bien podrías matarle.

Esto claramente no es una cuestión de moda. Era un nivel más allá de la ropa de los motociclistas o las air sneakers.

La bolsa en su espalda se encontraba atada a su cuerpo, y no parecía moverse mientras ella corría. Era como si…

«¿¡Como si estuviera vestida para combatir!?».

Ninguna chica normal de secundaria se vestiría así. Ni siquiera alguien de una pandilla.

Parecía más bien un sicario.

—¡A-ayuda! —gritó Kyoko.

—¡Pide ayuda y tendrás que hablar con la policía! —Nagi le gruñó.

Eso hizo callar a Kyoko. Se detuvo en seco.

Eso le bastó a Nagi; cerró la distancia entre ellas, y le arremetió sin piedad por detrás. Ambas chicas golpearon el suelo, resbalando por la orilla del río.

Jadeando, las alcancé para encontrar a Nagi retorciendo el brazo de Kyoko detrás suyo. Parecía un agarre de algo que había visto en la televisión, como judo o kung fu. Kyoko no podía mover ni un solo músculo. Claramente no habíamos aprendido a luchar así en la escuela.

—¡Ay, ay, ay! ¡Suéltame!

—¿Quieres que siga y te lo rompa? Incluso a ti te tomaría un tiempo curarlo. ¡Qué tal suena, Mantícora!

No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.

—No, ¡no lo hagas! Nunca lo volveré a hacer, ¡lo juro! —chilló Kyoko.

—¡Déjala ya, Kirima-san! —grité, saltando sobre ella, pero me echó con una patada.

Ella volvió a dirigirse a Kyoko:

—No soy solo yo. ¡Ecos también te está buscando! ¡Sigue actuando y perderás un brazo! Así, ¡no tendrás ninguna esperanza de ganar!

¿De qué demonios estaba hablando?

—¡Lo juro! ¡Lo juro por Dios que nunca más me drogaré! ¡Por favor, no lo hagas! ¡Por favor! —sollozó Kyoko.

¿Drogas?

—¡Sé que mataste a Akiko Kusatsu! ¡No me mientas! —rugió Nagi.

Por un momento pensé que mi corazón se detuvo.

¿Akiko Kusatsu…?

Ese era el nombre de una chica de primer año que había desaparecido.

—¡No lo hice! No fui … ¡No fui yo, lo juro! ¡Ella solo me dio las drogas!

Se produjo un crujido desagradable en el brazo de Kyoko.

Los ojos de Kyoko se pusieron en blanco.

—Carajo, ¡eras normal! —gruñó Nagi, soltándola.

Kyoko rodó por la orilla.

—¿Kyoko! —grité, apurando hacia ella y rodeándola con mis brazos.

—No te preocupes. Me detuve antes de que estropear la articulación. Le dolerá por unos días y luego se pondrá bien —dijo Nagi.

Kyoko estaba temblando.

—¿¡Qué está pasando!? —grité.

—Deberías preguntarle a la propia Kinoshita, Suema-san —respondió Nagi, con su voz completamente serena.

Los dientes de Kyoko castañeaban. Ella casi se muere de miedo. Comprensiblemente; yo también.

—¡Esto es pasarse mucho de la raya!

—Pero es mejor que ser arrestada, ¿a que sí, Kinoshita? —dijo Nagi. Kyoko se tensó—. Espero que aprendas de esto. La próxima, sabrás que no debes hacer estupideces solo porque tus amigas las hagan.

Se dio la vuelta para irse.

—¡Espera! —grité.

Nagi me miró, y dijo:

—Suema-san. Tal vez sea hora de dejar atrás lo que pasó hace cinco años. Si te obsesionas demasiado con algo como eso, se volverá contra ti.

Su voz ronca coincidía perfectamente con su cara varonil. Pero ese no era el problema.

—¿C-cómo lo…?

¿¡Cómo supo que casi fui asesinada hace cinco años!?

—E-espera un momento… —Traté de detenerla, pero la Bruja de Fuego se alejó sin decir una palabra.

 

 

Tuve que jurar que guardaría el secreto antes de que Kyoko me dijese algo.

—Nosotras… estuvimos en la misma secundaria. Todas estábamos en el equipo de tenis de mesa. Incluso en la secundaria, pasábamos el rato juntas.

»Kusatsu era una de nosotras, pero un año más joven. Ella era la capitana del equipo cuando estábamos en tercer año, así que dejamos de pensar en ella de esa manera.

»Entonces, tres meses atrás, Kusatsu llamó para decir que tenía algo bueno, y que todas deberíamos vernos con ella.

»Era un tipo raro de droga.

»No, no era una droga de alta calidad; creo que era algo más. Era una especie de líquido azulado y traslúcido. Lo olías y era como si tu cabeza se abriera, como si te volvieras transparente, como si cada rincón de tu cuerpo fuese lavado.

»¿Pegamento? No… Bueno, no sé, pero no tenía un olor tan fuerte.

»Kusatsu no nos dijo mucho, pero explicó que una compañía farmacéutica la creó como producto de prueba. Sí, probablemente era un disparate. Pero meh, era gratis, así que todas probamos…

»Pues sí. Nunca nos cobró nada.

»Ella nunca fue exactamente una persona generosa, así que no sabría decirte por qué…

»Y un poco después, las de nuestro grupo empezaron a huir.

»No, ¡yo no sé adónde fueron! No se lo dijeron a nadie. Ellas solo, ya sabes, desaparecieron. Sí, y las chicas de otras escuelas también.

»Y luego, Kusatsu desapareció. En ese momento, el resto de nosotras comenzamos a preguntarnos si tenía algo que ver con las drogas. No sabíamos de dónde las había sacado, pero tal vez era algo que nadie debía saber y nos estaban sacando. Entonces, de repente, una de nosotras anunció que ya no tendría nada que ver con nosotras.

»Esto nos puso de los nervios. Teníamos que saber la razón.

»Ella dijo que Nagi Kirima la había amenazado. De alguna manera, se enteró sobre las drogas y le había dicho que no las volviera a tocar.

»Pero no acabó ahí. Ella golpeó a todas las chicas… en orden. Yo fui la última.

»Empezó hace dos semanas, justo después de que la suspendieran.

»Por eso dije que se había suspendido intencionadamente, para tener una buena razón para no venir a la escuela, y para poder moverse libremente.

»¡No! ¡No volveré a tocar las drogas nunca más!

»¿Ah? ¡Ni en broma! ¿Por qué iba a conocer a Nagi Kirima? Yo… siempre la he evitado.

»¡Por favor, no se lo digas a nadie, Suema! ¡Mantenlo en secreto! Probablemente tampoco debería habértelo dicho a ti. Pero tenía que hacerlo. ¡Solo tenía que hacerlo!

Guardar silencio era demasiado aterrador… Me pesaba.

Abracé a Kyoko, consolándola hasta que dejó de llorar. Luego matamos el rato en la mesa de un First Kitchen para que su cara volviera a la normalidad antes de llevarla a casa.

Ya era de noche, y mientras caminaba por las calles oscuras, me puse a pensar.

Su fragmentada historia sugería que ella solo había visto una pequeña parte de lo que realmente estaba pasando. No puedo adivinar mucho a partir de lo que me han dicho, pero sonaba a que ella no fue una de las cabecillas de este grupo de ex jugadoras de tenis de mesa.

Era más bien como si hubiera hecho lo que las chicas menos estables le decían; solo una tercera rueda, aferrándose a las chicas guais.

Ni siquiera era una víctima. Solo estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Nagi dijo que Akiko Kusatsu había sido asesinada…

Y ella sabía sobre mi pasado.

Pero… ¿cómo?

¿Quién era ella?

¿Debería decírselo a la escuela… o a la policía?

«Pero se lo prometí a Kyoko…».

Si se corriera la voz de que Kyoko se drogaba, sería el fin para ella. Estaría acabada. Y tampoco terminaría con la suspensión; sería expulsada como un ejemplo para los otros estudiantes. No quería hacerle eso.

Estaba muy oscuro afuera.

La luz de la calle sobre mí no ha sido cambiada en años, y parpadeaba con locura.

—…

Dejé de caminar.

Abrí mi bolso bajo la luz inestable, y gracias a mi mala costumbre de llevar demasiadas cosas conmigo todo el tiempo, pude sacar el directorio de la clase. En él no solo aparecían los números de teléfono, sino también las direcciones.

Busqué la dirección de la persona tres nombres antes que el mío.

Para mi sorpresa, Nagi Kirima vivía, al igual que yo, cerca de la escuela. Podía caminar hasta allá.

«Bien, ¡hagámoslo!».

Cerré mi bolso y caminé tan rápido como pude hacia esa dirección.

Pero ¿por qué tenía que encontrarme con ella?

Kyoko, que en realidad era partícipe, estaba huyendo tan rápido como podía. Esa fue la reacción más natural. Cualquier persona normal haría lo mismo.

Yo era claramente un tercero, y no tenía nada que ver con nada.

Pero eso no me gusta.

Hace cinco años, todo sucedió sin que yo supiera. Solo me enteré cuando todo hubo terminado. Mi propia voluntad no tuvo nada que ver en el asunto.

Si había algún peligro, yo quería verlo de frente.

Por eso busqué a Boogiepop, pese a que claramente no existía. Para mí era todo lo mismo. No me importaba lo que fuera…, solo quería enfrentarme a algo.

«No más bendita ignorancia para mí».

Puede que Nagi Kirima sea realmente una bruja. Esperaba que lo fuera.

 

◇ ◇ ◇

 

—… ¿Ah?

Me hallaba en la calle correcta, pero no había edificios de apartamentos, solo casas.

Comprobé la dirección una y otra vez, pero estaba claramente en el lugar correcto.

Pero no pude encontrar ninguna casa con el nombre «Kirima» en la puerta. Al revisar nuevamente el directorio, advertí «Taniguchi» escrito en caracteres muy pequeños al lado. Ella ha de vivir allí.

«… Debe ser ese guardián de distinto apellido».

Había una casa con «Taniguchi» en la puerta, y los números parecían coincidir.

Era un hogar que parecía de lo más normal, una casa prefabricada como cualquier otra. Un poco del lado de los acomodados, pero igualmente normal.

Incapaz de relacionarlo con la extraña apariencia de Nagi durante nuestro primer encuentro, dudé, reflexionando durante un buen rato antes de pulsar el timbre.

Por fin haciéndolo, se escuchó el timbre poco emotivo y ultra normal.

—¿Quién es? —dijo la voz del intercomunicador, sorprendiéndome. No era la voz de Nagi, sino la de un chico.

—Um, soy, uh… ¿Está Kirima-san…? —tartamudeé, toda nerviosa.

—¿Eres amiga de Nagi? —dijo la voz con bastante alegría.

Un momento después, la puerta se abrió. El alegre muchacho se paró en la puerta. Era más alto que Nagi o que yo, pero más joven; probablemente esté en secundaria. Y esa sonrisa… era amistosa y cálida.

—Pase adelante. Pero me temo que Nagi aún no ha llegado a casa.

—O-oh, pues…

—Entra y espérala. Ella debería volver pronto.

Me condujo a la sala de invitados.

El interior también era normal.

Había incluso un juego de muñequitos con la forma de los signos del zodíaco encima del armario.

—Aquí tienes —dijo el muchacho, dejando una taza de té y un plato de galletas delante de mí.

—Um, gracias.

Estaba muy bueno. No sé nada sobre té, pero estoy bastante segura de que esto es lo que llaman un buen té.

—Cielos, creo que es la primera vez que conozco a una amiga de Nagi —dijo el muchacho airosamente.

—Y-y ¿tú eres…? —Le pregunté.

—Su hermano —respondió.

No se parecen en nada.

—Um… Había oído que Kirima-san vivía sola, así que…

—Sí, llegué aquí hace unos seis meses. Viví en el extranjero con mis padres hasta la primavera pasada, pero tengo exámenes de ingreso para la escuela secundaria el próximo año, así que pensé que debería acostumbrarme a Japón primero.

—Tus padres…

Nagi tenía padres después de todo. Pero ¿por qué se llamaban Taniguchi?

En ese momento, oímos una voz diciendo: «estoy en casa», desde la entrada. Era Nagi.

—Por aquí —dijo su hermano mientras se levantaba, y se iba a su encuentro.

—¿Has traído a otra chica a casa? —dijo Nagi.

Su hermano se echó a reír.

—Esta es tuya. Te ha estado esperando.

Casi chillé cuando Nagi entró.

Se había puesto el uniforme escolar, como si acabara de llegar de la escuela.

—Oh, eres tú —dijo Nagi en voz baja mientras yo me quedaba sin palabras—. Vamos arriba.

Siguiéndola, subimos a su habitación.

En contraste con la planta baja, su habitación estaba libre de decoración; nada más que computadoras y libros. Una cama, dos escritorios. Uno era para estudiar, aparentemente, ya que la superficie estaba vacía. El otro escritorio era para su ordenador o, debería decir, ordenadores. Era difícil saber cuántos tenía.

Había varias torres de computadoras en forma de caja y una variedad otras máquinas conectadas a ellas. Tenía tres monitores diferentes, todos alineados uno al lado del otro. En un principio asumí que dos de ellos podrían ser televisores, pero los salvapantallas eran un claro indicativo. Peor aún, la pila de maquinaria continuaba en el suelo, ocupando casi la mitad de la habitación de diez alfombras. Se sentía menos como el dormitorio de una chica y más como la guarida secreta de un hacker loco. Para mi sorpresa, no había señales de ningún libro de magia negra.

Todos los libros que llenaban las estanterías de Nagi eran solo un montón de libros de referencia y tomos de tapa dura que parecían difíciles de leer. De todas maneras, la colección de aparatos informáticos de Nagi parecía superar a la de los libros.

Nagi sacó la silla del escritorio para estudiar y me la ofreció diciendo:

—Siéntate.

—Vale. —Le dije, y lo hice.

—¿Sorprendida?

—¿Hm?

—Por Masaki. Todos piensan que vivo sola.

—Ah, sí. No sabía que tenías un hermano.

—No es mi hermano. No somos parientes —respondió Nagi, meneando la cabeza—. Es el hijo del segundo marido de mi madre, de un matrimonio anterior. Es un buen chico, pero demasiado bueno con las palabras. Crecerá para ser un verdadero donjuán. Pobre de él.

—Entonces, ¿por eso su apellido es…?

—Cierto. Ese es el apellido del marido de mi madre. Me quedé con el viejo.

—Hmm… Y ¿por qué?

—Porque tengo un complejo de Electra —respondió Nagi.

No supe decir si ella estaba bromeando.

—¿Tu padre es…?

—Pensé que lo sabrías. Es Seiichi Kirima. Escribió muchos libros.

—¿¡Qué!? —Le interrumpí energéticamente—. ¡Estás bromeando!

—Nop.

—Pero… ¿¡te refieres a «ese» Seiichi Kirima!?

Por supuesto que lo conozco. Aprendí la mayor parte de lo que sé sobre psicología criminal o psicología profunda de sus libros. El grito interior: Trastorno de personalidad múltiple, o Cuando un hombre mata a un hombre, o Donde la mente del asesino cambia, o Una pesadilla de aburrimiento, o La proliferación del «no sé», o Contra el Imaginador, y así sucesivamente. De hecho, nunca leí ninguna de sus novelas, solo sus escritos científicos. Se llamaba a sí mismo un pensador moderno, pero vaya que escribió un buen número de libros.

—Ese es mi padre. Aunque ahora está muerto.

—Sí, eso lo sabía… Pero ¿hablas en serio? No, quiero decir, ¿de veras, de veras?

—¿Por qué iba a mentir?

—Ya lo sé, pero…

—¿No llegaste a pensar que tengo un nombre extraño?

—Nunca se me pasó por la mente. Ahora me pregunto por qué no.

Aun si pregunto, ya sabía la respuesta. Inconscientemente me había convencido de que Seiichi Kirima o cualquier otro escritor difícilmente viviría cerca de mí. Quizás quería que la gente que tanto admiraba viviera en un plano más alto de la existencia que yo.

—Básicamente, estoy viviendo de la herencia. Y no es que pueda decirle que no, pues paga la escuela.

—¿En serio? Pero tu madre…

—Ya no estaba casada con él. Yo quedé con todo. Ella se deshizo de su mitad por cuenta propia. Ya era una Taniguchi, y no quería tener nada que ver con Kirima. Eso se encargó de los impuestos, así que yo estoy pagando el alquiler de aquí.

Aquí estaba yo, una chica normal de una típica familia tradicional de clase media, y estoy sentada escuchando a la mismísima Bruja de Fuego hablando de su vida atípica. Toda su situación me parecía irreal. No es de extrañar que actué como lo hace. Ni siquiera fue criada en un ambiente apropiado.

—Um, entonces… —Aun así, había algo que tenía que preguntar.

—¿Qué? ¿La razón?

—Sí. ¿Por qué salvaste a Kyoko?

—Vaya, vaya. ¿Llamas a eso salvar? —Nagi pareció encantada.

—Ella me contó todo. Tomó una droga extraña. Salvaste a todas las chicas de eso, ¿no es verdad?

—Tal vez lo hice, tal vez no.

—¿Por qué? ¿Cómo te enteraste? ¿Qué hiciste al respecto? —Estaba incesante.

Nagi solo se me quedó viendo.

Sentí mi corazón latiendo con fuerza. Es sin duda alguna bastante bonita. Sentí que ella podría decir: «usé magia».

Lo que realmente dijo fue:

—Mi padre murió cuando yo tenía diez años.

—V-vaya —tartamudeé, sintiendo que debía dar alguna respuesta.

Ella siguió como si no le importara si yo estaba escuchando o no.

—Mi madre ya nos había dejado antes de que muriera, así que solo estábamos nosotros dos. Nunca bebía y no se la pasaba persiguiendo mujeres. Todo lo que hacía era trabajar. Un día, llegué a casa de la escuela y lo encontré tirado en el suelo. Llamé a una ambulancia, pero todo lo que pude hacer fue esperar a su lado mientras él escupía sangre.

»Me preguntó: «Nagi, ¿qué opinas acerca de ser normal?».

»Yo no sabía lo que quería decir, así que negué con la cabeza.

»Él dijo: «Normal significa que dejas todo como está y nada cambia nunca. Si no te gusta eso, tienes que hacer cosas que no son normales. Por eso yo…».

»Esas fueron sus últimas palabras. Se desmayó y no volvió a despertarse. La causa de muerte fue una perforación gástrica que provocó la disolución de los órganos internos. Una forma asquerosa de morir. Hasta escuché que cuando el doctor le abrió el estómago en medio de la cirugía, el olor era tan malo que las enfermeras veteranas empezaron a vomitar en el suelo.

»Y ¿entonces qué? Pues no sé. Solo dejé de vivir con normalidad después de eso.

Ella se detuvo.

Cuando no dije nada en respuesta, ella añadió:

—Es un complejo de Mesías.

—¿E-en serio?

Solo por su cara, uno pensaría que es una belleza recatada. Me descubrí observando sus delicados labios, de alguna manera incapaz de verle a los ojos.

—Soy una psicópata, ¿vale? Tengo todos los traumas de la infancia que cualquiera podría querer, aquí mismo.

Ella dijo cosas perturbadoras con tanta facilidad. Pese a todo, no me pareció una monomaníaca.

—Pero eso… —Quise seguir, pero Nagi se giró hacia el ordenador que estaba detrás suyo, interrumpiéndome. Se conectó en uno de los ordenadores, cargó un programa y pulsó unas cuantas teclas.

Una lista apareció en una de las pantallas. La lista llegaba hasta la parte inferior de la pantalla. Parecía ser una lista de nombres de personas con números después de ellos.

—Aquí —dijo, señalando la pantalla.

Se leía: «2-D-33 Kazuko Suema 8:25 AM-3:40 PM».

—Eso es… —dije, dándome cuenta de que era mi propio registro de asistencia.

—Estoy conectada a la red de la escuela. Puedes obtener un esquema básico de los movimientos de un estudiante con esto. Me percaté de que el grupo de Kinoshita empeoró de repente, así que eché un vistazo. Ergo, me topé con la historia de la droga.

—¿Eso no es ilegal? —Estaba horrorizada.

—Por supuesto que lo es —dijo de buena gana.

Mi boca se movió, pero no salió nada.

—Tengo que hacer esto —dijo en voz baja—. Las escuelas están algo aisladas del resto de la sociedad. Es un ambiente extraño donde la policía no puede hurgar. Sucede algo violento, ya sea causado por un estudiante o un profesor, y lo primero que hacen es tratar de encubrirlo. Incluso si alguien muere, cogerán el ejemplo de la época, y afirmarán que fue un suicidio causado por el acoso, luego buscarán a unos estudiantes que parezcan matones, y simplemente los expulsan… Y eso puede acabar siendo suficiente, la mitad de las veces.

—E-eso es cierto, pero…

—Sé que está mal, pero alguien tiene que hacerlo. No podemos esperar que esos estúpidos profesores lo hagan.

—Eso no es lo que quise decir, pero…

Pero ¿quién es esta chica, que intencionalmente se suspendería para hacer algo así?

Un complejo de Mesías…

Era un tipo de megalomanía espeluznante, en la que te creías una especie de salvador.

En los libros de Seiichi Kirima, hubo un caso en el que un hombre de mediana edad creía ser Batman, se puso un disfraz y atacó a un sospechoso de asesinato absuelto. Terminó siendo asesinado y el asesino quedó impune por segunda vez, alegando defensa propia. Si el sospechoso hubiese sido realmente inocente, todo el asunto sería una tragedia basada en principios absurdos, pero si fuera culpable, entonces era una tragedia en la que la justicia había sido completamente derrotada por el mal. De cualquier manera, era una historia triste de contar.

Y así es como Nagi Kirima se veía a sí misma.

Ciertamente, Seiichi Kirima pasó la mayor parte de su tiempo analizando fenómenos siniestros en las entrañas de la mente humana, publicando libros y artículos sobre las distorsiones de la realidad que hacían que la gente cometiera crímenes; por lo que se podía argumentar (de querer hacerlo) que también él tenía un complejo de Mesías.

Que su hija —una que se había diagnosticado a sí misma con un complejo hacia su padre, nada menos— fuese igual no era particularmente extraño, pero…

Mientras me mantuve en silencio sentada, Kirima me arrojó un teléfono. No uno en la línea de la casa, sino uno indudablemente sacad a su nombre y pagado de su propio bolsillo.

—Llama.

—Um… ¿A quién? —pregunté, abriendo los ojos.

Para mi sorpresa, Nagi respondió:

—A tu casa, pues claro. Diles que vas a traer a una amiga a casa para la cena, y que deberían hacer más comida para otro más.

 

 

Al día siguiente, Nagi vino a la escuela, librada de su suspensión. Kyoko la evitó, y a pesar de perseguirnos el día anterior, Nagi actuó como si no nos conociera. Desde el inicio de la primera clase, estaba desplomada sobre su escritorio, durmiendo profundamente. Los profesores no dijeron nada, aparentemente dejándola ser.

Nagi se levantó para ir al baño una vez durante el descanso, y yo me escabullí tras ella sin dejar que Kyoko me viera.

—Um, Kirima-san —dije.

—¿Hm? —Devolvió remotamente la mirada, claramente aún medio dormida—. Oh, tú de nuevo. Lo siento, pero voy a estar despierta toda la noche, así que necesito dormir un poco mientras pueda. Hablamos más tarde, ¿vale? —Terminado su trabajo, volvió al aula y se fue directo a dormir.

—…

Tenía ganas de hablar más con ella sobre lo de ayer, pero todos mis intentos se vieron claramente frustrados.

Al final acabé llevando a Nagi conmigo para cenar en mi casa la noche anterior.

¿Por qué? Porque ella dijo:

—Tus padres probablemente se preocupen bastante al ver a su hija llegando tarde a casa, con lo que pasó antes y todo eso. Diles que te encontraste conmigo y que me invitaste, ya que mis padres están de vacaciones.

Como ella tenía razón, hice lo que me dijo.

Su hermano, un pariente no sanguíneo, dijo: «vuelve pronto», cuando salimos de la casa Taniguchi. Estaba muy oscuro, el sol se había puesto hace tiempo.

Partimos a pie, con Nagi siguiéndome en silencio.

Incapaz de soportar el silencio, hice una pregunta toda.

—¿Nunca muestras tu lado blando, Kirima-san?

—Claro. Tengo cuidado de no ser demasiado dura Puedo hacer de una chica normal. —Su voz subió una octava mientras decía esto, y forzó las comisuras de su boca hacia arriba, formando una sonrisa de aspecto dudoso.

Era una chica bonita, así que no se veía tan innatural.

—Bueno, vale —dije, riéndome. Pero lo que le había preguntado no es lo que yo realmente quería saber.

Mientras me reía, ella dijo—: Eres lista, ¿no es así?

—Supongo… —No sabía cómo tomar esto, viniendo de la chica que tuvo el mejor puntaje en los exámenes de ingreso y la mejor estudiante de la escuela, en lo que a exámenes de recuperación se refiere.

—Yo pienso que sí. Por eso te expliqué lo que hice, ¿sabes?

—Ya. No se lo diré a nadie. —Lo decía en serio. Después de todo, nadie me creería.

—Eso no es lo que quiero decir —explicó, meneando la cabeza—. Es sobre Seiichi Kirima.

—¿Hm? ¿Qué pasa con él?

—Has estado estudiando sus libros, pero su hija hace este tipo de estupideces todo el tiempo. En otras palabras: vete mientras puedas. —Sus hombros se desplomaron.

Me detuve y me le quedé viendo.

—¿Por qué dices esas cosas?

—¿Por qué? Ese lío de hace cinco años no tiene nada que ver contigo. Suéltalo. Se volverá en tu contra, atormentándote. Deformará tu personalidad, ¡justo como ha hecho con la mía!

—¿Por qué?

—¿Por qué…? —Nagi se mostró algo irritada—. ¿En verdad quieres acabar como yo?

Sus ojos me miraban con asombro, su rostro era el de la Bruja de Fuego. Pero no me eché atrás. Ya no tenía miedo. Le devolví la mirada, viéndola fijo a los ojos.

—¿Cómo supiste que casi me matan hace cinco años? Nunca se lo dije a nadie.

—Um, yo… —Nagi se puso tiesa. Había cometido un error—. Eso fue…

—Apenas has hablado con nadie de la clase, así que debes haber asumido que el pasado de la criminóloga era conocimiento público. Pero nadie lo sabe. Solamente las personas que fueron partícipes. Tan solo mis padres y la policía.

Nagi giró la cabeza a un lado para apartar la mirada.

—Dios mío.

Nagi permaneció en silencio.

—Así que fuiste tú —dije—. Tú me salvaste.

Nos habían dicho que el asesino se ahorcó. Pero esa explicación nunca me había sentado muy bien.

Ella se había encargado de él. Al igual que lo hizo salvando a Kyoko.

—Eso… no es importante. Fue hace mucho tiempo —dijo, hosca.

—¡Es muy importante para mí! He repasado esto cientos de veces. ¿Por qué sigo viva? ¿Solo estoy viva porque el asesino se mató sin más? Sí, eso me hace sentir muy bien, sabiéndolo. Eso significa que la única manera de que sucedan cosas buenas es si te sientas y esperas que las cosas malas se autodestruyan. ¿¡Qué clase de explicación es esa!? ¡Da asco! ¿Y sabes qué da más asco? Que no hay nada que podamos hacer para hacer del mundo un lugar mejor.

Sí.

Eso era.

La justicia puede prevalecer al final, pero a gente común y corriente como yo no tiene garantía de sobrevivir tanto tiempo. Podríamos ser asesinados primero por el capricho de algún asesino en serie.

Pero sabiendo que hay algunas personas luchando por nosotros, eso haría las cosas mucho más fáciles de soportar. Si supiéramos que esta gente nos ha salvados, nos sentiríamos mucho más vivos que si solo sobreviviéramos porque el malo se suicidó.

—Pero no fui yo —dijo Nagi fríamente.

—Mentirosa.

—Eso básicamente lo hizo Boogiepop.

De pronto se me presentó el nombre de un personaje ficticio, una leyenda urbana, y me sentí desconcertada.

—¿Cómo? —dije, perpleja.

—No importa. El punto es que no tienes nada por lo que sentirte responsable —dijo bruscamente. Su tono pareció implicar que había estado bromeando hace un momento, evadiendo mi pregunta.

—Pero yo…

—Por favor, ya no quiero hablar de ello —dijo, y se mordió el labio inferior.

Y así seguimos adelante, sin que yo haya dicho la cosa más crucial.

 

◇ ◇ ◇

 

Cuando empezó el tercer período, Nagi seguía dormida.

Me descubrí con los ojos fijos sobre la curva de su espalda.

Parecía tan aislada, tan solitaria.

Me imaginé que diciéndole tanto. Cosas como: «Kirima-san, todo lo que quería hacer era darte las gracias. Gracias por salvarme. Si no puedes pagarle a la persona que te salvó la vida, entonces hay algo malo con este mundo, ¿a que sí?».

Tristemente, no podía imaginarme cómo respondería.

Su cuerpo se retorció sobre el escritorio. Mientras lo hacía, ella gimió en voz alta.

El profesor finalmente se puso como loco, y gritó:

—¡Kirima!

La cabeza de Nagi se alzó lentamente de su escritorio.

—¿Qué…?

—¿Qué acabo de decir? Pensándolo bien, ¡resuelve esta fórmula! —El profesor golpeó la pizarra detrás de mí. Su escritura no era legible en el mejor de los casos, y el hecho de que hubo borrones aquí y allá no ayudaba en nada. Todo esto hacía casi imposible leer toda la ecuación si no se tomaban notas durante su clase.

Nagi entrecerró los ojos, mirando fijamente a la pizarra por unos segundos, y entonces dijo:

a<b, ab>c. Cuando c es un número racional: x=24, y=17/3, z=7.

Luego volvió a desplomarse sobre su escritorio.

La cara del profesor se puso roja como la remolacha. Ella acertó.

Todos soltamos pequeñas risitas, pero Nagi nos ignoró y se volvió a dormir.

Era tan solo otro típico día de escuela.

Su comportamiento extraño puede que sea su forma de prepararse para su próxima pelea, pero para el espectador casual, parecía insolente.

Ella se agitó aun dormida otra vez, gimiendo. El gemido sonaba extrañamente infantil, y tuve que reprimir una risotada.

Después de todo, ya había terminado la suspensión de la Bruja de Fuego, y estaba nuevamente con nosotros.

 

 

Interludio

Ecos vagaba por la ciudad. Las ropas que hubo conseguido hace una semana era ahora meros trapos andrajos, y la policía casi lo arrestó por actuar de forma sospechosa, aunque lo único que hizo fue caminar por la calle. Había sido salvado por un misterioso chico con un sombrero negro, y se las apañó para escapar sin herir a nadie. En el camino hasta allí desde las montañas, ya se había visto obligado a herir gravemente a seis personas.

Él sabía que la Mantícora estaba cerca.

Pero los poblados humanos estaban construidos demasiado cerca, y la gente que vivía en ellos parecía congregarse. No tenía idea de cómo encontrar a la Mantícora en aquel lugar.

—…

A medida que el cielo se oscurecía, se encontró en un callejón trasero y, una vez más, colapsó cayéndose al suelo.

Esta vez, no había gente alrededor. El callejón olía como agua rancia.

—…

Miró al cielo nocturno, mas no pudo ver las estrellas desde allí. En las montañas, él había sido capaz de verlas incluso a plena luz del día.

Pero no podía seguir llorando. El chico del sombrero negro le había dicho—: Estás en pos de algo. Llora cuando lo hayas encontrado.

Esto era cierto.

No podía descansar aquí.

Tenía que detener la masacre de la Mantícora. La Mantícora se hizo de él. Era como su cría.

Ella tenía el poder de comunicación del que incluso él carecía, sin mencionar los poderes que le permitían mezclarse con el sistema ecológico de este planeta. Este «poder de transformación» en particular podía causar un daño incalculable al equilibrio ambiental de la civilización principalmente humana de este planeta e impedir que él lleve a cabo su objetivo principal.

Su objetivo…

Tenía que cumplirlo. Por eso fue creado. Pero la existencia de la Mantícora era un obstáculo para su objetivo, para su decisión.

Él tenía que tomar una decisión, de una manera u otra.

Esa decisión tenía que ser rigurosamente balanceada. Así como él, la Mantícora era ajena a este planeta y no debería existir en este lugar. Debía deshacerse de ella.

—…

Tambaleándose, se puso de pie.

Se escuchó un grito: una mujer joven había entrado en el callejón y lo vio.

Él agitó las manos tratando de mostrar que no iba a hacerle daño. Pero eso no fue necesario.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la mujer, acercándosele. No había sido un grito de terror, sino simplemente uno de sorpresa—. Oh, no. ¡estás herido! ¿Cómo te pasó esto?

Examinándola más de cerca, la mujer parecía ser apenas una muchacha.

Sin siquiera dudar, le limpió la sangre de la herida de la cabeza con un pañuelo de marca que parecía caro. La herida en sí había sanado hace tiempo, así que ya no sentía dolor alguno, pero la sangre seguía ahí, seca y pegada a la piel.

—H-herido… —dijo, tratando de explicar que no necesitaba ser atendido. Pero ella no dijo las palabras suficientes para que él respondiera, así que no supo producir una frase con sentido.

—¿Qué quieres que haga? ¿Llamo a la policía?

—P-policía… —Fue todo lo que pudo decir.

Pero la chica, de alguna manera, entendió que él quiso decir con esto.

—Nada de policía. Vale. ¿Dónde está tu casa? ¿Vives cerca de aquí?

Escogió algunas palabras de su discurso, forzando una frase—: N-nada de… ca-casa. —Cuando hablaba con la gente, solo podía devolverles las palabras que habían dicho, para no proporcionarles información más allá de los límites de su comprensión.

—¿Vagabundo? Pareces estar en algún tipo de aprieto.

Asintió con la cabeza. Agitó las manos, diciéndole que se alejara de él.

Ella le dio una palmadita en el hombro. Lenguaje corporal para «cálmate».

—Ni de coña. Si te dejo aquí, no podré pegar un ojo en toda la noche.

De alguna manera, parecía entender lo que él quería decir, pese a no poder hablar directamente.

—Hmm, déjame pensar… De momento, te dejaré en la escuela. Hay un lector de tarjetas en la entrada, pero recuerdo que hay una puerta trasera.

—Es-escuela…

—Así es. Yo vivo en un edificio de apartamentos, pero hay ojos entrometidos por todas partes. ¿Ves? No eres el único con problemas —dijo en broma, y le agarró el brazo, forzándolo a pararse. Luego lo arrastró consigo.

Él no sabía qué más hacer, así que la siguió.

«¿Quién es ella?», pensó y, casi al instante, ella respondió:

—¿Yo? Me llamo Kamikishiro. Naoko Kamikishiro. Soy una estudiante viendo mi último año en la academia Shinyo. Y ¿tú?

—Ah… Ooh… —No podía responder. No se le permitió dar a los humanos información sobre sí mismo.

—¿No puedes hablar?

—No… ha-hablar.

—Pero ahora estás hablando. Hmm… ¿Te llaman Ecos? Extraño nombre. Casi como si hubiese sido hecho para que yo te llamara.

Kamikishiro se echó a reír. Aun no se había dado cuenta de que estaba entendiendo cosas que él no había dicho.

—No te preocupes. —Ella le sonrió—. Conozco a una chiflada llamada Nagi. Siempre que hay problemas, hablamos con ella y normalmente se encarga de ellos. Asumiendo que no eres un tipo malo, Ecos. —Concluyó con un giño.

Sacó un teléfono móvil —su pulgar volaba sobre las teclas—para marcar a esta tal Nagi con un ademán bien practicado.

 

 

Notas:

1– «El pueblo de las ocho tumbas» (o ‘Yatsuhaka Mura’) de Seishi Yokomizu es la primera novela de misterio protagonizada por el famoso detective ficticio Kousuke Kindaiichi (conocido por algunos como el «Columbo japonés»). Es un libro muy divertido que es narrado siguiendo la gran tradición de las novelas de aventuras, como «Las minas del rey Salomón», en un estilo de novela victoriana sobredimensionada. Como acabamos de ver, tal parece que se inspiró en el incidente de la masacre de Tsuyama (o ‘Tsuyama Sanjuuninkoroshi’), en el que treinta personas fueron asesinadas.
2– El término en japones era bastante raro, así que opté por ponerlo de una forma más entendible. La traducción literal sería «taxidermista de los asesinos», que sería como alguien que analiza o estudia hasta los huesos a los asesinos. De nuevo, elegir «taxidermista» como parte de un apodo es bastante raro. Es demasiado específico…
3– Danza del Karma: Una danza tribal de las Indias Orientales que se realiza durante la adoración del dios y la diosa del Destino, los portadores de la buena y la mala fortuna.
4– Lo más probable es que refiera a las zapatillas de Nike. Aunque bien podría ser un modelo japones que imita la versión del ya mencionado.
5– «First Kitchen» (‘ファーストキッチン’) es una popular cadena de restaurantes de comida rápida de segunda categoría en Japón.
6– Los japoneses tienden a comprar un pedazo de tierra, derribar cualquier vivienda que esté en ella, y hacer que se construya una nueva casa diseñada para sus necesidades específicas. Parece que es raro vivir en una casa en la que alguien más ha vivido. Pero en otras ocasiones, las compañías inmobiliarias construyen casas antes de encontrar compradores, como en este caso.
7– Me da la sensación de que en realidad quería decir Caballeros del Zodiaco, pero por temas de Copyright no lo… Espera… ¿No habían mencionado a Galaxy Express 999 al principio del capítulo? Hm… ¿Será que la chica no sabe de esto? Puede ser, puede ser… Es una fanática de psicología criminal, a fin de cuentas.
8– Complejo de Electra consiste en una atracción afectiva de la niña en la figura del padre. Es básicamente la versión para chicas del complejo de Edipo.


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